Ahora todos son tiranos...

Ahora todos son tiranos. De ayer a hoy. Tiranos de Túnez, de Egipto, de Libia... Ayer, en la víspera del clamor popular, no eran tiranos todavía. Llevaban años amasando una fortuna a costa de la pobreza de su pueblo, años de política despótica y nepotismo vergonzante, años de represión de toda disidencia, pero no eran tiranos todavía. EEUU y la UE dicen ahora que son tiranos, que hay que congelarles las fortunas familiares y estrangular su poder autocrático. Y, como por arte de metamorfosis ovidiana, la prensa mundial, las televisiones y todos nosotros, antes tan ajenos, vemos con claridad que son unos tiranos que solo merecen el exilio o, incluso, la muerte.

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Mientras eso acontece en las regiones de la arabía, en Sevilla, cristiana y casi primaveral, hay preludio de azahares. Anoche, por San Lorenzo, los costaleros del Gran Poder cargaban un armazón de madera que prefigura, en materia y espíritu, el paso verdadero. Imagino lo que debe de costar a un recién llegado de otras tierras entender que aquello no era más que un ensayo, que la gente guardaba respetuoso silencio porque en Sevilla se hace apología del silencio al paso de las imágenes, aunque sea
in absentia.

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Ando en estos días acabando
Brillan monedas oxidadas (muy logrado oxímoron), de Juan Eduardo Zúñiga. Hay algo en el lenguaje de Zúñiga que brilla más que sus monedas, porque, con ser memorioso, no lo ha vencido la pátina del tiempo. Campaneros, chalanes, sacristanes, estudiantes y otros especímenes humanos en situaciones turbadoras, a veces en espera angustiosa de un destino inexorable, como el que vislumbra Pascuala en "Conjuro de marzo", quizás el más inquietante de todos los cuentos. No puedo evitar sentirme seducido y admirado cuando un escritor maneja con maestría literaria la lengua. Cada vez son menos, frente a una gran turba de escritores que creen que basta con saber sumar a un sujeto su verbo y su complemento directo. Leer, por ejemplo, a Álvaro Cunqueiro, o a este Zúñiga de esplendor maduro es siempre una lección placentera y provechosa.

(Gadafi, tirano libio, antes y ahora)

Poesía y prosa en estos fríos invernales

A veces la poesía se nos muestra esquiva, distante, huidiza como pez en las manos. Ocurre que un verso asoma tímidamente, tantea el aire que lo espera y, quizás por no encontrarlo a su antojo, desaparece por algún resquicio engañoso del día. Y el fugaz regusto que deja se parece a la sombra migratoria de las aves de invierno. No sucede lo mismo con la llamada de la prosa, porque su naturaleza es muy otra, más pesada, más apegada a los polvos de la tierra. Una historia, por muy fragmentaria que se ofrezca, deja una tarjeta de invitación que, si es menester, fácilmente podemos guardar y releer más tarde, pues sus indicaciones seguirán allí en espera de respuesta. No sé qué razones tienen los versos para darse poco y exigir tanto; tampoco sé si la pronta entrega de un relato es tan falsa que, a la postre, se mudará en desconcierto y mentira. En cualquier caso, he descubierto que, cuando se me escapa un verso, necesito la música para mitigar esa orfandad. Hoy, domingo ya caduco de febrero, escucho en mi estudio el acordeón magnífico de Richard Galiano y el clarinete de Michel Portal.

(Detalle de la fuente de los cuatro obispos, de Joachim Visconti,
en la Place Ste. Sulpice. París. Fuente: Silenos)

Leyes, tabaco y chorradas

No niego que la Ley Antitabaco tenga sus bondades. Algunos amigos hosteleros me dicen que no han notado merma en su clientela y otros, fumadores añosos, me confiesan que ahora fuman menos. Yo, que no soy fumador pero detesto la persecución de los fumadores, reconozco que el ambiente sin humo de los bares es otra cosa. Sin embargo, esta ley está generando situaciones insólitas, algunas meramente anecdóticas, otras de más calado que los jueces habrán de dilucidar. Al margen de la pantomima del hostelero marbellí, que comparaba el asunto del tabaquismo con el motor de las protestas en Egipto, resulta grotesco que la ministra de Sanidad, cuyas más y mejores luces quedaron a la vista con la célebre conjunción planetaria entre Obama y ZP, afirme que, igual que en el cine se simula un asesinato, en la puesta en escena de la versión española de Hair se debe simular que se fuma, aunque sean porros de maría, porque la creatividad del director da para eso y para más, pero está prohibido que los actores fumen encima de las tablas. Todo por la denuncia de un espectador (hay que ser fundamentalista de la nueva ley). Porque ese es el problema de esta ley, que fomenta, aplaude y da protagonismo a las denuncias de todo tipo y pelaje, como en una nueva Caza de Brujas. Hoy, con una lluvia del demonio, he visto a la gente fumando en la calle bajo los paraguas. Seguro que ya hay quien ha corrido al juzgado de guardia y ha denunciado a alguno de ellos, porque, a poco que se piense con neuronas socialistas, un paraguas es un espacio cerrado.
(Leire Pajín, ministra de lo que haga falta)