Mudez, balbuceo, vagancia


Esta mañana me he dicho que estos silenos se me están acostumbrando a la vagancia y, como el baile es ejercicio noble y saludable, me he quebrado los cascos por darles negocio (en su sentido etimológico: nec -otium, que estos silenos saben latines), pero hete aquí que no ha sido posible. Esta tarde he vuelto al empeño, sin más resultado que un borrador borrado. Anochece en mi ciudad y, comoquiera que soy terco para ciertas cosas, me he propuesto que no se vayan a la espesura de los bosques sin danzar un poco. Éste es el pobre resultado de mis esfuerzos, del que ellos harán, a buen seguro, merecido escarnio. Porque hay días mudos, o, en todo caso, de balbuceo torpe, en los que escribo por no aflojar velas y seguir apostando por los vientos. Lo cual es sólo eso: una apuesta. Y en las apuestas nos jugamos (y con frecuencia perdemos) soplos de vida y jirones de hacienda.

Un microrrelato de partes


CADUCIDAD

Ayer por la mañana se me cayó una mano, preludio de otoño. Hoy, a mediodía, se me han caído una pierna y una oreja completa. Mi mujer, harta de recoger mis pedazos cada septiembre, amenaza con no hacer este año discriminación de carnes en el frigorífico.

Calendas de septiembre


La tarde se ha nublado en las Calendas de septiembre, como si el cielo quisiera, al menos por un rato, consentir con la grisura de este día de difícil retorno. A mí septiembre me ha parecido siempre el mes más calmoso de todos, el rellano de la escalera donde descansamos después de la sudorosa subida. Porque agosto es mes de inactividad estresante (nada estresa más que el gentío atropellado en plazas, arenas y restaurantes; nada desmitifica más el idílico descanso que el cuerpo empapado en indeseables sudores nocturnos), mientras que octubre es el mes laboral en plenitud. Así hay que tomarse septiembre, como un tren de vagones renqueantes, de trayecto aún indefinido, que este año empieza con nubes generosas y, quizás, con algún verso memorable.