Un microrrelato para desmayarse


MEDIDAS PREVENTIVAS

......La primera vez que me desmayé, estaba cenando vichisoise en casa de mis padres. Sentí un apagón entre los ojos y, según me contaron después, caí de cara en el plato sopero. Yo no sentí nada, porque, como he dicho, estaba en pleno desmayo, pero más tarde me desperté en el hospital con quemaduras en la nariz y en los párpados que me han dejado estas cicatrices testimoniales.
......La segunda vez que me desmayé, estaba conduciendo y hablando por el móvil en un auto de choque en la feria de mi pueblo. Sentí el mismo apagón entre los ojos, acompañado de los compases de la canción del verano y, según me contaron después, mi cabeza se torció hacia la derecha como un pene flácido, justo en el instante en que dos autos arremetieron contra el mío por ambos flancos. Me desperté en el hospital con múltiples contusiones y una dolencia cervical que se acentúa cuando me siento al volante.
......La tercera vez que me desmayé, estaba participando en un concurso de natación en la piscina municipal. Sentí el mismo apagón entre los ojos y, según me contaron después, me hundí despacio, hasta que mis brazos y piernas en cruz se adhirieron a las baldosas celestes del fondo. Me desperté en el hospital con pesadez de estómago y ruiditos en los pulmones. Desde entonces vivo con un fastidioso gorgoteo visceral.
......Cada desmayo en activo me ha dejado terribles secuelas, y temo que esta extraña enfermedad me depare nuevos episodios en el futuro. Por ello tomé hace meses la firme determinación de pasar el resto de mis días en pasivo, sin salir de la cama del hospital. Así me ahorro los viajes en ambulancia y me lo cuentan todo de primera mano. Sólo espero no desmayarme durante las visitas que me hace por las noches Alfredo, mi dulce enfermero, por más que ambos perdamos el conocimiento.

De escribir, borrar y los espacios intermedios


Si algo tengo en estos días, es tiempo para escribir. Pero el tiempo no basta. Ni siquiera basta una idea, por muchas bondades que regale en el saludo. Lo preciso, lo imprescindible es la satisfacción de lo escrito, un pájaro extraño que cambia de plumaje según el clima, la luz o la hospitalidad de la rama en que se pose. Por culpa de este pájaro hoy he desechado, roto o tirado al sumidero del PC cuanto ayer me pareció decente (en el sentido etimológico del término: "apropiado"), y me temo que parte de lo que hoy he estimado digno, mañana será hoja caduca, pasto de las llamas de agosto. Lo mismo que un cirujano no abre dos veces el mismo cuerpo, tampoco un juez juzga dos veces el mismo caso. ¡Qué poco valor damos a los espacios intermedios, al entretanto, al interludio, al ínterin..., pero ahí es donde siempre nos jugamos el tipo!

Orihuela en las Calendas de agosto


En la mañana de estas Calendas de agosto, tórridas en la Vega Baja del Segura, visitamos Orihuela. Como en el "Lamento Borincano" de Caetano Veloso, "todo está desierto, el pueblo está muerto..." O, como en Ferragosto italiano, tutto chiuso, más por agosto que por domingo. Buscamos la casa-museo del poeta, más casa, con su patio, su huerto y su higuera, que museo. Poca noticia nueva encuentra el visitante que ha leído un poco de y sobre Miguel Hernández. Establecimiento austero, de corto recorrido, aunque de impecable presencia. Digna de mención es la labor apasionada de Manuel Terres, que recibe al visitante en la salita-comedor y lo introduce en lo esencial de este espacio. Y si se tercia, conversa sobre otras cuestiones de interés. Hablamos, por ejemplo, de Agustín García Calvo y sus tertulias en el Ateneo de Madrid, bajo el tórrido sol oriolano. Ahora que estas Calendas ya empiezan a menguar, pienso en ese Sijé "muerto como del rayo", y sigo estremeciéndome por la lectura de una de las tres elegías inmensas de la literatura española. En Orihuela, su pueblo y el nuestro.

(Pozo del patio de la Casa-Museo de Miguel Hernández. Fuente: Silenos)