Cristine

El cielo se había cubierto por obscuros nubarrones. La jarcia se agitaba frenética, azotada por un viento que crecía incesante y levantaba grandes olas. El barómetro no había parado de bajar en las últimas horas y el parte meteorológico no dejaba lugar a dudas: un ciclón tropical se acercaba y barrería dentro de escasas horas las aguas por donde navegaba. La decisión estaba clara, debía alterar mis planes, si es que acaso tenía planes, e ir a tierra lo más rápido que pudiera.

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Misterios familiares


Como hay misterios en los relieves del cielo y del mar y en las grutas de la tierra, también hay misterios domésticos que, muchos años después, siguen sin respuesta. Y no me refiero a rostros virginales exudados en la pared, o a vasos que se mueven nerviosos en un trance de espiritismo. Hay misterios más simples: la desaparición, por ejemplo, de un objeto imprescindible para la vida cotidiana. Pongamos por caso el filtro metálico de la cafetera. ¿Cómo demonios puede perderse algo así, que no cabe por los sumideros de agua ni se confunde, por sus dimensiones, con los restos de basura?
Hace años, cuando era muy joven y vivía con mis padres, alguien nos regaló dos periquitos enjaulados. Yo, como buen adolescente, tenía por entonces constantes arrebatos de libertad, propia y ajena, así que comencé una campaña de concienciación familiar, consistente en repetir una y otra vez que los pájaros debían estar libres, a su aire por las copas de los árboles. Todo fue en vano: los susodichos periquitos seguían miréndome de reojo desde detrás de los barrotes. Una mañana, al despertarnos, encontramos la jaula vacía y la minúscula puerta cerrada y trabada por fuera. ¿Cómo demonios escaparon? ¿Escaparon? Aquel día, y hace ya de esto cerca de treinta años, todos los dedos acusadores se volvieron contra mí, y aún hoy soy el principal sospechoso. De nada sirvió (ni sirve) la evidencia de que aquella noche yo también dormía. Para ellos el caso está resuelto: si no lo hice adrede, lo hice como marioneta del subconsciente. Me condenaron, en verdad, mis antecedentes, porque años atrás me había paseado sonámbulo por el salón de casa, ante los ojos entre atónitos y asustados de mis padres, abrazado a un gran mero que resultó ser mi almohada.
(Una mano en el camino)

2 añitos en danza


Hoy cumplen estos silenos dos años de baile. Vosotros sois los responsables. Gracias a todos mis lectores, fieles y esporádicos. Brindo por vosotros. con vino griego. Os dejo un enlace a una de las primeras entradas, en la que explicaba el sentido del título del blog.