Un microrrelatos de agua


TARDES DE DOMINGO

Cada tarde de domingo la niña baja a la playa, se introduce en el mar con sus gafas de buzo y espera que cese el vaivén de las aguas. Y como cada tarde de domingo, también hoy es día de fiesta, pues luces de colores engalanan la ciudad sumergida. Por sus calles van y vienen coches relucientes y en sus andenes descansan trenes repletos de viajeros. Hay un lucir general de trajes de estreno en el paso alegre del mujerío. La niña escucha músicas de organillos y acordeones, y cantos que le suenan venideros. Pero, como otras veces, el flujo del mar no tarda en enturbiar la fiesta, y los trenes y los coches quedan desvencijados en el fondo, junto a jirones de ropa que aún tiene prendido el olor de las colonias. Por más que la niña anhela que se recomponga la escena, ya nada recobra su primitiva compostura. Se acerca la noche y la niña regresa a su casa saltando sobre la arena de la playa. La próxima semana volverá, y, con un poco de suerte, quizás logre ver por fin el rostro de la mujer hermosa que cada tarde de domingo la besa amorosamente en el andén.

Si no es por quejarse...


"Bajo este caparazón la vida transcurre tan despaciosamente," se quejó la tortuga a la polvareda levantada por la liebre.

Post nubila Phoebus?


Después de tantos días, semanas ya, de lluvia, anegados el cuerpo y el alma, miro hacia los días primaverales que han de venir para reconducir el ciclo alocado de las aguas. Escribí la estampa que sigue en una tarde abrileña lejana, que bien podría ser la que pronto nos sonría. La dedico a los muchos que ya padecen, padecemos, la melancolía del cielo.

Sonando agitan prestas las campanas la luz desceñida de la tarde, cuyos flecos azules rompen los niños bajo la grácil sombra de la torre. Turistas en revuelo miran al campanil y atrapan con sus cámaras el zureo encendido que aletea por los angostos miradores. En embozos del cielo transparentes se ocultan las nubes, mientras con el son ambulante de los músicos flirtean levantiscos aires de azahares. Por la calle, quedamente, los sueños se miran en el espejo cóncavo del tiempo.