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Comentarios al artículo Tecnología y desarrollo, por Miguel Méndez Rodulfo

El viernes 14 de noviembre publicamos el artículo Tecnología y desarrollo, por Miguel Méndez Rodulfo, que ha suscitado dos comentarios-reflexiones, uno del Dr. Machado Allison y otro del Dr. Cesar Quintini, por su interés nos permitimos colocar ambos en su integridad.

Apreciado Miguel:

Aunque el Índice se ralentizó, el proceso de creación científica y tecnológica en el mundo desarrollado no ha tenido pausa. Creo necesario separar los vaivenes de la Bolsa de los procesos innovativos que, desde hace más de 150 años crecen sin parar. Lo que ocurre es que algunas nuevas tecnologías producen impactos bursátiles puntuales mayores que otras. Ya que citas a Caterpillar te contaré que en los últimos 20 años los cambios tecnológicos en la maquinaria agrícola han sido impresionantes, pero graduales. Por fuera el tractor parece el mismo, salvo mejoras de diseño, pero a la par de los aviones y automóviles, año con año, se les añaden innovaciones tecnológicas. En los tractores hay mayor eficiencia en el motor y transmisión, así como en los accesorios (siembra, empaque, etc.) están dotados de GPS, nivelación con laser y muchas otras cosas. Los cambios tecnológicos en la medicina y fármacos son igualmente impresionantes y en todos la electrónica, informática y robótica juegan un papel importante. Vienen nuevas tecnologías relacionadas a la Nanotecnología y el conocimiento de los genomas.

Por otra parte la libertad, de expresión y económica, así como los derechos de propiedad, el comercio exterior y la competencia son los motores de la innovación. En muchos países desarrollados la inversión privada en investigación y desarrollo tecnológico es muy elevada, a veces más que la de los gobiernos. La tecnología se sustenta en la ciencia que se desarrolla en las universidades y de allí que las mismas sean política y socialmente tan apreciadas en los EEUU, Inglaterra, Alemania, Francia, el Reino Unido, los países del norte de Europa, Japón, Corea y más recientemente India, China, Brasil y México. El vínculo entre los investigadores, docentes y el sector productivo privado es muy sólido. Más del 90% de los Premios Nobel han sido otorgados a investigadores del mundo desarrollado y aunque a muchos no les gusta, proceden de los países capitalistas. La contribución global de los socialistas, estatistas y subdesarrollados ha sido bien pequeña.

En la actualidad viven y están activos más científicos y tecnólogos que la suma de todos los que han existido a lo largo de la historia. Existen excepciones y crisis, una de ellas es la que vive Venezuela que ha tenido un retroceso enorme en la última década perdiendo a sus mejores talentos, disminuyendo a casi cero las nuevas patentes, con una fuga permanente de talento y la erosión de los laboratorios de las universidades y la ideologización perniciosa de los institutos de investigación adscritos al gobierno central como IVIC, el desmantelado INTEVEP y el INIA.

Saludos cordiales,

Carlos Machado Allison
Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales


Estimado Miguel....
Cuando publicaste tu último artículo, yo todavía estaba entre la hora centro-europea y nuestra hora local, de modo que decidí leerlo más tarde y pasaron los días, de modo que leí primero los comentarios de Machado Allison.

Son muchos los factores que influyen en la determinación de cual habrá de ser el conjunto de tecnologías, propias o prestadas, que responden mejor a las necesidades y oportunidades de cada nación y no siempre el apuntar hacia el dominio de aquellas ubicadas en el filo de la navaja, trae los mejores resultados.

Cuando estaba en edad universitaria, en tiempos de Pérez Jiménez, mi padre, haciendo de tripas corazón me envió a USA donde logré ingresar al Tecnológico de Massachusetts. Allí estaba en 1952 cuando el militar andino cerró la UCV, circunstancia que obligó a sus estudiantes a buscar otras alternativas. Llegó entonces a MIT el contingente mas numeroso de compatriotas, que ya en septiembre, apenas a dos meses de su llegada comenzaron a tomar los cursos regulares. Dos años después, aquellos muchachos que llegaron en emergencia, se graduaron al mismo tiempo que quienes habíamos comenzado desde el primer año, nuestros estudios en el Instituto. Muestra evidente de que el nivel de los estudios en la Central (al menos en ingeniería) eran de una calidad comparable al de las mejores de USA.

Aunque por el inmenso incremento numérico, la calidad del promedio ha bajado, el nivel de nuestros mejores estudiantes y en consecuencia de nuestros mejores profesionales es comparable a los de cualquier país desarrollado, lo cual está quedando demostrado por la figuración de nuestros compatriotas en los mercados extranjeros.

Pero eso da base para una pregunta: ¿Es nuestra educación buena para desempeñarse bien en un país desarrollado o es la adecuada para impulsar el desarrollo en un país que no lo es todavía?.

Yo me atrevo a declarar que el inmenso incremento en el número de profesionales, no tuvo un impacto significativo en la competencia tecnológica y competitividad de la mayoría de nuestros compatriotas y fue eso el mar de fondo que dio lugar al colapso político.

He venido pensando mucho sobre el tema y espero llegar a escribir unas cuantas páginas al respecto en los próximos meses. Es interesante - por ejemplo - ver como lograron los japoneses impulsar su desarrollo tecnológico a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Recordemos que mantuvieron en jaque durante cuatro años a nuestros vecinos del Norte, quienes debieron apelar al holocausto nuclear, para doblegar un país con mucho menos territorio, menos gente y menos recursos.

Normalmente se presta mayor atención a la diferencia de ingresos entre los varios estratos de la población, que a las diferencias  en nivel y contenido de la educación que impartimos y las tecnologías que deseamos imponer.

Es sin duda importante el dominio de las tecnologías de punta, pero es fundamental que se dominen las tecnologías básicas. Nosotros tenemos excelentes artesanos fabricando cuatros, pero ya en el Siglo XVII Antonio Stradivari estaba produciendo instrumentos que mantienen su fama mundial. Tenemos que descubrir que podemos hacer, para que los doce millones de venezolanos que no se ocupan de extraer el petróleo, produzcan cosas y ofrezcan servicios que reduzcan nuestra dependencia en la exportación de petróleo. Algo ya bien dicho por Uslar hace ya tres cuartos de siglo y que vamos a tener que poner en práctica en las próximas décadas.

Con un cordial saludo,

César

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La ausencia (¿y su territorio?)

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Triste es el territorio de la ausencia.
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...Con este verso comienza una de las elegías que José Agustín Goytisolo dedicó a su madre, Julia Gay. ¿Qué territorio es ese? ¿Cómo puede tener un espacio la ausencia, que es por definición no estar?
...La ausencia es un rastro, una estela evanescente que nos convoca y huye. Al ir a su encuentro, atravesamos un territorio que no es más que la vida lastrada por el dolor. Y ahí, en ese páramo inhóspito nos esforzamos en vano en asir lo inasible ("Me abrazaré a tu sombra", escribe Rafael Guillén en la elegía a su madre). La vida de antes, la casa de antes ("Yo amaba aquella casa / sin vientos ni desgracias", sigue Goytisolo) ya no serán las mismas, pero seguirán siendo. Porque la vida es mudanza, triste mudanza a menudo. Agua que fluye por declives hasta el muro postrero. O jolgorio de pájaros que se quedan cantando en el huerto del poeta de Moguer. Acumulamos ausencias como contamos años. Sombras que van y vienen, nos invitan a seguirlas, se alejan con las brisas primaverales. Pero en la evocación hay olor, hay luz, concluye Goytisolo: 
...
...Sea fragancia el tiempo del no ser
...y claridad su reino. 
...
...Y desde ese reino esperamos el prodigio de su voz, como Pablo Baena espera la de su amigo muerto: "El aire está esperando que de nuevo tu voz / vuelva a oírse en el mundo". 
...
Sin duda, triste es el territorio de la ausencia, pero grata la región del recuerdo.

De descanso y aforismos

En mi retiro estival, bajo poco a la playa, pese a tener una cala singular y pedregosa a pocos metros de la casa. Siendo de Cádiz, el mar ya es consustancial a uno, una suerte de segunda epidermis que se lleva de viaje. Aquí sobre todo paseo, leo y escribo. Mi cuerpo se ha entregado a la lascivia del sueño y mi mente, a la caza de versos furtivos y prosa esquiva. Como no puedo estar sin proyectos, ando ya metido en varios, iniciados unos, por iniciar otros. A ver cuántos culminan.

***

Durante varios años, por razones universitarias, estudié la paremiología (latina y vernácula) de los siglos XV y XVI, cuyas formas de expresión (aforismo, sentencia, proverbio, chría, refrán, facecia, etc.) se convirtieron en literatura de moda entre las clases cultivadas, sobre todo por el marchamo de nobleza que imprimió Erasmo de Rotterdam a sus Adagia. Ahora, siendo estos tiempos tan diferentes, se observa un retorno al pensamiento atomizado, a la discontinuidad de la sapiencia. La presencia del aforismo en libros de los últimos años es prueba de ello, y no deja de sorprenderme que seduzca a críticos y editores. Y los lectores, ¿leen realmente estas supuestas agudezas de ingenio?

La soledad del poeta

Con cierta frecuencia me encuentro, en la nota biográfica de la solapa de un libro o en la efímera noticia de un periódico, que fulano es poeta y escritor o que fulana es poeta y escritora. Extraña escisión esta, que contempla el noble ejercicio de la poesía como una parte desgajada de la escritura. Con más tino se establecen otras etiquetas dobles: poeta y narrador o poeta y novelista. La segregación se hace ahora por géneros, pero no por el acto (único) de escribir. Si alguien dijera que Pepe Sánchez es camionero y conductor provocaría alguna risotada, cuando no la reconvención de algún adalid de la lengua: lo primero basta; lo segundo es prescindible. La soledad del poeta es el sino de este tiempo, por más que estuviera antaño tan cerca de los dioses.

Brindaré por el maldito año que se va

Poco tengo que agradecerle al maldito año que se va. En lo literario no ha estado mal: aparte de escritos menores, he publicado un libro, entregado otro como encargo de una editorial y concluido un tercero, pendiente de valoración en una editorial capitalina. En lo personal solo me han reportado alegría mi propia boda, bien tardía en lo ceremonial, y el nacimiento de un bebé muy esperado por una buena amiga. Pero alguna monstruosa divinidad ha estimado que no nos merecíamos esas pinceladas de felicidad y que debían ser borradas con tinta negra y roja. El año nos ha arrebatado a un buen amigo y a un familiar muy querido y ha instilado el veneno de la enfermedad en otro buen amigo y otros tres seres queridos. Con este saldo solo me queda esperar a esta noche para, como a execrable enemigo que huye, tenderle un puente de plata. Lo cual precisamente me da más razones que nunca, queridos lectores, para desearos a todos un

FELIZ AÑO 2014

Mendicidad y lectura, qué extraña pareja

Esta mañana he presenciado una escena insólita: una mujer que pedía limosna en un portal, detrás de un cartel con los archisabidos mimbres de la desgracia (el paro y cuatro hijos pequeños), estaba leyendo un libro voluminoso. Como tú, amigo lector, o yo solemos hacer en un parque, un jardín o el salón de casa. No pude evitar pensar en otras posibilidades: una lectura espuria como mera estrategia para la captatio, igual que los bebés que algunas pedigüeñas esgrimen como prueba de perentoria necesidad. O que el libro sirviese a esta pobre mujer simplemente como coartada para no levantar la vista, para no ver su desdicha en los ojos conmiserativos de los demás. Mendicidad y lectura, qué extraña pareja.

Somos lo que leemos. O lo que no.

Biblioteca del Archigimnasio. Bolonia. Fuente: Silenos
Hoy, día de las librerías, miro la biblioteca que hemos reunido mi mujer y yo con tanto mimo (y esfuerzo) y me pregunto si mi hija, que pertecene a la generación digital, sabrá valorar algún día la herencia que recibe. Y no me refiero solo a los títulos en sí, que a nosotros nos parecen variados, enjundiosos, imprescindibles, sino al valor inmaterial, al calor y abrigo que nos han proporcionado esos libros incluso en momentos amargos. Es extraño cómo cambian los gustos y los afanes de las generaciones. Cuando era niño, en el hogar humilde de mis padres apenas había libros. Por eso cada compra que yo hacía con mis ahorros constituía una fiesta privada, íntima, que ni siquiera terminaba con la lectura, sino que seguía (y sigue hoy) con la presencia física del volumen en una estantería, cuando no con la relectura, pasados los años y las premuras iniciales. Mi hija, en cambio, ha crecido entre muchos libros, convive con libros como convive con el baño, la lavadora o el armario. Para nosostros son un tesoro vivo, dinámico, en expansión; para ella, un mueble más de la casa, en absoluto comparable a su ordenador portátil o a su teléfono móvil. Es extraño cómo, a la postre, somos lo que leemos. O lo que no.


Agosto carece de aromas, carece de música

Se acerca agosto al final y, aunque el otoño no asome en el calendario hasta el equinoccio de septiembre, allá por el día 22, el final de este mes siempre ha tenido aires de viento barredor. Con él desaparecen forzadas metáforas del paraíso, construidas sobre la arena ardiente y el mar apaciguado, asentadas sobre tardes promisorias que se expanden más allá del adiós crepuscular. Agosto es un mes sin aromas, un espacio que, por inodoro, deja escasa huella en la memoria sentimental. Si no, decidme, ¿a qué huele agosto? Las fragancias que preludian el verano ya se fueron y aún no han llegado las que traen prendida la luz menguante del otoño. ¿Por qué no huele a nada agosto? Con el olor engranan el pasado y el presente, como engranan ayer y hoy con la música. Pero tampoco tiene agosto música memorable (aunque tenga mil músicas de efímero regocijo). Me esfuerzo en encontrar una fragancia, por débil que sea, una música, por fugaz que sea, que me lleve de la mano a los agostos infinitos de la infancia, o a aquellos agostos flamígeros de la adolescencia. Vano afanes míos. Por muy principesco, imperial y augústeo que sea agosto, sin olor y sin música no existe. Es sólo un paso forzado hacia septiembre.

Los lugares de entonces

Volver a los lugares de entonces, donde al menos una vez nos sentimos guarecidos del pedrisco. Intuir, como entonces, que el mundo se rige por la amable armonía de notas invisibles, palpitantes en algún lugar del firmamento. Entrever de nuevo la vida que entonces se abría al otro lado del umbral, al abrigo de la inocencia. Y cifrar la dicha en no esperar lo inesperado, en una complacencia desnuda con lo todo circundante.  

Nueva percepción de las cosas

He cambiado la percepción de muchas cosas. Ya no pido cuentas a la vida; me limito a verla venir como se ve venir la ola en el mar, o la onda de viento que encrespa los trigales. Tal vez esa sea la mejor opción: esperar (como quien aguarda, no como quien tiene esperanza) ese flujo repetido y gozar de él sin pretensiones. Los ojos siempre han sido grandes embusteros, pero yo no lo sabía (o no quería saber que lo sabía). Me lo advirtieron los ancianos, los mismos que ahora se ríen de mi ingenuidad. Mediado ya julio, hago planes para la próxima hora, acaso para el próximo día, pero nada más. Al otro lado sólo hay incertidumbre. Bien que me lo advirtieron.

La roca dura, la vida insolente


A mi hermano José Manuel

A menudo me acuerdo de la roca dura del destino que Hölderlin plantó justo en la dirección de los sueños. Ondas del mar rotas. Espuma. En estos días, más. Ya no soporto el viento cabrón de esta ciudad. El levante fuerte que nos azota desde hace dos semanas es aliado de esa roca: deshace los sueños y los propósitos, los pulveriza, los esparce por los áticos y azoteas, barre con ellos las calles sucias. Todas las mañanas, al amanecer, un grupo de gaviotas chilla y discute frente a mi dormitorio. Sople o no levante. ¿Quién las envía? ¿Con qué fin? ¿Qué demiurgo se ha empeñado en violentarnos la vida, en arrebatarnos el poco sosiego que nos queda? Cuesta leer, cuesta escribir, la música (suena "La valse à mille temps" de Jacques Brel) aspira al silencio... Aún así he terminado un relato de Olgoso ("Dybbuk") que muestra la perplejidad del autor ante el desdoblamiento sufrido en una lectura pública. Haber estado allí, soberbio en el acto, sin haber estado. Cuánto me gustaría que la roca de Hölderlin me permitiera estos caprichos duales de vez en cuando: estar en la ausencia, saber en la ignorancia, sentir en la indolencia más absoluta. Cuánto me gustaría que este maldito levante desapareciera y se llevara, al fin, los flecos podridos de lo que fue un sueño amable, la promesa de un gozo humilde.

De libros y hojarasca

Siempre me ha sorprendido la vida efímera de los libros en el dédalo de las librerías y las distribuidoras. Preguntar por un título, pongamos por caso, de 2006 suele llevar pareja una mirada de extrañeza del librero, que de inmediato se pregunta de qué mundo fantasioso ha salido el cliente. Asombra la rapidez con la que un volumen entra en la zona de desguace comercial. Acostumbrado a trabajar con incunables e impresos quinientistas latinos, salidos de los talleres de Amberes, Basilea o Venecia, y que aún perviven en las bibliotecas especializadas, cada vez valoro más estos establecimientos de conservación de la especie. Por mor de un asunto que tengo entre manos, he pasado dos días de esta Pascua anegada en las bibliotecas Provincial y Universitaria de Sevilla, donde he podido leer libros que ya no es posible adquirir en las librerías. Es el signo de los tiempos: la hojarasca sepulta, como manto asfixiante, el verdadero sustrato.

La invisibilidad

- Te asomas poco a tu ventana" -me dice un amigo, lector veterano de los Silenos. Y le contesto, mirando a través de los cristales:
- Últimamente hace frío, cuando no llueve. 
Este mismo amigo me recuerda las bondades de Facebook y cómo entonces, cuando yo me exhibía en aquella arena, él hacía parada obligada en mi perfil. 
Hace más de dos meses que dejé de merodear por las redes sociales. La razón es muy simple: tengo poco tiempo para mis quehaceres más gratos y FB me robaba los minutos y algo de aliento literario. Durante las primeras semanas tuve la sensación de haberme vuelto invisible, porque, en realidad, FB es un gran espejo del Callejón del Gato, adonde uno acude con el afán de verse multiplicado y roto en un sueño geométrico, como si penetrase en el corazón de un caleidoscopio. Pasado un período que acaso sea una especie de duelo de los nuevos tiempos, vuelvo a ser discretamente visible y dispongo de más minutos. Coincido con mi amigo en que tengo algo descuidados a mis Silenos, pero a veces ellos me reclaman un reposo, una tregua para entregarse a sus juegos lascivos en la floresta, lejos de las miradas ajenas. Y yo, que soy corifeo comprensivo, les dejo perderse. La invisibilidad es la madre de la creación.

En las postrimerías de 2012

Es tradición, al filo del año, hacer balance. Nuestra cultura cristiana tiene buena culpa de ello, pues nos ha inculcado desde la cuna la revisión periódica de nuestros actos y, en el momento crucial, la humilde aceptación de lo realizado o el arrepentimiento in extremis. El propósito de enmienda es la sal de las religiones. 
.....Si excluimos la miseria económica y el despeñadero social al que nos lleva el Gobierno de España (¿puede excluirse tanto perjuicio?), 2012 ha sido para mí un año con más luces que sombras. He perdido a un amigo, pero he reforzado lazos con otros y hasta he sumado a algunos nuevos. He vivido en París varios meses y he vuelto a Berlín. He publicado un poemario y he escrito al menos la mitad de otro. He sido incluido en varias antología de microrrelatos (entre ellas una publicada en la veneranda Cátedra) y también he logrado armar buena parte de un nuevo libro. He concluido e iniciado otros trabajos literarios, estimulantes siempre. He leído mucho, hasta llorar en el esfuerzo. He recuperado ilusiones que creía maltrechas. He tenido achaques, pero el saldo, a día de hoy, no parece negativo. Y mañana amanecerá, que no es poco.

FELIZ AÑO 2013, AMIGOS

Señales y amistad en sábado

Una amiga me escribe desde el otro lado de este espejo falsario, me anima al gozo de gozar con los pocos víveres de mi talega. Mi corazón, aturdido en estos días menguados, sabe que ese es el camino: salir a campo abierto y rodar por la loma, enfangarse en el hilo fluyente de un venero, beber vino bajo un acebuche centenario, estrenar la luz con cada parpadeo de asombro. Mi amiga me manda una señal sin saberlo. Detrás vendrán otras, lo sé, en una suerte de mise en abyme. Miro hacia la ventana del estudio, en cuyos cristales a veces pega su rostro picudo una gaviota oceánica. Parece que me espía; o tal vez se compadezca de mi espalda dolorida y sin plumas. Hoy aún no ha venido, mas espero esa señal inequívoca. Ayer logré escribir algo y revisar parte de lo escrito anteriormente. Trabajé sobre los recuerdos de un París neblinoso, el pálpito de la lluvia sobre mis pasos inquietos, la febril contención de los deseos. No es fácil reducir a teselas el gran mosaico de esta urbe. Y, sin embargo, quiero ver en este esfuerzo decidido otra señal, la pura invitación a conocerme en lo menudo, la firme exigencia de no seguir mirando entontecido hacia un infinito irrevocable.

Aguas otoñales

El Duero a su paso por los Arribes zamoranos. Fuente: Silenos
Trae el otoño, ya mediado, fríos primerizos. Hay algo de memoria dolorida en la luz de la tarde. Los amigos se ocultan en la penumbra de sus casas, heridos por la claridad extinta. Últimamente veo imágenes de agua corriente, de manantiales que saltan, rumorosos, salpicándome de un frescor que no logro descifrar. El agua fluyente y límpida fue símbolo de la poesía clara, elegante, cantarina en la Grecia antigua, mientras que las aguas lentas y cenagosas eran trasunto del verso indigno, lastrado por lo peor de la tradición. Mas esas visiones acuosas no creo que tengan nada que ver con la poesía, sino con una paulatina y ardua aceptación de la insularidad en la que vivimos, rodeados de agua en movimiento, de agua que pasa, de amigos que nadan como pueden contra la corriente.    

Colorín y pingajo

"Las letras no dan para comer, las letras son colorín, pingajo y hambre". Cada cierto tiempo, a modo de ritornelo, me vienen a la memoria estas palabras del desdichado noctámbulo Max Estrella. Si no es osadía corregir al maestro Valle Inclán, habría que decir que algunos sí comen, pocos, pero los más han de recurrir al bíblico sudor de la frente para poder dar sustancia al cuerpo y algo de alegría al espíritu. Solo a modo de postre (y acaso como complemento vitamínico) usan de la escritura. No es que yo reivindique ahora que el súmmum sea comer de la fábrica literaria. Ni mucho menos. Es más, lo considero una trampa, una forma de cautiverio que obliga a exprimirse la sesera en busca de historias y personajes que, a lo mejor, estarían mejor en la oscuridad, cuando no a comulgar con las ruedas de molino del mercado editorial. Viene esto a cuento porque cada cierto tiempo se me antoja viva e iluminadora la compañía de Max Estrella. Y me hago preguntas cuya respuesta solo encuentro en la eterna cabalgada de Don Quijote contra los molinos de viento.

Septiembre y la memoria

Aún septiembre trae olores de agosto, e incluso de julio, cuando ya mediaba el verano. Tienen estos días primeros del mes una naturaleza dual, como si Jano, el dios bifronte, situado en el umbral del trabajo, se despidiera y saludara al mismo tiempo. Recuerdo ahora un bistrot de la rue Lepic, en Monmartre bajo, donde solía tomarme una cerveza contemplando el paso fugaz de la gente. Solía fijarme en la fachada de un edificio de enfrente cuyas ventanas parecían responder a un mismo propósito: dejar su estampa en la retina del curioso. Cuando pienso hoy en las muchas horas que dediqué a pasear por los barrios de París, en lo mucho que contemplé en aquellos meses, casi todo se reduce a un puñado de imágenes difusas, entre las que destaca, con nitidez de fotografía digital, la de una anciana asomada a una de esas ventanas, sobre uno de los pocos balcones floridos del edificio y sobre los transeúntes que pasaban sin alzar la vista. En estos días de septiembre primerizo me pregunto si la memoria no tendrá como misión mostrarnos el trasunto de algo que no vemos, el símbolo de una realidad que no queremos ver.

Celebración para la poesía / La poesía como bálsamo

Día Internacional de la Poesía. Tres niños y un adulto asesinados a balazos en Toulouse. Un atentado con decenas de muertos ayer, en Irak. Matas, a prisión por corrupción. El chófer del ex-consejero de Empleo de la Junta de Andalucía, a prisión con su jefe, por corrupción múltiple. Camps afirma estar en forma para hacerse con las riendas del Gobierno. La vergüenza nacional de los políticos, cuyos cinismo y mediocridad se han vuelto endémicos. El juego archisabido de los sindicatos en las vísperas de una huelga general... ¿Puede la poesía mitigar el horror y la náusea? ¿Es la poesía una invitación a la fuga del poeta, del lector? ¿Qué es la poesía, para que hoy se la celebre entre naciones?

Los niños de Heverlee

En verano de 1997 y en invierno de 2009 pasé sendos períodos de tres meses en Lovaina, la ciudad universitaria flamenca, donde conservo a algunos buenos amigos. Seis meses de convivencia con los belgas que ya forman parte de mi vida. Desde allí viajé en innumerables ocasiones a Bruselas, en algunas a Gante, Brujas, Lieja, Namur, Malinas y otras poblaciones más pequeñas. Algunos fines de semana paseé por el barrio de Heverlee, que es una suerte de prolongación de Lovaina hacia el sur. Como aquella mañana de domingo en la que visité, dando un rodeo por calles para mí nuevas, la Abdij van Park ("Abadía del Parque"). Lo recuerdo claramente porque por primera vez me había dejado crecer la barba hasta un límite intolerable. Hoy contemplo las fotos que hice entonces con profunda tristeza. Yo soy padre, pero no es necesario serlo para sentir un escalofrío de terror al pensar en los niños. Los pobres niños de Heverlee. Mi abrazo, amigos belgas.

(Abdij van Park, Lovaina, Heverlee. Fuente: Silenos)