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Nuevo libro, en breve

En breve saldrá de las prensas salmantinas, con el sello editorial de Isla de Siltolá, mi nuevo libro. En un par de semanas podréis hacer cola en las librerías.

El lenguaje de las ciudades

Las ciudades tienen su lenguaje. Hay que andar muy atento para percibir las señales. De cintura para arriba, se expresan a través de balconadas, ventanales, azoteas y tejados, y de no pocas lápidas con historias memorables... De cintura para abajo, su voz juega en la sombra de los zaguanes, se enreda en las arcadas de los soportales, salta saltarina con el agua de las fuentes, se mece delicada en las flores de los jardines... Cuando cree que nada tiene que decir en los aires de arriba, la ciudad habla para sus adentros. Entonces su voz desciende a las tinieblas a veces triunfadora, a veces lastimera. Por ahí, por el subsuelo, las ciudades se comunican entre sí. Por las oquedades de la tierra sortean ríos y mares, volcanes y montañas. No necesitan  artilugios electrónicos. Nadie puede saber qué se cuentan las ciudades, y es bien seguro que se informan de nuestros movimientos, que antes de que lleguemos a una de ellas, la anterior que visitamos ya le haya advertido de nuestros pasos. Lisboa, París y Berlín me recibieron la última vez como si me esperaran, y como si estuvieran prevenidas de que no supongo una amenaza. Mientras los humanos hablamos de nuestra vida insignificante, por canales bien profundos, inalcanzables para nosotros, las ciudades chismorrean, comparten noticias, maquinan quién sabe con qué intenciones.

(Fuente en Benaocaz, Cádiz. Imagen: Silenos) 

Berlín


Berlín guarda secretos que escapan a las leyes de la física. Con la noche, bajo los altos miradores de cristal hay hombres que se palpan el corazón ante la súbita alarma de un estremecimiento. Animal escurridizo, el corazón se les escapa por las calles como agua inquieta. Pasan jóvenes acaso a la salida del cine. Es un pájaro que vuelve y se posa por un instante, un instante, un instante... Berlín guarda secretos que escapan a las leyes de la física.

La calle de entonces

Tal vez entonces quisimos ser de otra manera. Mi calle de correr era entonces la misma que la de Pablo, porque la infancia carece de geografía. Tal vez entonces esa calle ya crecía, se ensanchaba alejando sus aceras, trazaba líneas, cruces, un laberíntico paisaje por donde asomaba el mundo de los otros. Tal vez el tiempo debería haberse detenido entonces, al menos un largo instante, para darnos ocasión de preparar el viaje, aparejar lo necesario para subsistir y desechar todo lastre. Tal vez la vida no pesaría tanto ahora y podríamos seguir corriendo por la calle, la calle de entonces.

Una infancia sin máquina de retratar

Solo dos imágenes en papel evidencian (¿bastan?) que una vez fui niño. La primera es una fotografía incompleta de un bebé de ojos muy oscuros, sentado sobre una sábana y con las piernas rollizas abiertas. La otra es testimonio de un extravío cuando tenía tan solo dos años (estamos en 1967). El lugar del disparo, una calle paralela a la calle donde vivíamos; la ocasión, la Primera Comunión de una prima, lo que explica cierta compostura en la ropa, pese a esos horribles pantalones cortos rayados y la extraña intrusión de una tiza en una de mis sandalias blancas. La fotografía, obra de un avispado fotógrafo al que me hubiera gustado conocer después, muestra a un niño algo gordito (¿soy yo?) que se coge las manos y mira a la cámara con gesto cómplice, como si aquello fuese un pacto entre niño y adulto para sacarle a mis padres el importe de la improvisada fotografía. A partir de ahí se produce un salto de más de una década, hasta los últimos años de la escuela. La razón de tal vacío es simple: en casa no había máquina de retratar. Las familias humildes de entonces, agraciadas con un rosario de hijos, no podían permitirse ciertos lujos, y dicho aparato lo era, pues se consideraba la herramienta de una clase privilegiada: el turista. Aún tardaría la máquina en popularizarse, como lo hizo, si bien mucho más temprano en mi casa, el televisor. La primera película de la que tengo memoria es el King Kong de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, de 1933, que a partir de mediados de los cincuenta pasó a emitirse por televisión. Debía yo de andar por el lustro escaso de edad. Hoy, cuando veo esas dos fotos (un bebé y un niño perdido) y al lado se alza, descomunal, el recuerdo del gorila, me siento mucho más desvalido, mucho más vulnerable ante los peligros del mundo. Y me pregunto si un álbum de fotos hubiese paliado este sentimiento. No sé, pero, al menos, mi infancia no se sustentaría en exceso en las imágenes, a veces mendaces, de la memoria.

Mutatis mutandis

Ya escribí en otra ocasión que aquel barbero sordo que me amenazaba en mi niñez con cortarme las orejas había dado paso, cuatro décadas después, a las peluqueras que hoy me lavan el pelo, me colocan dos piedras volcánicas en las manos y me masajean el cuero cabelludo hasta el sopor. Es el signo de los tiempos: de la rusticidad a la sofisticación, con lo que esta tiene tantas veces de cartón piedra. No es que yo cambie a mis jóvenes peluqueras de hoy (a las que dediqué un microrrelato en Fuera pijamas, titulado "Peluquería Las Vestales") por el anciano de ayer, de cabello blanco encrespado y mirada azul, pero a veces no me importaría vivir de nuevo aquella escena: el olor de la colonia de grifo, el suave clic-clic de las tijeras cortando el aire, gesto semejante al del guerrero que blande su espada como aviso inquietante, el programa de radio donde cantaban mujeres de voz picuda, la imagen de mi madre sentada en la silla bromeando con el barbero sordo. El tiempo no solo cambia los cuerpos y machaca el espíritu; también hace que los ojos, esos malditos embusteros, miren con otro mirar. Si hace cuarenta años hubiésemos visto a un hombre correr apresurado por la calle, hubiésemos pensado que a delincuente que corre, policía que lo persigue. Hoy vemos correr a alguien con premura por la calle y, al pasar a nuestro lado, observamos con curiosidad los detalles de su indumentaria: si lleva pinganillo con música en la oreja, si lleva pantalón deportivo de tal marca o tal otra; e incluso nos decimos a veces, con el falso paternalismo de esta época, si no es demasiado mayor para darse semejante paliza bajo el sol aún ardiente de la tarde. Y si hace cuarenta años hubiésemos visto a alguien tomarse tres vasos seguidos de tinto, a buen seguro que hubiésemos pensado que era un borracho tabernario. Hoy el amigo, el suegro, la esposa y hasta el yerno te llenan una y otra vez la copa de tinto (Rioja, Ribera del Duero, Somontano...) porque conocen tu morado paladar y el timbre de nobleza que imprime el descorche bien aprovechado. Son, pues, situaciones semejantes, mutatis mutandis, pero, ¡ay!, cómo hemos cambiado. La culpa, insisto, la tienen los ojos, que mudan su mirar a la vez que vamos mudando el pelaje.



(Le Cameleon, en el Barrio Latino de París. Fuente: Silenos)







Visión insólita

VISIÓN INSÓLITA

Cuando de niño se miraba en el espejo, su rostro se descomponía en infinidad de partículas inquietas, bailarinas, que se aglutinaban a intervalos regulares formando extrañas simetrías de colores. Si fijaba la atención en un objeto, éste giraba y giraba transformándose en una familia de tréboles cambiantes, de floridas corolas luminiscentes. Al cerrar los ojos para conciliar el sueño, rosetones encendidos lo sumían en un mar de geometrías admirables. Como nunca se quejó de esta deficiencia congénita (o don, según se mire), no visitó al médico hasta que, ya cumplidos los catorce años, comenzó a padecer mareos y trastornos digestivos que cursaban con vómitos de acuarelas. Un equipo internacional de oftalmólogos, digestivos y neurofisiólogos diagnosticó el primer caso de visión caleidoscópica conocido en el mundo. Pero, lejos de suponerle una merma en su desarrollo personal y profesional, hizo carrera como observador en la NASA, donde actualmente dirige el Departamento de Decodificación de Nudos Estelares.

Mapa abajo


Regreso de Alcañiz (Teruel) mapa abajo, como quien se deja caer despacio por el resbaladero de un parque vespertino. Regreso más cansado, con más peso fuera y acaso también dentro. Regreso porque siempre se regresa, porque, si no se regresara, la partida estaría incompleta: los humanos no sabemos vivir al margen de la circularidad. Dejo allí ciencia y amistad, y algunos reencuentros que valen su fugacidad en oro. Mientras el tren me zarandea por los campos de Córdoba, sigo regresando, mapa abajo, con los pies ya levantados para recibir el saludo de otra tierra.

(Ayuntamiento de Alcañiz)

Aprender a escribir sin escuela


La sala de duelo se ha llenado de visitantes, cariacontecidos y fugaces. Delante del cristal, dos hombres de edad trabajada contemplan al difunto, rejuvenecido en su último atuendo, acaso sonriente debajo del bigotito. Uno de ellos suspira y baja aún más la voz:

- Era analfabeto a medias, porque durante la mili aprendió a escribir solo, sin más maestro que la constancia y la vigilia. Juntaba las vocales como quien junta los dedos, hasta componer las palabras que veía en los letreros: COMEDOR, FURRIEL, GUARNICIÓN, RETRETE... Lo hizo para poder escribir a su novia y no tener que pedir a nadie que le escribiera o leyera la correspondencia. Aprendió a escribir por amor...
- Y por dignidad, que era muy digno cuando quería.

Los dos hombres vuelven la mirada silenciosa al finado y salen juntos de la sala, no sin antes besar a la viuda, que les pregunta de qué conocían a su difunto esposo).

Amaneceres


Suelo despertarme cuando el crepúsculo matutino empieza a rasgar las sombras. Espacio y tiempo de nadie, tan sólo de los pájaros arrulladores. A esa hora, mi casa es un mirador en las alturas por encima del sol y la bahía. Salgo a la terraza, paseo por ella en busca de los cantos tempraneros, y a menudo se me escapa una gaviota en alas de una carcajada. Entonces me doy cuenta de que sigo aquí, en una casa-barco anclada en una ciudad-isla que a veces se queda al pairo largo rato... Hasta que el olor del café me devuelve a la orilla.


Un paseo acompasado


LA CAMPANA

Al pasar por la calle de las acacias, tam… tam, de repente una campana palmea el aire con revuelo de palomas. Es un tañido doble tan pausado, con tan perfectos intervalos, que parece bombear la sangre de la tarde. Fermín no recuerda haber oído nunca ese sonido tan brillante, de tan celeste clamor, aunque hace más de cincuenta años que la calle de las acacias forma parte del itinerario de sus paseos. Esa iglesia tan cercana, de tan noble voz, ¿cómo es posible que no la conozca? La calle es larga, con repecho adoquinado, y el ayuntamiento retiró los bancos hace tiempo porque en una ciudad tan marinera, tan húmeda, el óxido devora hierros y huesos. Cegado por el relumbre de cristales en los balcones, Fermín sube tan precavido, tan despacio, que la campana ya le pesa en el pecho.



(Imagen: campana de iglesia en Valdemoro, 1950.
Procede de la Asociación Cultural Fuentes de la Villa)

Ferias del Libro: lustre y susurro


Trae la primavera, ya mediada, una nueva Feria del Libro, que es la misma y es distinta según plazas y fuentes. En Cádiz, por ejemplo, es fortaleza, baluarte de casamatas almenadas que miran al mar. Allí poetas, narradores y ensayistas aprestan su munición en pos de efímeras victorias. Toda feria es lustre, pero no toda feria necesita voces que aireen la mercancía. Tratándose de libros, millones de palabras entintadas ya susurran virginalmente tu nombre.

Filosofía


Azad me contó una vez que los viejos de su pueblo polvoriento siempre sonríen. Sonríen al sol, sonríen a la luna, sonríen a la ventisca, sonríen a la lluvia, sonríen a las bestias de carga, sonríen a los perros famélicos, sonríen a los recién nacidos y sonríen al paso de los ataúdes, cuyos inquilinos también sonríen a sus convecinos con recíproca e imperecedera cordialidad.

(Cementerio de Montmartre, París. Fuente: Silenos)

Mundo pesante


Atlas soporta el peso del mundo sobre sus hombros, pero no siempre pesa lo mismo. Pesa más el mundo atardecido, cuando el vaso del Océano está colmado y el agua rebosante cae mojando los cabellos del gigante; cuando los bosques, los valles y las montañas duplican el volumen de sus misterios; cuando las vainas vacías de las horas se amontonan por millones en las calles de las ciudades; cuando las promesas de la luz declinan y todo se cubre con una costra cenicienta de decepción. Entonces Atlas ha de esforzarse en sostener la gravedad de los mortales hasta que el sueño nocturno les devuelva la esperanza.






(Atlas de Farnese. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles)

Augurios de entonces


César, el palomo de la Muda, madrugó porque esa mañana amaneció más temprano que de costumbre. Voló en espiral desde el patio hacia el cuadro del cielo, que empezaba a clarear y a regar con luz tímida las tejas salientes del segundo piso, y se perdió entre la cordería de las azoteas en dirección al este. Siempre que presentía acontecimientos, César salía al encuentro del alba dibujando espiras con su cuerpo menudo de pichón blanco. Si presagiaba sucesos funestos, las espiras dejaban destellos de color bermellón; si se trataba de feliz augurio, las vueltas irradiaban hilos de luz violácea que se tornaba malva y luego anaranjada a medida que el pájaro ascendía. En aquella ocasión César tiñó el cielo de sentimientos encontrados, porque primero supimos que por fin se hablaba de casamiento en la casa del zapatero; después, que el niño Juanito, que había venido al mundo contrahecho, se había muerto con una sonrisa perfecta.


Éste y otros Papeles Secundarios
que ya han aparecido en los Silenos son extractos de una novela inédita, fruto de recuerdos de mi infancia en un patio de vecinos. Por fortuna la acabé antes de que la televisión destrozara con el eterno Cuéntame la memoria de mi generación.