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En la muerte de otro amigo

José Guillermo Montes Cala
Nadie nos previno contra tanta muerte. Nadie nos advirtió de que la vida se va erizando, se cubre de aristas, se desdibujan sus perfiles más amables. Nadie nos hizo ver entonces, cuando las horas se ofrecían anchurosas bajo el sol de la infancia, que crecer se tornaría este doloroso pasar, este despedirse a cada paso de quienes nos entregaron un día su afecto. De nuevo suena en mi estudio Violets for your furs, la triste balada de John Coltrane que se ha convertido para mí en un homenaje a los amigos fallecidos. 
Guillermo fue primero mi profesor de griego y más tarde colega en las labores académicas. A la par que encarábamos las luces y las sombras de la vida universitaria, fuimos descubriendo que teníamos en común parecidas inquietudes culturales fuera de las aulas. Si ya había constatado que era un filólogo riguroso, exigente y exquisito, con el tiempo descubrí y admiré al lector culto de libros de poesía, arte, filosofía y estética, así como al hombre que gozaba plenamente con la música clásica, en especial con su querido Beethoven, cuyo Claro de luna ha sonado en su funeral para congoja de familiares y amigos. Si la filología española ha perdido a un excelente helenista, a los amigos se nos ha arrebatado a un hombre discreto, justo, magnífico conversador y dueño de ese humor sutil e irónico que la inteligencia confiere a los tímidos.  
A la muerte de Tibulo, el poeta Ovidio escribió que cuando un hombre bueno se va, cuesta creer que existen los dioses. Dichosos los que creen en una vida al otro lado de las sombras, porque pasarán por esta esperanzados. Infortunados, sin embargo, los que, por más que queramos creer, sólo esperamos un océano infinito de tinieblas. Al menos me queda el consuelo de que, mientras tengamos memoria, Guillermo será mucho más que cenizas. Descansa en paz, querido amigo. 

En la muerte de Montse Gómez


Cuando los hados crueles nos arrebatan a los buenos (perdonad mi confesión),
me veo obligado a pensar que no existen los dioses.
OVIDIO


Vuelve a sonar en mi estudio la triste balada Violets in your furs de John Coltrane. Si no hace mucho fue por el viejo amigo, hoy es por ti, querida Montse, hermana y amiga. (Con el poeta Ovidio maldigo a los hados, esos que todavía nos exigen resignación y acatamiento, esos que nos arrebatan lo mejor de nosotros mismos, esos que nos dejan, y disfrutan con ello, el corazón tan maltrecho). Tenemos tanto que agradecerte. Recuerdo nuestros primeros encuentros; en especial la prudencia y el asombro discreto de tus ojos ante los modos de una familia tan distinta, tan distante. Qué pronto sentimos el brillo de tu sonrisa generosa, el deleite de tu trato exquisito, el calor de tu cariño sin fisuras. Sí, tenemos tanto que agradecerte. ¿Cómo no sentirnos en deuda impagable contigo, con la mujer que tanto amó a José Manuel, con la mujer que le mostró cuán amplio puede ser el horizonte de la dicha? Hay personas que pasan por la vida dejando honda huella en los demás. Tú, querida Montse, eres una de ellas. Te nos has ido sin irte; te has marchado quedándote en la risa, en la mirada, en los gestos de Darío y Julio, en el corazón hoy roto de José Manuel y de cuantos tuvimos la suerte de haber sido tu familia, tus amigos. Hasta siempre, querida Montse.

En la muerte de mi amigo

Mientras suena en mi estudio Violets in your furs, pienso en ti, amigo, y parece que John Coltrane grabara esta preciosa balada en 1957 para acompañar mi tristeza de hoy. El cielo, de gris tímido (como tú eras, detrás de esa risa tonante), también recuerda al amigo que se ha ido dejándonos en la intemperie, bajo una lluvia y un frío que ya no complacen. La vida es una batalla perdida de antemano, bien lo sabías. Recuerdo ahora aquellos años en que compartimos desvelos: un vaso de vino, una cara bonita y versos, muchos versos. ¿Te acuerdas de aquel viaje a Toledo, siguiendo las huellas del que hicieron Azorín y Baroja en 1900? Éramos tan jóvenes, tan entusiastas, tan ajenos al páramo que se expande a costa de los años. Entonces nos reíamos, poetas de taberna y plaza anochecida. ¿Cómo olvidar tu imagen de Gengis Kan subido a un banco junto a la catedral, la melena enturbiada por el olor a incienso de la ciudad beata, recitando poemas propios y ajenos? Respetuoso e irreverente, pasivo y rebelde, callado y respondón cuando se terciaba, siempre te tuve por un "cráneo privilegiado" (de verdad, sin el sarcasmo de ese Latino de Híspalis briago que tanto te gustaba), y precisamente por ahí te nos has muerto. Querido amigo, cuánto nos duele ya tu ausencia. Hoy sólo puedo escuchar una y otra vez la balada de Coltrane y seguir viéndote detrás del humo del cigarrillo, con ese gesto socarrón que adoraban tus amigas. Hasta siempre, amigo Hipólito. 

La madre de todos los horrores

A esa incertidumbre, madre de todos los horrores, me refería en mi entrada anterior: toma uno un tren cualquiera, camino de un descanso, de una reunión de trabajo o de vuelta de un viaje, sin saber que en un kilómetro maldito alguien o algo ha torcido, cuando no segado, el curso de tu vida. El verano, por alguna extraña razón que se me escapa, siempre ha sido estación de desastres colectivos. Acaso las altas temperaturas deterioran algún pistón del colosal engranaje y este falla donde menos lo esperamos. Simples mortales, estamos condenados a morir. Nos sobreviven una mesa barata, un pedazo de asfalto, la balaustrada hortera de un parque provinciano... Nos sobrevivirán, en estos tiempos de exposición y subasta, nuestras páginas en las redes sociales. Yo me iré, y seguirán estos silenos bailando por un tiempo. Es certidumbre que no hace sino aumentar el desasosiego de la incertidumbre mencionada. Nunca me dijeron que vivir suponía esquivar un tren desbocado, un coche enloquecido, un rayo vengador, una enfermedad parásita, una bala perdida, la cornisa podrida de tu propio edificio...

La muerte de Javier Tomeo

Ha muerto Javier Tomeo. En este apunte apresurado tan sólo deseo manifestar mi gratitud como lector, pues con pocos narradores he disfrutado tanto. A veces no es fácil discernir entre vida y literatura. Tomeo se ha ido al principio del verano, a pocos días del solsticio y de la fiesta de San Juan, cuando el calor empieza a ser mortífero y las moscas y mosquitos se confabulan para impedir el goce del sueño humano. Así le ocurre al protagonista de uno de sus microrrelatos ("La mosca estival"):

Ha empezado el verano y algunos se alegran. No lo entiendo. A mí el calor me aniquila. Ando siempre con la camisa pegada al cuerpo y se me deshacen las ideas...
...
Como le sugiere el personaje a la mosca, tal vez Tomeo se haya ido volando al encuentro de los mágicos fuegos de la noche de San Juan. Descanse en paz.


El sueño mortífero

Hay sueños que matan. Esta mañana un compañero de trabajo me ha contado que hace unos días soñó con mi funeral con todo lujo de detalles, desde la noticia inicial, que provocó alguna que otra lágrima incluso en la nebulosa del sueño, pasando por la parafernalia del adiós postrero, hasta mi repentina resurrección... Porque, estando de cuerpo presente en el ataúd, llegó otro compañero, comenzó a hablarme no se sabe de qué asunto (aunque ambos sospechamos a posteriori que debió de ser de política) y el difunto que yo era se sintió aguijoneado y, cual Lázaro respondón, irguió la espalda y puso fin a las exequias. He de confesar que hubiera preferido que me soñara en otras circunstancias (los trances eróticos suelen dejar regusto) y que me ha contrariado mucho saber que resucito por tan poca cosa. Si al menos hubiese sido por unos macarrones napolitanos, como le sucede al bueno de Antonio (Marcello Mastroianni) en Maccheroni, la bella película de Ettore Scola... 

Hoy ha muerto un amigo

Hoy ha muerto un amigo. Se ha ido plácidamente, mientras dormía, como todos querríamos irnos y como desea uno que se vayan los amigos. Porque Luis Charlo Brea, catedrático de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, era ante todo mi amigo. Tenía la rara virtud de humanizar la vida académica, a menudo trufada de luchas miserables y necias vanidades. En las primeras horas de la mañana solía hacer su ronda de saludos, con una broma temprana en los labios. Siempre tuvo palabras de ánimo sincero para quienes, alumnos suyos, empezábamos a forjarnos eso que llaman carrera académica. Y cuando recuperé la escritura hace unos años, él fue baluarte y apoyo, además de uno de mis lectores más fieles y amables. Cuántas veces habrá visitado, silenciosamente, estos Silenos. Hombre sin sombras, profesor querido, amigo Luis, descansa en paz.

Pereira no pudo sostener a AntonioTabucchi

Sostiene Pereira que nunca se le ocurrió escribir una necrológica anticipada de su autor porque su padre literario era luz imperecedera. Sostiene que estaba escribiendo la efemérides de Novalis, acompañado de una tortilla a las finas hierbas, en su despacho del Lisboa, cuando sobre la ciudad se desató una lluvia triste de primavera. Sostiene Pereira que entonces sonó el teléfono.









(Fotografía tomada el 7/4/2010, durante un encuentro
literario en el programa de Les Mille-Feuilles (París): http://mille-feuilles.fr)

Félix Romeo, ya en la memoria





Otro escritor (y muchas cosas más) que se marcha.


(Fotografía tomada de Antiguo blog de Zaragózame)

Adiós a Saramago


Descansa en paz, maestro.

Miguel Delibes ha muerto


Esta madrugada Miguel Delibes ha muerto en su casa, rodeado de su familia. La noticia acaba de ser confirmada a los medios de comunicación.