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Reina de Diamantes

Úrsula pidió un café, un zumo y un croissant al camarero. Había dejado el cuerpo muerto de Albert en el barco dos horas antes y ahora sentía una punzada de hambre. Sabía además que iba a necesitar fuerzas para las horas siguientes. El camarero de Le Parisien, diligente, atendió su solicitud y siguió limpiando las mesas para la llegada de los turistas...

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Repulsión


Era obsesivo, escrupuloso y muy celoso. Con las personas y las cosas. Nadie había conducido su coche, usado una prenda suya o leído uno de sus libros. Unía a esto un finísimo oído que le hacía pasar las noches en vela, atento a los más débiles ruidos. Harta de él, su mujer comenzó a verse con otro hombre. Un día los esperó escondido en el cuarto de invitados. Clavó las uñas en las palmas de sus manos y apretó con desesperación las mandíbulas mientras oía angustiado su entrada en el portal, sus risas en la escalera, sus jadeos en el dormitorio, los viscosos sonidos del coito, el orgasmo de ella y el de él. Aterrado oyó a su mujer asearse y luego al hombre ducharse y secarse con su toalla y temió lo peor. Con exquisita precisión escuchó la dentadura del hombre siendo frotada por las cerdas de su propio cepillo de dientes. No pudo más. Vencido por el asco y congestionado por la insoportable tensión, cayó al suelo muerto.

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Cuatro elementos y un teléfono

Herminio Gil miró con desánimo su nuevo lugar de trabajo. Un espacio de apenas un metro cuadrado separado por paneles de sus inmediatos compañeros. Doce personas como él trabajaban en la misma sala, llamada la pradera. Eran televendedores. Sus herramientas de trabajo consistían en una mesa, una silla, un ordenador y, lo más importante, un moderno teléfono dotado de un kit manos libres, listín para cien números, llamada a tres y un sinfín de funcionalidades que nadie había llegado a aprender. La desastrosa carrera profesional de Herminio Gil era acorde con sus aspiraciones profesionales.

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El Ogro (Eiger)

La montaña siempre espera. Esperó el Cervino a que Edward Whymper y sus compañeros lo ascendieran por primera vez en 1865. Esperó el Eiger, el Ogro, a que Rabadá y Navarro acometieran trágicamente el ascenso de su cara norte, la Eigernordwand. Nos esperaron las montañas alpinas a que junto con mi familia recorriéramos en verano los deliciosos valles suizos y nos aproximáramos a las bases de sus majestuosas cumbres. Hay un dicho en montaña cuando no haces cima: puedes volver a intentarlo cuando quieras, la montaña seguirá ahí.

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Los gatos

Al entierro de Doña Clara asistieron poco más de una docena de personas.  Dos vecinos, la portera, pocos parientes y alguna amiga. Y ello a pesar de que Doña Clara era una mujer de las de toda la vida, de aquellas de las que uno esperaría que su entierro fuese multitudinario. Ni siquiera su hijo asistió y es que él, más que nadie, fue incapaz de superar las trágicas circunstancias que condujeron a la muerte de Doña Clara.

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Media docena de muertos

A las once de la mañana, Bernabé Cabrejas Cabrejas pidió permiso para ausentarse de la frutería en la que trabajaba. Pese a lo inhabitual de la petición y dado que aún no había muchos clientes, su jefe se lo concedió sin pedirle explicaciones. No tardes, fue su única observación. El frescor de la mañana aún no se había disipado y aunque la primavera estaba avanzada y los días venían siendo calurosos, la temperatura era muy agradable. Bernabé caminó por la calle de las Angustias los escasos doscientos metros que le separaban de su casa y una vez en ella subió con presteza los dos tramos de escalera que llevaban hasta su vivienda. Se dirigió al dormitorio y extrajo de un altillo la pistola que había escondido dos días atrás. Sin poner en ello especial cuidado la introdujo en una bolsa de papel de las de envolver botellas y salió de nuevo a la calle.

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