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Un grato hallazgo: Félix Slim

Los hallazgos imprevistos suelen ser los mejores. Viernes 21 de noviembre. Ya cenados, andábamos Carmen y yo camino de casa, cuando en una esquina nos topamos de repente con los acordes de una guitarra acústica. En principio, nada anormal en una zona de bares de copas. Sin embargo, sobre esa música cabalgaba una voz ligeramente aguardentosa, ávida de traspasar las ventanas y los muros de un barEntramos. Ante escaso pero admirado público, el músico-banda Félix Slim ofrecía, guitarra, armónica y voz a un tiempo, su especial sentido del blues. Cantaba poseído por todos los espíritus de Lousiana, Georgia y Texas. Atrapados en el aquelarre del country blues, el swing, el ragtime y el rebetiko, bebimos varias cervezas al son de los temas de su último disco, GatomaloSucedió un viernes cualquiera, en un bar esquinero del centro histórico de Cádiz, y desde entonces por aquellas callejas deambulan los viejos maestros: John Lee Hooker, Duke Ellington, Cab Calloway, Charley Patton...

De escritura y jazz vocal al filo de septiembre

Imagen tomada de http://www.janperssoncollection.dk/
En estas horas postreras de agosto, me siento en mi estudio, reformado para el ciclo laboral que mañana comienza. Sol espléndido. Relumbres matinales en las azoteas. Ausencia de pájaros en el aire cercano. Después de un verano de laxitud y abandono a los placeres del cuerpo, recupero actividades varias. Un libro de poemas avanzado, varios cuentos en esbozos. En breve espero corregir las galeradas de una antología de microrrelatos. Aguardo la respuesta de un editor sobre otro libro, de aliento parisino. Y he iniciado otro proyecto de mayor envergadura, de esos que llevan años de trabajo. Reviso y organizo papeles con la gratísima compañía de Shirley Horn (ahora suena Here's to Life). Pianista en edad temprana y dotada con una hermosa voz grave y a la vez ligera, esta dama del jazz vocal cautivó a Miles Davis y Quincy Jones en la ya lejana década de los sesenta del siglo pasado. No oculto que siento especial predilección por el jazz vocal y el blues femeninos. Junto a las voces más difundidas de Nina Simone, Dinah Washington, Billie HolidayElla Fitzgerald, hay otros nombres menos conocidos por el público en general que también me acompañan en la escritura: Bessie Smith, Betty Carter, Anita O'Day, Sarah Vaughan, Mary Lou Williams, Cassandra Wilson, Rita Reys, Jim Tomlison, Madeleine Peyroux,  Chris Connor, Daniela Schächter... A todas ellas habrá que añadir, tan pronto consiga su música, el nombre de la jovencísima (24 años) Cécile McLorin Salvant, que ha dejado largo regusto en el pasado Festival de Jazz de Vitoria. Lo dicho: escritura, proyectos y voces femeninas que nada han de envidiar a los coros de querubines y serafines. Como en el Paraíso, pero con los olores y colores de este mundo.

Música de fondo y tocadiscos nuevo

Hace años era incapaz de escribir con música de fondo. El pensamiento se me escapaba, alado, en pos de las notas musicales. Ahora, sin embargo, enciendo el reproductor antes que el ordenador. Radio Clásica y mis propios CD de clásica o jazz me acompañan en la escritura creativa y en la universitaria. Y si antes la voz era otro escollo, como la engañosa llamada de las sirenas homéricas, ahora la ópera y el jazz vocal (Anita O'Day aguarda su turno) no solo no empecen la tarea, sino que incluso cumplen a menudo la legendaria función de las Musas. 

* * *
Los Reyes Magos me han traído un tocadiscos Lauson y su sola visión en esa mañana mágica me ha emocionado. Los discos de vinilo ya no sufren el ostracismo del altillo-gallinero; ahora comparten plaza en el patio de butaca, junto a los libros de arte. Los voy escuchando cada día, comprobando que aún gira su música, constatando que algunos siguen rayados en el mismo sitio. Como esa juventud que tuvimos y quedó enroscada sobre sí misma.

Diciembre y músicas primerizas

Primer sábado decembrino. En la tierra que me soporta, la bóveda celeste resiste a duras penas la pujanza de la luz, desparramada por ese gigantesco incensario colgante que es el sol. Suenan músicas y voces varias en mi casa. Tony Zenett, Casandra Wilson, Loquillo, José el Francés, Gabriela Ferri. El poder evocador de la música es tan poderoso como este esplendor diurno. Si un día gozamos de ella en circunstancias especiales, su repetición nos proporciona la recuperación de ese gozo recreado, aumentado y en sintonía con el pálpito de los nuevos días. Un puente entre dos instantes lejanos, hermanados tan solo por la gracia de la música. No hago planes para siempre. Me basta con mirar por esa ventana y escribir, antes de salir a la calle para comprobar que todo sigue estando en su sitio, que nada se ha mudado mientras yo me abandonaba al placer dudoso de las Musas. La música ayuda a sobrellevar todo tránsito, toda incertidumbre.

(El Pont au Change, al fondo, bajo la arcada del Pont Neuf. París. Fuente: Silenos)

La Sinfonietta San Francisco de Paula triunfa en París

Dentro de un recio y duro caparazón, guarda la nuez su fruto,  tan grato y preciado que parece imposible que germine y madure en tan severo encierro. París ofrece muchas nueces al nativo y al visitante, a poco que sepan afinar el olfato. Uno de esos frutos dulces, memorable por su regusto, nos fue regalado ayer miércoles en pleno corazón de Le Marais. Mientras fuera, al fresco de la soirée, se llenaban las terrazas de la rue des Archives, en la pequeña Église des Billetes, apenas percibida entre el rumor de los vasos, las charlas y la circulación, tenía lugar un concierto menudo en la apariencia, colosal en el resultado. Los músicos llegaban de Sevilla, 15 en número y acaso no más de 17 de media en edad. La jovencísima (fue fundada el año pasado) Sinfonietta de San Francisco de Paula, dirigida por el músico Archil Pochkhua e invitada por la Asociación Le Concert de Monsieur de Saint Georges, era el fruto que encerraba el austero templo luterano, de paredes desnudas y vitrales sin imágenes ni policromía. Una docena de piezas (Jiri Antonin Benda, Vivaldi, Bizet, Le Chevalier de Saint-Georges, Mozart, Pablo de Sarasate...), más varios bises pedidos por un público agradecido al que costaba creer que tan petits musiciens produjeran esa música celestial. Espléndida la orquesta, espléndidos los cuatro solistas, bajo la batuta entusiasta y certera de Pochkhua. Cuando salimos fuera del templo, la rue des Archives parecía más calmada. El prodigio de unos adolescentes que habrán de regalarnos en el futuro más y excelentes frutos.
(Fotografía de Francisco J. Centeno)

La música no siempre amansa a las fieras

Tal vez Orfeo, el músico tracio, hubo de detenerse alguna vez para explicar las bondades de la música. No imagino, por más encantamiento que originaran sus melodías, a un ejército de plantas, animales y humanos arrobados sin más por efecto de sus acordes. Es posible que alguna vez penetrara en el sueño encriptado de un león o de una araña venenosa, o en el silencio anodino de una jirafa, y descubriese, con grave peligro de su integridad, que hay territorios en donde no cabe la música ajena. Uno de esos territorios, acaso ya existente desde los tiempos remotos del desconsolado Orfeo, cierra sus pesados portalones al piano que ahora suena detrás de mí, mientras su música hace florecer las buganvillas de la terraza y salpica de estremecimientos la luz cenicienta de esta tarde de diciembre.


La mujer del arpa

Sobre la montera del patio golpean las gotas de una lluvia inconstante, a ratos airada, quizás porque no hay lugar para ella en el frío cubo de aire que descansa sobre las grandes baldosas de mármol. Público sobrado para una mañana de tanta grisura. Cristina Montes Mateo acaricia las cuerdas, le crecen las manos, se le alargan los dedos, teje la tela de acordes como una araña refinada. Detras de las notas, once mujeres, once compositoras, cómplices del prodigio, que asienten con la mirada dispuestas a participar del festín que ya acontece. Insectos atraídos por la música alada, vamos cayendo en las cuerdas, quedamos adheridos en los hilos de seda. Mientras tanto suenan, replicando al repiqueteo de la lluvia, Fantasía y recuerdos (María Luisa Ozaita), Luzeulo (Rosa Mª. Rodríguez Hernández), Maktub II (María José Arenas), Brume Grisâtre (Carme Fernández), L'Orfeo.zip (Diana Pérez Custodio), Siete piezas para Ángela (Marisa Manchado), Sobre el tapiz del arpa (Iluminada Pérez), Díptico: dos haikus: Nieve sobre nieve, Incesante nieve (Mercedes Zavala), Caminos rasgados (Dolores Serrano Cueto), Más allá de la noche que me cubre (Laura Vega) y Ser y tiempo (Consuelo Díez). Ha comenzado el IX Festival de Música Española de Cádiz.

Doble cielo con Mavis Staples

Anoche, doble espectáculo en las alturas del auditorio del Parque Torres: las luces desvaídas del puerto cartagenero hacían el coro en el agua a las ráfagas intermitentes de los faros. Estaba el mar bonancible, el aire arrobado (o quizás asustado) ante la voz potentísima y subyugante de Mavis Staples, la gran dama del gospel y el rhythm and blues. El coro de su banda de Chicago, formado por su hermana Yvonne Staples, Vicki Randle y el magnífico Donny Gerrar, se mecía al compás de los destellos marinos. Cercano a la cima del graderío, la mirada se me escapaba del auditorio y se quedaba prendida de la danza de fuegos fatuos, mientras los oídos permanecían dentro, extasiados por la magia de los temas de su último disco, You are not alone. Desde allí arriba las estaturas engañan: Mavis Staples, pequeña y septuagenaria, se agigantaba por momentos y, con un movimiento circular de manos sobre su cabeza, escalaba por encima del escenario. Fuera, la noche, que nos parece tan inmensa, reducía su misterio y se rendía a los pies de esta mujer de leyenda, cuya simpatía y elegancia proyectaron su esplendor aún más sobre la tersura de las aguas.

Quisiera poder escribir...

"Esta angustia de cielo, mundo y hora". Suenan los "Sonetos del amor oscuro" de Lorca en la voz y música de Amancio Prada. Me acompañan desde hace tiempo ("con oscuro gemido un año entero"). Sonetos de límites desdibujados, de hemistiquios repetidos, si se quiere, pero que no distorsionan la lectura del texto, pues voy sin sobresalto de Prada a la edición de Áltera (con epílogo de Jorge Guillén) y del texto a la canción. Habré leído los poemas una docena de veces, habré escuchado este disco dos docenas o más, y siempre me sucede lo mismo: percibo con absoluta claridad mi pequeñez, vuelta en admiración siempre, ante la metáfora sublime, en eclosión constante del poeta granadino. Hay versos de amor memorables e irrepetibles, como aquel cierre de soneto magistral de Quevedo (quizás lo mejor que se ha escrito en la poesía española): "serán ceniza, mas tendrán sentido, / polvo serán, mas polvo enamorado." O como estos lorquianos de imágenes turbadoras, sobre los que pende una peligrosa "voz de penetrante acero". Quisiera poder escribir, al menos una vez en la vida, versos como estos, pero para ello ha de estar dispuesta a visitarme, "en un anochecer de ruiseñores", una Musa que no es de este mundo.

El piano ibérico de Chano Domínguez

Pocos instrumentos más maleables que el piano, que, pese a los puristas que defendieron y defienden que de sus notas solo debe emanar música clásica, lleva décadas permitiendo que sus teclas se presten a otras músicas, a otros ambientes, a veces tugurios sublimados por la poesía canalla: jazz, blues, bossa nova, tango, sonidos étnicos, copla, flamenco... Ray Charles, Herbie Handcock, Tete Montoliu, el tándem Valdés (Bebo y Chucho), Michel Camilo, Brad Mehldau, Lalo Schifrin, Prisca Dávila, Stefano Bollani... son solo algunos nombres. A ellos hace tiempo que se sumó un gaditano, Chano Domínguez, quien ya fuera teclado en Cai, el grupo de rock andaluz (junto con Imán. Califato Independiente) con el que muchos de mi gneración vivimos los primeros conciertos. Ayer noche, recién llegado de México, donde ha ofrecido conciertos con Wynton Marsalis y Paquito D'Rivera, Chano Domínguez presentó en el Teatro Falla de Cádiz su disco Piano ibérico, una compilación de versiones de grandes temas de la música de compositores españoles como Albéniz, Falla, Granados y Mompou, además de tres composiciones propias, como "Mantrería", "Canción triste" y "Cuando te veo pasar". Si ya escuchar al gran Chano Domínguez es una delicia, verlo acompañado por la voz rota (escuela de Camarón) de Blas Córdoba, "El Kejío", la percusión de Israel Suárez, "Piraña", y el taconeo y baile endiablado de Tomás Moreno, "Tomasito", fue un disfrute de los que uno quisiera meterse en el zurrón para sacarlo de vez en cuando. Como no fue posible, le pedimos con aplausos que lo alargara, y Chano tocó unas alegrías de Cádiz arropando a El Kejío. Para llorar de gusto. Espero poder decir algo parecido mañana, después de escuchar esta noche en Sevilla a Cristina Rosenvinge.

Poesía y prosa en estos fríos invernales

A veces la poesía se nos muestra esquiva, distante, huidiza como pez en las manos. Ocurre que un verso asoma tímidamente, tantea el aire que lo espera y, quizás por no encontrarlo a su antojo, desaparece por algún resquicio engañoso del día. Y el fugaz regusto que deja se parece a la sombra migratoria de las aves de invierno. No sucede lo mismo con la llamada de la prosa, porque su naturaleza es muy otra, más pesada, más apegada a los polvos de la tierra. Una historia, por muy fragmentaria que se ofrezca, deja una tarjeta de invitación que, si es menester, fácilmente podemos guardar y releer más tarde, pues sus indicaciones seguirán allí en espera de respuesta. No sé qué razones tienen los versos para darse poco y exigir tanto; tampoco sé si la pronta entrega de un relato es tan falsa que, a la postre, se mudará en desconcierto y mentira. En cualquier caso, he descubierto que, cuando se me escapa un verso, necesito la música para mitigar esa orfandad. Hoy, domingo ya caduco de febrero, escucho en mi estudio el acordeón magnífico de Richard Galiano y el clarinete de Michel Portal.

(Detalle de la fuente de los cuatro obispos, de Joachim Visconti,
en la Place Ste. Sulpice. París. Fuente: Silenos)

El flamenco más universal, si cabe


Hoy estamos de enhorabuena. El flameco ha sido reconocido como lo que ya era hace tiempo: PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD.










(Imagen: tía Anica la Piriñaca (1899-1987), cantaora de Jerez)

La música de Dolores Serrano suena en Costa Rica


Dolores Serrano, hermana del corifeo de estos silenos, hace música, la interpreta, la estudia, la enseña y la sueña. Anda Lola estos días otoñales de estrenos. Mañana viernes, 12 de noviembre, la fagotista costarricense Cindy Bolandi estrenará (estreno princeps) su obra Fagoteando (fagot solo), junto con otra obra del compositor Otto Castro: Memento mori I, II, III (fagot y electrónica). El acto será a las 19,30 en el Centro Cultural de España. Amigos costarricenses, no os lo perdáis. La música de Lola también deleita ultramar.

* * *
Y en la programación del VIII Festival de Música Española (18-28 de noviembre) podremos escuchar dos piezas suyas:

- el estreno absoluto de Nudos, a cargo de Nan-Maro Babakhanian (mezzosoprano) y el Trío Alaria (violín, violonchelo y piano).
Fecha y lugar: 20 de noviembre en la Diputación de Cádiz.

- la interpretación de Susúrrame al oído por el pianista Diego Fernández Magdaleno.
Fecha y lugar: 26 de noviembre en la Diputación de Cádiz.

Suerte, hermana, y que lleguen hasta aquí las notas costarricenses.

En la imagen, Lola (sexta por la derecha) en el estreno de Susúrrame al oído en el Auditorio de Madrid
(14 de diciembre de 2009). La fotografía es de Javier Ecay Ardanaz, presidente de la Fundación Ars Incognita

Placeres menudos


Regreso de un viaje fugaz a Dos Hermanas (Sevilla), donde añoche celebramos el cumpleaños de una buena amiga. Antes de visitar esta mañana la estupenda exposición "El joven Murillo" en el Museo de Sevilla, ya sentíamos el rompimiento de gloria en el cielo primaveral, preñado de azahares. Después del Diluvio, la tierra recompone al fin su cuerpo y nos brinda nuevos placeres. Ahora tomo un té y escribo, mientras de la cocina llega el olor dulzón de las torrijas. Y, para colmo de placeres, en mi estudio suena la trompeta de Paolo Fresu, el magnífico músico sardo, en un cd de la serie Jazz italiano live 2009 que mi mujer me acaba de traer de Roma. Hay días plenos en su sencillez.





(Paolo Fresu en el Festival de Jazz de Vicenza, 2006. Fuente: Wikipedia)

II Encuentro primaveral en Los Toruños


Ayer, en el Parque Metropolitano de los Toruños y Pinar de La Algaida (Cádiz), se celebró la segunda jornada del II Encuentro que coordina, desde que alumbrara la feliz idea el año pasado, la profesora y poeta Charo Troncoso. Aunar actividades culturales y lúdicas, relacionadas estrechamente con la primavera entrante, es el objetivo de estas jornadas, que hoy continúan con varios actos, entre ellos un concierto de Javier Ruibal. Ayer, cuando mi hija y yo nos acercamos pedaleando hasta allí, nos encontramos con un edificio de reciente factura, titularidad de la Junta de Andalucía, que sustituye a la carpa, velador y bancos de madera del año anterior. Es un recinto con varios patios y dependencias en derredor, un centro de intepretación de esos que tanto abundan ahora, con pantallas digitales y paneles informativos. Si el año pasado los recitales de poesía y otros actos se hacían al aire libre, bajo el ruido del gentío acodado en la barra del bar, este año hay salas cubiertas con megafonía. Se ha ganado en infraestructuras, pero se ha perdido en calidez y, me temo, en contacto con la naturaleza. Ayer, como decía, tuvimos ocasión de ver En medio de las olas, la película documental que el poeta Luis García Gil y Pepe Freire filmaron en 2009 para rescatar la memoria del padre del primero, José Manuel García Gómez, poeta y dinamizador cultural en el Cádiz de los cincuenta del siglo XX. Luego Luis, Charo Troncoso y Eduardo Flores presentaron el Aula de Poesía José Manuel García Gómez, un proyecto incipiente, iniciativa de Luis, que pretende convertirse en lugar de encuentro de poetas, y en el que servidor también arrimará, dentro de sus posibilidades, el hombro. La mañana se alargó con un concierto de José Luis Pineda, que presentó su disco Olla de Grillos, una docena de poemas cantados con esa voz preciosa de Pineda, que a mí me recuerda en muchos de sus relieves a Silvio Rodríguez, aunque menos aguda y más sutil. Un descubrimiento, he de reconocerlo. Como lo fue también ver en el escenario al escritor Alejandro Luque palmeando el cajón. Lástima que hubiese poco público para distrutar de este delicioso concierto. Hoy, más en Los Toruños.

(Un momento del concierto de J. L. Pineda)