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Cuerpos

Erbo encendió la luz y la piscina se iluminó mostrando dos docenas de cuerpos. No era una gran cantidad ya que Erbo nunca había tenido dinero para muchos lujos. Pero dos docenas de cuerpos tampoco estaba tan mal; otros solo podían disponer del cuerpo dotado. Los cuerpos colgaban flácidos como si fueran trajes en un armario, esperando ser animados. Revisó la colección sin tener una idea clara de lo que buscaba. Desechó los dos cuerpos de mujer que le obligarían a una reprogramación mental que le daba una enorme pereza. Seleccionó cinco, el cuerpo ancho, el alto y delgado, el muy musculado, el bajito y el gordito. Tras revisarlos someramente, eligió el gordito.

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Sr. Hu

Entonces, estamos de acuerdo, señor Watson, quiero decir señor Hu. Disculpe, pero no consigo acostumbrarme a su nombre chino. No diré nada de su existencia. Nadie sabrá por mí que está usted aquí. Es una lástima porque la información es de sumo interés y sería fantástico que pudiera usted acompañarme a América, pero comprendo su punto de vista. La ética y la intimidad son sagradas para un periodista.

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Grillo


La chica es guapa, muy guapa, Erbo. Y sonríe sensualmente. No cabe la menor duda de que se siente atraída por ti. Apenas unas palabras amables y te acompañará a casa. – La voz del asistente electrónico personal con visión y audición sale algo metálica del pequeño auricular acoplado en la oreja,  justo por encima del nivel de la música del local. Pepito Grillo o simplemente Grillo es el nombre con el que Erbo ha bautizado a su segunda conciencia. 

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Repulsión


Era obsesivo, escrupuloso y muy celoso. Con las personas y las cosas. Nadie había conducido su coche, usado una prenda suya o leído uno de sus libros. Unía a esto un finísimo oído que le hacía pasar las noches en vela, atento a los más débiles ruidos. Harta de él, su mujer comenzó a verse con otro hombre. Un día los esperó escondido en el cuarto de invitados. Clavó las uñas en las palmas de sus manos y apretó con desesperación las mandíbulas mientras oía angustiado su entrada en el portal, sus risas en la escalera, sus jadeos en el dormitorio, los viscosos sonidos del coito, el orgasmo de ella y el de él. Aterrado oyó a su mujer asearse y luego al hombre ducharse y secarse con su toalla y temió lo peor. Con exquisita precisión escuchó la dentadura del hombre siendo frotada por las cerdas de su propio cepillo de dientes. No pudo más. Vencido por el asco y congestionado por la insoportable tensión, cayó al suelo muerto.

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Pesadilla

El teniente me manda volver a la formación que ya había abandonado. Con calma me dirijo a él para explicarle que hace muchos años que terminé la mili y por tanto no tengo que volver a formar nunca más. Con la misma calma el teniente me dice que no voy a licenciarme en la puta vida si no vuelvo a la formación en este mismo instante. Toda la compañía me mira con cara burlona. Con una ansiedad creciente trato de explicar al teniente y al resto de la compañía que se equivocan, pero todos parecen dar por hecho que el errado soy yo. No lo entiendo muy bien, pero vuelvo a la fila.

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Cuatro elementos y un teléfono

Herminio Gil miró con desánimo su nuevo lugar de trabajo. Un espacio de apenas un metro cuadrado separado por paneles de sus inmediatos compañeros. Doce personas como él trabajaban en la misma sala, llamada la pradera. Eran televendedores. Sus herramientas de trabajo consistían en una mesa, una silla, un ordenador y, lo más importante, un moderno teléfono dotado de un kit manos libres, listín para cien números, llamada a tres y un sinfín de funcionalidades que nadie había llegado a aprender. La desastrosa carrera profesional de Herminio Gil era acorde con sus aspiraciones profesionales.

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Control

No fue tanto el agudo dolor de cabeza como la vaga y desconcertante sensación de extrañeza, de no tener el completo control de sí mismo, lo que llevó a Erbo a detener su vehículo y quitarse el escáner. Disimulado en un cómodo y elegante casco de cuero que cubría poco más que el pelo, su escáner de última generación, tenía todas las características de la versión Estándar. El módulo de pensamiento, el de cálculo y el enciclopédico eran excelentes... 

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La charca

Hola amigos!, soy Roberto, Roberto Wilson Batracio, y habéis tenido la enorme suerte de conocerme. Soy una rana macho. Un rano. En realidad soy el rano más divertido, simpático, burlón, admirado y apuesto de toda la charca. Todos los ranos quieren ser mis amigos y no es extraño ya que a mi lado no falta la diversión. El que viene conmigo sabe que tiene la juerga asegurada. Sé como gastar el dinero, en todos los locales me reciben con reverencias, nunca falta la alegría a mi lado. Nuestras farras son memorables. Y todos saben que pueden encontrar ranas hembra a mi alrededor, que revolotean en torno a mí. Sí amigos, porque si alguna debilidad tengo, son las hembras de rana.

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El último campeón

Supe de tu triste final. Desde entonces desapareciste de mi mente. No eres una persona agradable cuya memoria guste evocar. Representas una buena parte de lo peor que hay en los humanos, sus peores vicios, la vanidad, la soberbia, la ambición desmedida, el desprecio por los otros. Decidí no pensar nunca más en ti. Pero la otra noche te cruzaste de nuevo en mi camino. Ebrio y delirante, salías de un bar y cuando nos reconocimos tardaste en reaccionar.

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Los gatos

Al entierro de Doña Clara asistieron poco más de una docena de personas.  Dos vecinos, la portera, pocos parientes y alguna amiga. Y ello a pesar de que Doña Clara era una mujer de las de toda la vida, de aquellas de las que uno esperaría que su entierro fuese multitudinario. Ni siquiera su hijo asistió y es que él, más que nadie, fue incapaz de superar las trágicas circunstancias que condujeron a la muerte de Doña Clara.

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El mejor amigo del hombre

El mejor amigo del hombre es su cuarto de baño. Mi suegro dice que el mejor amigo del hombre es el huevo frito. En efecto, si por un desafortunado lance del destino caemos en manos de un cocinero desaprensivo siempre podemos poner cara compungida y con una sonrisa avergonzada preguntar: ¿por favor, no podría tomar un huevo frito? Creo, sin embargo, que la relación con el cuarto de baño es más profunda. Comparte algunos de nuestros momentos más felices y también los más desgraciados. Conoce nuestra más reservada intimidad y nos ha visto en situaciones que jamás querríamos que fuesen conocidas. Ni siquiera las personas más allegadas comparten con nosotros el grado de intimidad que tenemos con el cuarto de baño. Solo pensar en que hiciese públicos los secretos que le hemos confiado nos llenaría de horror.

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El becario enamorado

Estaba tan confundido que no reparé en qué piso se abrió la puerta del ascensor. Tendría que conocer usted a María. Era fácil aturdirse en su presencia. Incluso en su ausencia me bastaba recordar su sonrisa para caer en el más completo atolondramiento. El caso es que debería haberme dado cuenta que no era la planta de salida, pero avancé maquinalmente hasta encontrarme en un vestíbulo desierto que en nada se asemejaba al lujo del resto del edificio. Aunque la verdad, camarero, no creo que pueda seguir contándole nada a menos que me ponga otra copa. Otro güisqui con coca. El tercero de la tarde. ¿O es el cuarto?

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Yo no he leído Millenium

El manatí emergió a la superficie del agua y con dos brazadas alcanzó las escaleras de la piscina. Levantó su corpulenta mole hasta la altura del borde, con decisión mientras parte de su cuerpo estaba aún en el agua, más despacio cuando la gravedad tiró de sus carnes hacia abajo. Graciosamente se sacudió las gotas de agua de su bronceada piel, respiró hasta el fondo con la satisfacción de haber realizado su cuota diaria de ejercicio físico y se dirigió a la tumbona con parsimonia. Una vez allí, se colocó las gafas de sol y retomó la lectura de Millenium.

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