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La soledad del poeta

Con cierta frecuencia me encuentro, en la nota biográfica de la solapa de un libro o en la efímera noticia de un periódico, que fulano es poeta y escritor o que fulana es poeta y escritora. Extraña escisión esta, que contempla el noble ejercicio de la poesía como una parte desgajada de la escritura. Con más tino se establecen otras etiquetas dobles: poeta y narrador o poeta y novelista. La segregación se hace ahora por géneros, pero no por el acto (único) de escribir. Si alguien dijera que Pepe Sánchez es camionero y conductor provocaría alguna risotada, cuando no la reconvención de algún adalid de la lengua: lo primero basta; lo segundo es prescindible. La soledad del poeta es el sino de este tiempo, por más que estuviera antaño tan cerca de los dioses.

Sobre la traducción, en "Quimera"

En el número recién salido de Quimera (p. 61) publico un breve artículo sobre la traducción en mi ámbito académico: "Romancear en el siglo XXI".





La farmacéutica inhóspita

Minutos antes del Apocalipsis
Salgo de la farmacia y en la puerta oigo a la farmacéutica decir a un cliente: "Hoy hace menos frío; el día de ayer fue inhóspito". Espetado en un lugar tan serio, por una señora respetable de bata blanca y carrera universitaria, lo cierto es que ese adjetivo confiere a la frase cierto pedigrí. A medida que me alejo, me doy cuenta de que el filólogo que soy no descansa (lo cual es poco aconsejable). El DRAE recoge para el adjetivo susodicho dos acepciones: inhospitalario y poco grato, incómodo (siempre dicho de un lugar). Intento dejar a un lado la metáfora, señora de todo lo inclasificable, y paso a ver si el día de ayer tiene acomodo en alguna de ellas.  Si lo inhóspito sólo es posible en un espacio, pues hace referencia al lugar, al "envoltorio", por más que imagino la cobertura de la víspera, con sus horas de viento y lluvia, no hallo ajuste. Mucho menos cuando el tiempo al que se refiere la docta farmacéutica, si se releen sus palabras, es el estado atmosférico. Es hábito cada vez más extendido utilizar a diestro y siniestro los adjetivos con prefijo negativo -in. Así el plato de la sopa resulta ser inédito y el amigo pelmazo es un insólito. Cuesta aprender en medio de la confusión.

Un libro, los artistas e intelectuales y los dislates de una traducción

He terminado la lectura del libro de Alan Riding, Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis (Galaxia Gutenberg, 2011). Lo he leído en suelo parisino, viendo con ojos de hoy muchos de los lugares que los alemanes creyeron suyos durante cuatro largos años. He imaginado los inmensos estandartes colgando de los muros del Palais du Trocadero, los coches oficiales de la Wehrmacht deteniéndose en la puerta del hotel Lutetia, o ante el majestuoso edificio de la Opéra Garnier. Delante de las placas que recuerdan en cada escuela elemental el exterminio, he imaginado el futuro de miles de niños judíos. Pero lo que más me ha costado imaginar es que la vida cultural de París continuara durante la ocupación al ritmo que narra Riding. Porque ese es el propósito de este libro: mostrar que la actividad cultural (cine, literatura, pintura, música, danza...) se mantuvo en su apogeo, pese a que se pueda pensar que sin libertad no florece una cultura. Cada lector debe responder a una pregunta clave: ¿seguir haciendo lo que antes de la ocupación hacían los escritores, actores, cineastas, músicos, pintores... es una acción censurable, es un acto de colaboracionismo? Se trata de un libro riquísimo en datos, como si Riding hubiera seguido los hilos del destino de cada uno de los miles de nombres que cita. Asisitimos, por ejemplo, al heroísmo del americano Varian Fry, al que con solo treinta y dos años se le encomendó viajar a París y salvar a cuantos artistas e intelectuales pudiera (y bien que cumplió); a la valentía silenciosa de Rosa Valland, la rescatadora de cuadros; a la silueta menuda de un lloroso Jean Cocteau, que teme represalias después de la liberación por sus vínculos con los alemanes; al antisemitismo de Céline; al cinismo de rico vividor de Sacha Guitry; al descaro de la actriz Arletty, que justificó en el juicio por colaboración su relación con un militar alemán con una frase memorable: "Mi corazón es francés, pero mi culo es internacional"; a la pericia para la supervivencia en tiempos tan espinosos de Picasso, Jacques Prévert o Gaston Gallimard; a la reinvención de su propio papel durante la ocupación de Sartre... La vida cultural siguió en París pese a la guerra, pese al invasor, pese a las deportaciones y encarcelamientos de judíos y resistentes, pese a que los alemanes intentaron a toda costa que la cultura francesa (admirada en todo el mundo) sucumbiese a la alemana. 
.......Es una lástima que un libro de contenido tan interesante y digno se vea desmejorado por la forma. Me explico: además de numerosas erratas (que disculpo, aunque son muchas), hay serios dislates y errores sintácticos, achacables no solo al traductor, sino también a la editorial por no haber revisado (¿o sí?) el texto. Pondré solo algunos ejemplos. Cada vez que aparece citado el apellido de Charles de Gaulle, la preposición va en minúscula (de Gaulle). Esto chirría sobre todo cuando justo delante la frase exige otra preposición: "era el texto del llamamiento de de Gaulle" (p. 137) o "las Fuerzas Francesas Libres de de Gaulle" (p. 161). Lo mismo ocurre con Nicolas de Stäel: "obras de Kandisky, César Domela y de Stäel (p. 205). Hay casos de expresiones acuñadas en español que aquí no se corresponden con lo esperado: "con actores que a bien seguro" (por "a buen seguro", p. 266), o "y se dedicaron a venderlos de bajo mano" (por "bajo mano", p. 283). También se observan muchas omisiones de la preposición a en los objetos directos de persona: "La historia termina cuando el ejército envía los alemanes" (p. 165). Añádase a todo esto la forma tan arbitraria de citar los títulos de obras literarias, teatrales, películas... Siempre van citadas en el original francés, pero una veces se añade detrás la traducción española entre paréntesis y otras muchas no. Entiendo que esto sí podría ser imputable al autor más que al traductor (es una mera conjetura, pues no tengo delante el original inglés), pues acaso Riding traduzca al inglés solo algunos títulos y estos son los que el traductor vierte al español. En cualquier caso, no entiendo tanto descalabro en un libro estupendo.

Cuestiones lapidarias (2): los números

Hay artesanos de la escritura lapidaria que se afanan por ofrecer un diseño grato a la vista. Una de las muchas formas posibles consiste en una disposición de las líneas en forma de copa o jarrón,  o de esbelto cuerpo de mujer. En ello debía de estar pensado el epigrafista de este mármol que cuelga en una céntrica y arbolada plaza de Cádiz, cuando, al llegar a la tercera línea, advirtió que un número tan expandido no le permitiría adelgazar el talle, y optó por una extraña mezcla de arábigos y romanos: MDCCC96. Mejor pensar eso y no, como algunos maledicentes difunden, que el pobre hombre no sabía contar con letras y palos.

(Placa en Plaza de Mina, 2. Fuente: Silenos)

Cuestiones lapidarias (1): "El Junco"

Todas las ciudades se afanan por exhibir la nombradía de sus hijos ilustres. En las capitales de provincia, y más aún en las que disponen de ateneos literarios, culturales y científicos, dicha exhibición se canaliza en una notable afición a rotular las fachadas con nombres y gestas sobre fondo lapidario. En Cádiz, ciudad antigua y pródiga en la mostración de sus propios méritos, abundan, en una curiosa mezcolanza, la memoria de numerosos próceres del XVIII, navegantes y aventureros ultramar, literatos y músicos, cantaores flamencos y bailaoras descendientes de las puellae Gaditanae que hacían las delicias en Roma en tiempos de los Balbo. Trabajo para artesanos del mármol y la cerámica. Pero he aquí que dicho soporte, además de exigir buena caligrafía y una acertada distribución de las letras, requiere que el texto esté exento de errores ortográficos, erratas y otras anomalías, so pena de que estos pervivan junto con las gestas o acontecimientos invocados. Así sucedió en esta placa dedicada a un espigado bailaor, que resultó ser también coregrafo.

(Placa en la calle Suárez de Salazar. Cádiz. Fuente: Silenos)

La ortografía, ese misterio insondable

Cada cierto tiempo me rondan desmanes ortográficos y gramaticales ajenos, como moscones querenciosos atraídos por algún extraño efluvio mío que ignoro. No sé si la causa de tal desazón está en las labores docentes o en una actitud de lector más atento a la letra que a la idea. Por otra parte, he de reconocer que ha de ir uno con pies de plomo al denunciar alguna de estas desviaciones, no sea que alguien esgrima cambios de la RAE a los que aún no me he acostumbrado, como el del célebre adverbio solo, ya despojado definitivamente de la tilde salvo en caso de segura ambigüedad (también llevó su tiempo asumir la misma regla para los pronombres demostrativos). Nadie ignora que la escritura en Internet propicia los errores. De una parte, porque cada cual escribe como sabe o le place; de otra, porque el exiguo teclado de iphones, blackberris y otros dispositivos de comunicación callejera, unido a las prisas de la era informática, ocasiona tanto los despistes de los más letrados, como los errores de los menos duchos en juntar derechamente letras y palabras. Ya lo he advertido en Facebook, donde abundan los "te hecho de menos", los valla (del verbo "ir") y los a parte (como adverbio). No tengo ninguna esperanza de que en tal medio, global para lo bueno y para lo malo, la cosa cambie; más bien irá a peor. Sin embargo, no todo es achacable a la red. En lecturas de los últimos meses, impresas en papel, he visto un uso excesivo de deber + infinitivo (que siempre es obligación) cuando se quería expresar probabilidad o suposición, en cuyo caso yo tenía entendido que siempre debía mediar la preposición de. Pero hete aquí que, vacilante ante tanto uso sin preposición, hago la pertinente consulta en el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE y me llevo mayúscula sorpresa, pues, según tan docto libro,

deber de + infinitivo. Denota probabilidad o suposición: «No se oye nada de ruido en la casa. Los viejos deben de haber salido» (Mañas Kronen [Esp. 1994]). No obstante, con este sentido, la lengua culta admite también el uso sin preposición: «Marianita, su hija, debe tener unos veinte años» (VLlosa Fiesta [Perú 2000]).


Ante esto, he mirado hacia atrás y revisado los títulos de los libros en los que se deslizaban lo que yo creía errores sintácticos y, ¡ah!, por ser letra impresa con cobertura de cartón y solapas, ya alcanzan el rango de lengua culta. Y claro, ante esto uno calla y piensa que aún le quedan los a parte, a cerca, te hecho de menos, valla con el niño y otras perlas semejantes, hasta que en un día tal vez no muy lejano la RAE dé otra vuelta de tuerca a la ortografía, ese misterio insondable.

Perlas polisémicas


1. El día de autos, el mío ganó la carrera.

2. Toda la noche se oyeron cantar las sirenas.

3. La cola de la pescadería no basta para un buen caldo.

4. Presume en el pueblo de que su polla ya tiene huevos.

5. Vino acompañado por su queso.

(Saltador del toro. Museo de Heraklion. Creta. Fuente: Silenos)

Ramillete lingüístico (1)


Recojo aquí algunas perlas del castellano dignas de memoria, sea porque hacen tambalearse el edificio idiomático, sea porque lo enriquecen con sus matices.

1. "Un hombre se ha suicidado lanzándose desde el onceavo piso". De un noticiario que no recuerdo, hace algún tiempo. Antes del suicidio, alguien troceó en once partes el edificio.

2. "Es condición sinecúanime..." En boca de una conocida mía, poco ducha en latines...

4. "Quiero dirigirme a los señores de la mesa y, valga la redundancia, al público". Perla de un espectador en un debate televisivo, hace años. Aún busco la redundancia.

5. "Eso es lo peor". Frase habitual en las mujeres de mi infancia cuando pasaba una ambulancia. Había algo de carpe diem contenido en sus rostros.

6. "Vaya crimen". Oída esta mañana a una señora que lamentaba que la lluvia persistente no permitiera trabajar a los feriantes del Carnaval. De este modo reprendía a la lluvia, que aquí crimen significa "acto merecedor de reprensión".

7. "Ya es mayor". Mi padre pronunció esta frase, que se haría célebre en casa, cuando descubrió, en los albores de la televisión española, que el tiempo cinematográfico no casaba con el real.

8. "Hay ropa tendida". Magnífica metáfora para advertir de que hay espías o indiscretos al acecho de nuestra conversación.

9. "Por decirlo de algún modo". Expresión habitual, pleonástica (aquí sí: redundante), que no aporta nada (porque si se habla, de algún modo hay que decir lo que se va a decir).

10. "Como muy". ¿Qué decir, si está como muy de moda?

(Imagen: Gárgolas de Notre Dame, París. Fuente: Silenos)