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La Ruche de París

La Ruche, passage de Dantzig, París 15º
Llueve calladamente sobre la cancela anegada por el verdor, sobre las hojas mudas de los árboles, sobre las sombras locuaces que dormitan en los muros. Llueve en silencio en las pupilas de las cariátides que custodian el umbral de la Ruche hace años deshabitada. La lluvia nos ha traído hasta la puerta, luego de atravesar varios distritos bajo la grisura creciente. La misma lluvia que vio trabajar a Fernand Léger, Chagall, Soutine, Modigliani… y que ahora extiende su velo con mudez acompasada, con levísimas notas de melancolía. Asomarse a la cancela para ver a los artistas de entonces revoloteando por las celdas de esta colmena que pervive, como testimonio de desvelos comunales, en el sur de París. Y recorrer la ciudad para sentir su aliento, el aliento detenido en la espesura del jardín.

"Yo aspiraba al Reino de Dios"... (Adrienne Monnier)

Monnier ante su establecimiento
En estos días en que se celebran ferias del libro por doquiera, leo las memorias de Adrienne Monnier (1892-1955), propietaria de La Maison des amis des livres, la célebre librería parisina que estuvo situada en el nº 7 de la rue de l'Odéon. Es un precioso volumen editado en 2011 por la Editorial Gallo Nero, con el título Rue de l'Odéon. No hace mucho me interesé por los comienzos de la que fuera su amiga y amante, Sylvia Beach, la fundadora de la célebre Shakespeare and Company y editora en 1922 del Ulises de Joyce. Libreras audaces, con visión de futuro, a
Las dos mujeres con Joyce (1920)
las que tanto deben la ciudad de París y la literatura de entreguerras. Cuenta Adrienne que su aspiración inicial no era ganarse a los autores que pasarían por su Maison (Joyce, Celan, Beckett, Rilke, Hemingway, Proust, Breton, Gide, etc.), sino sus libros: "Yo aspiraba al Reino de Dios; el resto me fue dado por añadidura". Durante los meses que viví en París el año pasado, a menudo paseaba por la rue de l'Odéon y la plaza del mismo nombre. Hoy una tienda de cosméticos ocupa el lugar de la Maison. Sin embargo, al otro lado del portal permanece la misma Galerie Régine Lussan, como puede apreciarse en la foto. Mueren los libros, pero sobrevive la imagen, la artística y la que retocamos con postizos en un intento vano de retrasar la vejez.

Víspera de Reyes y recuerdos de París

En víspera de los Reyes Magos de Oriente (mucho más literario este origen que la Baja Andalucía, por más autoridad que tenga el Papa en asuntos escriturarios), me siento en mi estudio, ante el ventanal por el que suelen asomar gaviotas bajo un sol esplendente. Repaso notas, fotografías, recuerdos vitales de mi estancia parisina en 2012. Y recupero esta estampa escrita en un bistró junto al Canal de Saint-Martin:

Frente a la pujanza corriente del Sena, que se rompe en pedazos una y otra vez contra los pilares de los puentes, el canal de París fluye lento, demorado, apenas móvil en el verdor de sus aguas. El Canal de Saint-Martin inicia su peripecia al descubierto en las aguas de la Villette, se entierra bajo bulevares (largo trecho bajo el de Richard Lenoir), bajo la plaza de la Bastilla, y asoma, mezcladas las aguas, en el canal-puerto del Arsenal, desde donde busca perderse en el Sena. Pienso ahora en las aguas presurosas del río, objetivo de turistas de paso fugaz y torpe conocimiento, y me deleito bajo estas frondas ribereñas, cerca del arrullo de los pájaros, junto al agua que, en esta mañana festiva, me devuelve al lento fluir de lo que somos. Esta mañana de domingo tardo y sosegado, que nos regala la luz del sol como una promesa de explosión beatífica.

(Canal de Saint-Martin. París. Fuente: http://www.turismoenparis.es/general/alrededores-del-canal-saint-martin)

Septiembre y la memoria

Aún septiembre trae olores de agosto, e incluso de julio, cuando ya mediaba el verano. Tienen estos días primeros del mes una naturaleza dual, como si Jano, el dios bifronte, situado en el umbral del trabajo, se despidiera y saludara al mismo tiempo. Recuerdo ahora un bistrot de la rue Lepic, en Monmartre bajo, donde solía tomarme una cerveza contemplando el paso fugaz de la gente. Solía fijarme en la fachada de un edificio de enfrente cuyas ventanas parecían responder a un mismo propósito: dejar su estampa en la retina del curioso. Cuando pienso hoy en las muchas horas que dediqué a pasear por los barrios de París, en lo mucho que contemplé en aquellos meses, casi todo se reduce a un puñado de imágenes difusas, entre las que destaca, con nitidez de fotografía digital, la de una anciana asomada a una de esas ventanas, sobre uno de los pocos balcones floridos del edificio y sobre los transeúntes que pasaban sin alzar la vista. En estos días de septiembre primerizo me pregunto si la memoria no tendrá como misión mostrarnos el trasunto de algo que no vemos, el símbolo de una realidad que no queremos ver.

La Sinfonietta San Francisco de Paula triunfa en París

Dentro de un recio y duro caparazón, guarda la nuez su fruto,  tan grato y preciado que parece imposible que germine y madure en tan severo encierro. París ofrece muchas nueces al nativo y al visitante, a poco que sepan afinar el olfato. Uno de esos frutos dulces, memorable por su regusto, nos fue regalado ayer miércoles en pleno corazón de Le Marais. Mientras fuera, al fresco de la soirée, se llenaban las terrazas de la rue des Archives, en la pequeña Église des Billetes, apenas percibida entre el rumor de los vasos, las charlas y la circulación, tenía lugar un concierto menudo en la apariencia, colosal en el resultado. Los músicos llegaban de Sevilla, 15 en número y acaso no más de 17 de media en edad. La jovencísima (fue fundada el año pasado) Sinfonietta de San Francisco de Paula, dirigida por el músico Archil Pochkhua e invitada por la Asociación Le Concert de Monsieur de Saint Georges, era el fruto que encerraba el austero templo luterano, de paredes desnudas y vitrales sin imágenes ni policromía. Una docena de piezas (Jiri Antonin Benda, Vivaldi, Bizet, Le Chevalier de Saint-Georges, Mozart, Pablo de Sarasate...), más varios bises pedidos por un público agradecido al que costaba creer que tan petits musiciens produjeran esa música celestial. Espléndida la orquesta, espléndidos los cuatro solistas, bajo la batuta entusiasta y certera de Pochkhua. Cuando salimos fuera del templo, la rue des Archives parecía más calmada. El prodigio de unos adolescentes que habrán de regalarnos en el futuro más y excelentes frutos.
(Fotografía de Francisco J. Centeno)

El pronto regreso

Hay en el Barrio Latino de París una calle de la Serpiente (rue Serpente), que trae a la memoria la de la sierpe sevillana, aun cuando no huela a incienso ni sombreen los parasoles en los tejados. Aquí se ubica la Maison de la Recherche, un centro universitario dedicado especialmente a la investigación doctoral. En este edificio comenzó, hace ya casi tres meses, mi estancia parisina. De ahí a otros centros y bibliotecas de la vieja Sorbona (Michelet, Jaurès, Sainte-Geneviève) y a las salas de lectura de la moderna y acristalada Bibliothèque Nationale (François Mitterrand). Ahora que afronto los días finales antes de regresar a España, pienso que nada hay más certero que la velocidad oscura del tiempo. Pesa mucho al principio (sobre todo, si, como en mi caso, se está solo), pero se vuelve liviano, flecha alada, metro que se salta ciego las estaciones a poco que nos descuidemos. Y ahora que toca volver, con un libro universitario enriquecido, incontables horas de paseo por la inmensa geografía de la ciudad, algunos versos dignos y otros prescindibles, varios microrrelatos y un sinfín de anotaciones, varios libros leídos (en francés y español) y un puñado de experiencias nuevas, ahora me pregunto qué quedará de todo esto cuando aterrice en el aeropuerto de Sevilla y venga a recibirme en persona una España más arruinada que cuando me fui.

La Bastilla en los campaniles

Repique de campanas en la iglesia evangélica de la rue de la Roquette, muy cerca de donde vivo, cerca de la Bastilla. Detrás de este campaneo vecino se adivinan otros: el de Saint-Etienne du Mont, Saint-Germain-de-Prés o Saint-Sulpice en la Rive Gauche, el de Saint-Ambroise, Saint-Augustine o Saint-Vicent-de-Paul en la otra ribera. El Sena (femenino en francés, la Seine, como el agua nutricia y la tierra alma) cruza hoy despacio, atento a la broncínea agitación de los aires. Después de días de lluvia, las nubes parecen buscar con auxilio del viento las tierras del norte, acaso las llanuras de la Picardie. La fiesta nacional francesa se viste de colores marciales, cuelgan banderas patrias en balcones y torretas y las palomas y los cuervos ceden por una horas el paseo triunfal de Les Champs Elysées. Se prevén en plazas y bulevares músicas, canciones y juegos, y un castillo de pirotecnia aguarda mudo en el Campo de Marte a que llegue la noche. Celebra esta fiesta la reconciliación que siguió al asalto por el pueblo de aquel edificio infamante que fue la Bastilla. El pueblo soporta lo indecible, hasta que revienta de rabia. En España no hay Bastillas, pero sí hartazgo. Mucho hartazgo. Y una Iglesia cuyas campanas guardan en estos días aciagos un silencio cómplice.  

(Saint-Vicent-de-Paul. París. Fuente: Silenos)

El Rey de los Cielos

Podrá la torre Eiffel ser insignia universal y mirador deseado en todos los confines. Podrá la torre de Montparnasse arrogarse el título de ser casi tan alta como Eiffel y presumir de disfrutar de la tranquilidad que concede un menor reconocimiento. Podrán desde el cielo de ambas contemplarse, como diminutas huellas de la vanidad humana, el Louvre, el Panteón, el Arco del Triunfo, Notre Dame, el Sacré Coeur y los cementerios arbolados donde moran ilustres fantasmas, e incluso la curva de ballesta que traza el Sena (aunque no sea en torno a Soria, como quiso nuestro poeta) abrazando la literaria Rive Gauche... Podrán, en fin, codearse ambas construcciones colosales con los vientos altivos y vigilar desde sus cimas el vuelo de las aves más osadas. Pero en París solo hay un Rey de los Cielos, y por su voluntad cambian las nubes a diario el color de su existencia.

(Cine Grand Rex, en el Boulevard Poissonnière. París. Fuente: Silenos)

La hora vespertina

La distancia es sello irrompible, signo que fragua con golpe incandescente su dureza. Un antes y un ahora separados en el espacio, no en el tiempo. París ofrece su inocencia en la sordidez de las esquinas. Llueve sin pesar la lluvia y el vuelo irreverente de los grajos mancha con su negrura efímera el rostro ceniciento de la tarde.
 
 
 
(Interior peatonal del Pont du Carrousel. París. Fuente: Silenos)

Poesía en París: Legrand, Jaccottet, Mesanza

El domingo pasado se clausuró la trigésima edición del Marché de la Poésie, dedicado este año a Singapur. Como ya es tradicional, la Fuente de los Cuatro Obispos de la place Saint-Sulpice recogió su hermoso velo por unos días y en las casetas se expusieron, vendieron y recitaron los versos de antes y los de ahora. Curiosa feria esta, dedicada en exclusiva al género literario menos comercial de todos, y donde se dan cita editores, libreros y poetas durante cuatro días hasta la soirée. Algunos autores recitan sus versos al paso de los lectores y curiosos, en una práctica que no imagino en España, donde la recitación poética suele constreñirse a los actos y tertulias celebrados entre paredes, en cenáculos que tienen tufo de clandestinidad. Mientras acabo la lectura del libro de Alan Riding sobre el papel de los intelectuales y los artistas en París durante la Ocupación nazi, alterno versos de Jean Legrand (L'Amour insolent, La Termitière, 2002), Philippe Jaccottet (Poésie 1946-1967, Gallimard, 1977) y Julio Martínez Mesanza (Soy en mayo, Renacimiento, 2007). Voy, como sobre el vaivén de las aguas del Sena cuando se abren al paso de los barcos, de la mirada erótica de Legrand sobre su amada y musa Aurette, a los paisajes animados y enigmáticos de Jaccottet, y de estos a los encuentros marciales de los héroes de Mesanza, héroes que arrastran su extinguida nombradía sobre nobles caballos fantasmales:

Quand déferla le galop, nous etions au centre immobile du monde.

(Cuando se rompió el galope, nosotros estábamos en el centro inmóvil del mundo)

(Legrand, "Scénes normandes")

*  *  *
Oú serez-vous quand agira la mort,
lune aussi belle qu'un soleil
qui rouliez vers le bois marin,
oiseaux levés tous ensemble,
beaux ouvriers de l'aurore?

(¿Dónte estaréis cuando la muerte actúe,
luna tan bella como un sol
que rodabais hacia el bosque marino,
pájaros en vuelo todos juntos,
bellos obreros de la aurora?)

(Jaccottet, "Notes pour un petit jour")

*  *  *
Vagan grises caballos por la senda
nevada, y un anciano se detiene
y ve pasar jinetes y armas oye.

(Martínez Mesanza, "Retirada").

Sobre héroes y heroínas en otro París

Los héroes grandes causan asombro, admiración, pero rara vez conmueven. Porque, al ser semidioses, por sus venas circula otra sangre, una sangre legendaria que se derrama, pero que no es absorbida por la tierra. Sin embargo, los héroes pequeños, con su sangre efímera, que proclama su dolor cuando cae al suelo, sí conmueven. Rose Valland, solterona en la cuarentena, pintora por afición, trabajaba como conservadora de arte moderno en el Musée National des Écoles Étrangères Contemporaines, con sede en Jeu de Paume, en octubre de 1940, cuando los alemanes, en plena ocupación de París, se hicieron con el control de la galería. La mujer, discreta y eficiente, obtuvo el beneplácito de los invasores para continuar en su puesto. Sabía alemán, pero los alemanes no lo sabían, y también era ducha en taquigrafía. Con esas dos armas y mucho valor, durante los próximos cinco años se consagró a la tarea de salvar todas las obras de arte que pudiese del expolio nazi. Su objetivo era doble: seguir el rastro de las obras, con la esperanza de que pudiesen ser recuperadas algún día, e informar a la Resistencia de los trenes que partían con el preciado botín. Valland sobrevivió a la guerra, pues murió a los 82 años en 1980. Ese fue el pago que le hicieron los dioses en justicia por su generosidad. Los hombres también la premiaron, concediéndole el rango de officier de la Legión de Honor, la Medalla de la Resistencia Francesa y La medalla Presidencial de la Libertad de los Estados Unidos. Conocemos bien a Odiseo, Lancelot, el Cid Campeador, Juana de Arco... pero qué poco conocemos a Rose Valland.
(Imagen: Rose Valland. Collection C. Garapont/Association la Mémoire de Rose Valland)

El Fauno parisino

Ya quisieran mis Silenos bailar al ritmo desinhibido de este Fauno parisino del escultor Eugène-Louis Lequesne, célebre por estar en un emplazamiento célebre: le Jardin du Luxembourg. Cada vez que paso por allí, me acuerdo de las criaturas de este blog, humildes aprendices al mando de un corifeo que a menudo los desatiende. Vaya, pues, la imagen en honor de mis Silenos, que bien poco se quejan y tienen razón para ello.

(Faune dansant. Eugène-Louis Lequesne, Jardin du Luxembourg, 
París. Fuente: Silenos)

La Maison de Victor Hugo

No me atraen especialmente las casas-museo de los escritores, sobre todo porque las más son casas-museos en sí mismas, lo que deja al sujeto que las habitó en un plano terciario. No me parece atractivo conocer el escritorio, pongamos por caso, Luis XII donde trabajaba, o la cama de recias maderas y prieto cobertor donde acaso pasó las horas postreras. No niego el valor histórico, estético y pecuniario que puedan atesorar la decoración y el mobiliario de una vivienda, pongamos por caso de nuevo, decimonónica, pero ello no implica siempre un mejor conocimiento del autor y su obra. Es más, a menudo no hacen sino difuminarlo, distraernos, salvo que la presencia del escritor sea abrumadora en retratos familiares, documentos, escritos personales y manuscritos y ediciones de su obra, lo cual no es habitual, pues tal legado suele estar custodiado en fundaciones y bibliotecas. Así el visitante, arrobado ante la contemplación de un bodegón o la policromía de figuras animales sobre oscuros barnices (que quizás sean objetos decorativos posteriores al difunto, que de todo hay), olvida el principal objeto de la visita. 
La Maison de Victor Hugo es uno de los muchos atractivos turísticos de París. Ocupa el segundo piso del que fuera Hôtel de Rohan-Guéménée, en el nº 6 de Les Vosges, una de las plazas más bonitas de la ciudad. Allí vivió el autor de Los miserables entre 1832-1848. Se quieren reconstruir, por tanto, tres etapas de su vida: antes, durante y después del exilio en Bruselas (y hasta su muerte). He de decir que, pese a mis reticencias, Hugo estaba presente en los retratos familiares, en el diseño que él mismo hizo para el Salón Chino, en el eco fantasmal de las reuniones celebradas con Théophile Gautier, Alejandro Dumas, Mérimée o Lamartine en el impresionante Salón Rojo. El día que escogí para la visita, a principios de mayo, no había a la vista muchos libros, aunque sí algunos ejemplares de Dickens como parte de una exposición que, conmemorando el bicentenario del nacimiento del novelista inglés (1812-1870), evocaba la visita que este hizo a París y su encuentro con Hugo. En en momento en que escribo estas líneas está abierta otra exposición, dedicada esta vez a Los miserables, que cumplen 150 años. Esta casa-museo, que además posee una biblioteca a disposición de los investigadores, es mucho más que un hermoso decorado. Es una evocación constante, en movimiento a través de sus exposiciones temporales, del prolífico autor de Nuestra Señora de París en su entorno familiar. Como puede apreciarse en la imagen del anuncio de aparición de Le Rappel, periódico en el que colaboraban dos de sus hijos: Charles y François-Victor. A 15 céntimos de franco el ejemplar.

(Imagen tomada en las escaleras del último piso. Fuente: Silenos)

Mucho, mucho ruido

En mis visitas anteriores a París no había reparado en algo que ahora me asalta a diario. Cuando se trata de estancias breves es frecuente que se escapen los detalles, pues hemos de comprimir un proyecto de viaje, con sus búsquedas de referencia indispensables, en poco tiempo. Ahora que llevo en la ciudad más de un mes, no hay día en que no me abrume el ruido colosal del tráfico. Lo mismo en los grandes bulevares, que en la calles pequeñas, la ciudad ha sido devorada por el murmullo infernal de los motores. Súmase a ello el constante clamor de las sirenas de la policía y los bomberos y, como hábito endiablado, la tendencia del parisino a tocar el claxon al más mínimo sobresalto en la circulación. Y sobresaltos se producen a menudo, porque el estrés y el cansancio confluyen en todas las esquinas. La irrupción de numerosas bicicletas complica aún más las cosas, pues, al menos en los arrondissements más céntricos, los que pedalean no disponen de una red de carriles adecuada. Sin embargo, los parisinos han aprendido a convivir con su tráfico ensordecedor, como prueban dos hechos cotidianos: que no hay terraza de restaurante, cafetería o bar, por muy cercana que esté a la carretera, que no se llene a todas horas; y que manifiesten tan notable dependencia a los teléfonos móviles, como si sus conversaciones tuviesen lugar en una sala acolchada. Pero he de decir que, si bien los mortales se han habituado a esta forma de vida, no parecen soportarla con igual acomodo otros seres de la ciudad, en cuyos rostros hasta hace poco solo había indolencia y ahora, si se mira bien, asoma un rictus de terror o, quién sabe, de rabia.  

(Relieve de una Gorgona en un portal de la rue Vieille du Temple; 
rostros del Pont Neuf. Fuente: Silenos)




El grajo, el Sena y la fuente

Un grajo me ha precedido con vuelo rasante por la derecha en el boulevard de Sébastopol, acaso buen augurio de un día que se abre como promesa virginal. Pierdo su rastro y sigo el mío, el de otros días, camino del Sena. El ruido de la ciudad es compañero constante, bravucón a veces. Cruzo a la Île de la Cité por el Pont au Change, que abre sus ojos mañaneros a un río anchuroso en ese trecho, agresivo en los remolinos que lanza contra los pilares. Los turistas invaden el paso, proclaman su experiencia, fotografían los supiros. En el Pont Saint-Michel siempre me detengo, pues me gusta comprobar que las aguas ahí corren despaciosas, a pesar de estar más constreñidas por los márgenes de piedra. Apenas diez minutos más caminando en derechura y alcanzo la Place de la Sorbonne, donde tomo un café frente a los setenta y dos surtidores de la fuente, que se afanan desde las primeras horas por acallar con su rumoreo el eco de los coches. Dejo el maletín a un lado, saco mi cuaderno y busco un verso, el trazo fugaz de un pensamiento bajo un cielo cambiante.   

(Pont des Arts. París: Fuente: Silenos)

Cementerios y cuervos en París

En ciudades como París se evidencia una suerte de necrofilia turística. Sus tres grandes cementerios (Père-Lachaise, Montparnasse y Montmartre) son lugares visitados a diario, si bien es justo decir que el paseo y la búsqueda de las plazas de difuntos célebres suele ser reposado, grato y nada bullicioso. Son pocos los visitantes de la ciudad que optan por caminar un rato entre sombras y graznidos de cuervos, y contados los parisinos que prefieren estos espacios de recogimiento para leer o incluso correr en ropa deportiva.  
Me gusta especialmente el de Père-Lachaise, el más grande, derramado sobre un espacio irregular, de montículos y veredas descuidadas. Quizás los moradores que allí gozan de más éxito sean Chopin, Édith Piaf y Jim Morrison, pero merece la pena detenerse delante de la tumba humilde, semiescondida entre mausoleos, de Modigliani, o la más visible de Ionesco. 
El de Montparnasse también cuenta con inquilinos de nombradía, como el par Sartre-Beauvoir, Baudelaire, César Vallejo, Margarite Duras y el siempre venerado Cortázar (enterrado con su esposa, Carol Dunlop), culpable de que muchos de nosotros veamos rincones de París con los ojos de Horacio Oliveira y la Maga. Y pronto contará con Carlos Fuentes, que tal vez anduvo hace tiempo por entre estas tumbas, como yo en estos días de mayo. 
Uno sale de estos camposantos sombreados por cipreses, arces y sauces con la impresión de que responden a un diseño más o menos estandarizado. Sin embargo, el de Montmartre es un cementerio anómalo, como corresponde a un barrio tan poco ajustado a normas. La rue de Caulaincourt, elevada sobre una estructura de hierro "eiffeliana", cruza una parte. Debajo de esa línea de asfalto se arracima un buen número de mausoleos, condenados a sombra perpetua y al estrépito constante de los vehículos. Más reducido que los otros y encajado entre viviendas, es por ello el más abigarrado. Stendhal, Truffaut, Edgar Degas, Offenbachy y Alfonsine Plessis, la "Dama de las Camelias", flor cortada con solo 23 años, son algunos de sus reclamos.  
Buscando graznar en el silencio, los cuervos de París van de uno a otro de estos cementerios según soplen las ganas. Cuando se cansan de tanto reposo, se marchan a los jardines del Campo de Marte y se ufanan delante de los turistas de volar más alto que la Torre Eiffel. Desde allí arriba los cementerios parecen cosa de otro mundo. 

(1: Cuervo en Montmartre; 2: Modigliani en Père-Lachaise; 3. Cortázar en Montparsasse; 4. Estatua de un sepulcro en Père-Lachaise; 5. Mausoleos enen Père-Lachaise. Fuente: Silenos)

El callejero parisino

En París no hay dos sin tres


 Ni tres sin cuatro


(Nota: entre una y otra imagen median unos cien metros. Fuente: Silenos)

Memoria histórica en París

Leo en estos días Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis, el ensayo de Alan Riding publicado en 2011 por Galaxia Gutenberg. Ya antes de comenzar la lectura, el día 8 de mayo, al ser testigo de la celebración del aniversario de la Liberación, fiesta nacional en Francia, caí en la cuenta de que, mientras a los españoles nos resultan lejanos los eventos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, en Francia se mantiene viva la memoria histórica de esta guerra, ya sea para orgullo, ya para vergüenza. En París todavía sobreviven algunos ancianos octogenarios testigos directos de la invasión alemana, así como muchos hijos de exiliados, luchadores de la resistencia o colaboracionistas que acataron los dictámenes del gobierno de Vichy. No cuesta imaginar los estandartes nazis colgando  de los inmensos muros del Palais de Chaillot, frente a la Torre Eiffel, o el eco de las botas de los oficiales invasores resonando entre los mármoles de las salas de la Opera Garnier. La memoria del nazismo sigue viva también en numerosas fachadas de colegios de varios distritos parisinos, en especial en los arondissements donde habitan los judíos, como Le Marais. Y lo hace de forma lapidaria, con el recuerdo escrito de los muchos escolares judíos que fueron llevados a los campos de exterminio. La presencia de estas placas es tan abrumadora, que al visitante le cuesta olvidar que la legendaria ciudad que lo acoge sufrió la barbarie nazi no hace tanto tiempo.   
(Imagen: lápida conmemorativa en la rue de Turenne. Fuente: Silenos)

París, gloria y vicio

Para unos vicio y pecado, para otros un signo de aceptación de que el sexo no debe ser tabú ni para el mercadeo, acaso pocos asuntos hayan merecido tanta atención en la literatura sobre París como la prostitución. Hugo, Balzac, Baudelaire, Maurice Sachs, Bruno Corra, Hélène Bessette, Henry Miller... Ciudad donde "la prostitución y el asesinato juegan en la calle", en palabras de Hugo; "capital de todas las glorias y todos los horrores", según Bruno Corra. Una pequeña parte de esta Sodoma se halla en la rue Saint Denis. Si bien el tramo más céntrico, cercano a Les Halles, ya acumula un número notable de tiendas del sexo, es en la parte norte, entre la rue de Réamur y la Porte de Saint Denis, donde cada día, a horas tempranas lo mismo que a horas tardías, se exhibe al menos una docena de mujeres. Otras tantas, esta vez de origen chino, se apostan a ambos lados del boulevard de Saint Denis, que va desde la mencionada Porte de Saint Denis hasta el boulevard de Sébastopol. Parece que el terreno está claramente delimitado entre las no asiáticas y estas. Todas se ofrecen al varón que pasa cerca con la mirada, algunas añaden un bonjour o bonsoir; las más descaradas ciñen sus cuerpos con ropas que dejan ver buena parte de sus encantos. Y lo hacen en la boca de portales que dan paso a largos pasillos, no pocos de aspecto degradado e incluso sórdido. Las veo a diario, porque estoy alojado muy cerca, en el boulevard de Strasbourg. No sé si responde a la realidad, pero parecen perfectamente integradas en la vida del barrio. Toman café en  locales cercanos en un descanso, conversan con señoras que salen a comprar el pan, saludan a los vecinos... Lo sorprendente es la media de edad: la mayoría frisa en los cincuenta o los ha pasado tiempo ha. Y, con todo, muchas no tienen empacho en mostrar el volumen estallante de sus senos, o en enfundarse en una falda de cuero. Cada día, al pasar camino de mi alojamiento, me hago la misma pregunta: ¿tendrán algún día retiro? ¿Gozarán de una pensión y el merecido descanso mientras esperan al último cliente, al que llega con nombre de mujer? 
(Prostituta en Saint Denis: Imagen: Silenos)

Vagabundos de París

He terminado París insólito (publicado en español el año pasado por Seix Barral), que narra las tribulaciones del vagabundo Jean-Paul Clébert por las calles del París de 1952. En contra de lo que podría pensarse a priori, no es una historia de perderdores en el marasmo de la posguerra. Clébert es un clochard feliz, gozoso de su deambular miserable. Disfruta de los encuentros con sus compañeros de fatigas, con el sexo sórdido en los catres de las putas parisinas, con el relato increíble de un chamarilero o un ropavejero. Todo ello regado con tinto en los bistrós de un itinerario que, en buena medida, han borrado los años. París abunda en clochards. Los hay por todas partes, pero especialmente en los distritos del centro. Como entonces la posguerra, la sociedad occidental de hoy genera hordas de vagabundos. Bajo la estimulante lectura de este libro, he pasado cerca de ellos y me he fijado en sus caras. No todos, pero sí bastantes, sonreían. Tal vez no sean pocos los que, como Clébert, han elegido ser un clochard en París, antes que (pongamos por caso) un oficinista en una villa provinciana. El libro de Clébert revela que no todo son miserias en ese mundo aparte, un mundo del que nos espanta, a primera vista, la abrumadora suciedad.

(Vagabundo dando de comer a las palomas junto al Centro Pompidou. Fuente: Silenos)