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El olor de la lluvia en septiembre


Un chaparrón inesperado ha roto la mañana de este septiembre caluroso. Huele distinta la lluvia en los meses de tránsito entre estaciones. Esta mañana olía al aire vespertino del Malecón de La Habana, a los juncos que se mecen en las riberas del Danubio, a los pilares tristes de los puentes de París, a grumos de tierra en las salinas murcianas. Y olía a cilantro, albahaca y cúrcuma. En mañanas así no hace falta salir de casa. Bastan las viejas fotografía de aquel viaje a ultramar, la lectura del libro de Claudio Magris, la revisión de algunos dibujos traídos del Sena, el recuerdo cercano de paseos estivales junto al Mar Menor. Todo ello condimentado con salidas a la terraza, al modesto jardín de las especias. 

Cines de verano

Cine de Cabo de Palos (Murcia)
Lástima que el cine de verano sea una raza en extinción. Por ahora sobrevive, como las cabinas de teléfono (pocas y muchas de ellas desvencijadas) y el buzón de correos, pero llegará el día del cierre y los adictos a este espectáculo bajo las estrellas, cuya memoria suele estar aromada por damas de noche, asistiremos al entierro de otro ser querido. En mi ciudad, estival como pocas, hace tiempo que desaparecieron. Pero aún se mantiene, y hasta saca pecho, en el pueblo del Mediterráneo en el que paso buena parte del verano. Es un edificio de hechura rudimentaria: un gran habitáculo de cuatro paredes que parecen sin acabar, dividido en tres salas tan paredañas, que la música y los diálogos de las películas corren de una a otra según sople la brisa. En el vestíbulo, una barra a modo de ambigú y un cargamento de cojines de alquiler para alivio de las posaderas. Lo más llamativo es el piso de grava, quizá una estrategia para no tener que barrer las cáscaras de pipas que genera cada proyección. A diferencia del cine de invierno, el de verano es inconcebible sin el bocadillo, la bebida y las chucherías. El cielo abierto propicia una relajación de las costumbres, nos vuelve algo más desinhibidos y deja, siempre deja (por mala que sea la película), el regusto de la noche apacible. 

Otra vez Lisboa

Lisboa. Barrio de Alfama. Fuente: Silenos
Esta mañana desayuné en Lisboa. Cuatro días luminosos contemplando la fuga interminable del Tajo, pese a todo henchido de promesas. He vuelto a pasear por los barrios de siempre (Alto, Chiado, Graça, Alfama) y regreso como siempre, con la impresión de haber vivido en esa ciudad en un tiempo lejano, cuando la lluvia era amable y el vino anticipaba el recuerdo de amigos ausentes.



Mi Cuba en La nave de los locos

Con mi mujer (a la izquierda) y mi hermana Lola
Hoy en La nave de los locos aparece una crónica mía de un viaje a Cuba ya lejano. Cuesta reconocerse en una vieja fotografía. Cuesta tomar conciencia del vertiginoso ritmo que adquiere (¿cuándo? ¿qué hacíamos entonces?) la vida. Fue en el verano de 1996.

Más desde Cabo de Palos

Escribí este poema hace cuatro años, y fue incluido en el libro No quieras ver el páramo (Sevilla, Isla de Siltolá, 2010). Lo dejo aquí como continuación de la entrada anterior. El Mediterráneo, amigo lector, es el mar de la memoria:


SOL PONIENTE EN CABO DE PALOS

..........................................A María y Fernando
Un prodigio de luz y oculta sombra
era el mar retenido en la ventana.
Trazaba el discurrir de los veleros
albeantes veredas
al sur del horizonte.
..................................Mansedumbre
en el aire dulcísono mecido
por paños verticales, tremolar
de lejanos relumbres en los mástiles
cimbreantes.
.....................Evoco
ahora en la distancia el centelleo
de millones de peces, rumoroso
tul henchido, almadraba feliz donde
las voces infantiles se enredaban.
Jugaba el sol cambiando de lugar
las sombras que dejaban olvidadas
los niños al moverse por la arena,
o al zambullirse alados
desde el riscal verdoso de las rocas.
. 
Es el mar apresado en la ventana
un verdegal de plata en mi memoria.

Grisura descendente

Sábado gris en los cielos, que amenazan con hacer que su grisura descienda y nos atrape. El silencio pesa a esta hora de la tarde más que la niebla descendente. Es extraño silencio, silbido sutil, como un motor apagado en la lejanía que reclama su runrún de otros tiempos. En tardes como esta la poesía abre los ojos, se incorpora, se arma de valor frente al mundo declinante.


(Calle de Benaocaz, pueblo serrano de Cádiz, la semana pasada. Fuente: Silenos)

Diciembre y músicas primerizas

Primer sábado decembrino. En la tierra que me soporta, la bóveda celeste resiste a duras penas la pujanza de la luz, desparramada por ese gigantesco incensario colgante que es el sol. Suenan músicas y voces varias en mi casa. Tony Zenett, Casandra Wilson, Loquillo, José el Francés, Gabriela Ferri. El poder evocador de la música es tan poderoso como este esplendor diurno. Si un día gozamos de ella en circunstancias especiales, su repetición nos proporciona la recuperación de ese gozo recreado, aumentado y en sintonía con el pálpito de los nuevos días. Un puente entre dos instantes lejanos, hermanados tan solo por la gracia de la música. No hago planes para siempre. Me basta con mirar por esa ventana y escribir, antes de salir a la calle para comprobar que todo sigue estando en su sitio, que nada se ha mudado mientras yo me abandonaba al placer dudoso de las Musas. La música ayuda a sobrellevar todo tránsito, toda incertidumbre.

(El Pont au Change, al fondo, bajo la arcada del Pont Neuf. París. Fuente: Silenos)

Aguas otoñales

El Duero a su paso por los Arribes zamoranos. Fuente: Silenos
Trae el otoño, ya mediado, fríos primerizos. Hay algo de memoria dolorida en la luz de la tarde. Los amigos se ocultan en la penumbra de sus casas, heridos por la claridad extinta. Últimamente veo imágenes de agua corriente, de manantiales que saltan, rumorosos, salpicándome de un frescor que no logro descifrar. El agua fluyente y límpida fue símbolo de la poesía clara, elegante, cantarina en la Grecia antigua, mientras que las aguas lentas y cenagosas eran trasunto del verso indigno, lastrado por lo peor de la tradición. Mas esas visiones acuosas no creo que tengan nada que ver con la poesía, sino con una paulatina y ardua aceptación de la insularidad en la que vivimos, rodeados de agua en movimiento, de agua que pasa, de amigos que nadan como pueden contra la corriente.    

Estampa otoñal

Deja la tarde su rastro indefinido, la extraña prefiguración de lo que ya no somos. Cuesta mirar a poniente y no sucumbir ante la belleza efímera de la luz atrapada entre las nubes. Ha llovido, y con la lluvia se evidencia el tiempo circular. En la atonía de esa rueda que rueda y rueda cifro la única certeza, la certeza del carrusel de la vida. Un verso, acaso un verso, sirva de abrigo en los días grises. No lo sé. De momento miro por la ventana y sólo veo la tarde cenicienta. Detrás de los cristales aletea la lluvia como un pájaro cautivo del ocaso.

El mar saliente

El mar, pese a ser de marea liviana, cubre el pedregal de la costa, empapa las toallas y bolsos de los bañistas, sube por la escalera de piedra, escala la pared de arenisca del suave acantilado, cruza la carretera, se aremolina perezoso en los bajos del edificio, asciende por la fachada despacio, inunda los balcones de los dos pisos inferiores y, al fin, penetra como animal rastrero en el apartamento. De momento el agua juguetea a salpicarme los pies, pero pronto anegará la casa, la mesa en la que escribo contemplando el Mediterráneo, el trwclalo dqst ordn+0r


Uno de tantos cementerios

Todo lo que vive muere. Cementerio de anclas en una costa cercana, luminosa a pesar de todo.

La música no siempre amansa a las fieras

Tal vez Orfeo, el músico tracio, hubo de detenerse alguna vez para explicar las bondades de la música. No imagino, por más encantamiento que originaran sus melodías, a un ejército de plantas, animales y humanos arrobados sin más por efecto de sus acordes. Es posible que alguna vez penetrara en el sueño encriptado de un león o de una araña venenosa, o en el silencio anodino de una jirafa, y descubriese, con grave peligro de su integridad, que hay territorios en donde no cabe la música ajena. Uno de esos territorios, acaso ya existente desde los tiempos remotos del desconsolado Orfeo, cierra sus pesados portalones al piano que ahora suena detrás de mí, mientras su música hace florecer las buganvillas de la terraza y salpica de estremecimientos la luz cenicienta de esta tarde de diciembre.


Mañana serrana

Amenaza lluvia en la sierra gaditana en la hora vespertina, mas será, según las previsiones, lluvia amable, de esa que hace crecer los ríos lentamente, sin rebelión en los márgenes. Para celebrar el día, una feria de arte, pintores locales, buenos muchos, estupendos otros, y algunos escritores (J. Manuel Benítez Ariza, Rosario Troncoso y servidor). Es mañana portentosa, la misma que, con sus sonidos tempraneros, se ha posado en Fuego con Nieve. La luz de diciembre que no empañan las bombillas navideñas.

(Imagen: Calzada romana entre Benaocaz y Ubrique)

El ojo del puente

El agua fluye muy deprisa si se la mira desde encima, pero demora su rodar sobre el lecho del fondo si la contemplamos con el ojo del puente. Porque el ojo es centro, lugar equidistante de las orillas, y se permite la licencia del arrobo, la indagación del misterio anegado. Tiene algo de Atlas, pues, si se fija uno bien, el ojo es hueco sostenedor de espacios comunicantes y sobre éstos descansa la bóveda celeste. Por eso en su seno el menesteroso se siente titán. El ojo del puente no se cierra nunca; ni siquiera parpadea. También de cíclope es su naturaleza.

(Imagen: Pont de la Concorde. París. Fuente: Silenos)

Otra vez septiembre



A ratos suave, melancólica, seductora; a veces, violenta, con estrépito que asusta, como un aviso a destiempo cuyo significado se nos escapa. Así la lluvia de ayer, la lluvia de hoy. Septiembre y sus sorpresas, la avanzadilla otoñal que desciende por los collados resecos y desembarca en los puertos. Un verso detenido en el alféizar, húmeda eclosión en espera de algo, acaso de un agua matutina, rociada sobre los campos de cuero de agosto.



(Fuente en Pl. S. Sulpice. París. Fuente: Silenos)

Estampas desde Cabo de Palos: Fantasmas


Para mi sobrino Darío

Extraños fantasmas pululan por las costas del Mediterráneo. Creí que se espantarían ante la cámara, pero posaron con la mayor naturalidad. Quizás están de vacaciones.

Estampas desde Cabo de Palos: La roca de Hölderlin

Voces de niños confundidas con el rumor y la espuma de las olas. Aquella roca del fondo, la más alejada, hasta donde solía ir nadando cuando había fuerzas y el atrevimiento era una punzada en el pecho, es ahora descanso de la mirada. Al verla siempre rompiendo con violencia el flujo uniforme que llega desde mar adentro (tal vez desde la costa de la argelina Alger, que imagino allá, en línea recta), me acuerdo de Hölderlin: Las olas del corazón no se alzarían ni se romperían en tan bellas espumas si no se estrellaran contra el destino, esa vieja roca muda. Siempre me atrajo esa definición tan certera del destino, esos tres rasgos esenciales: edad, dureza y mudez. ¿Quién cuestiona que el destino es tan viejo como el universo, que ya surgió destinado...? ¿Y acaso no se hermana en dureza al pedernal, al diamante, al ojo pétreo de la muerte, con quien comparte cobijo y tantas veces proyecto? La mudez es su coraza, su forma de no dar opción a las peticiones que conllevaría una sola palabra suya reveladora, pues ¿qué humano estaría satisfecho con su mañana? Ya no oigo las voces de los niños, solo el rumor del mar: el tiempo que me ha llevado esta reflexión ha bastado para que se marchen a casa, quizás pensando en que aún les queda casi todo el verano por delante, toda una vida para bañarse en el mismo mar en el que siempre aguarda acechante, como centinela del tiempo, la roca de Hölderlin.

Lisboa

Regreso de Lisboa con la impresión de haber vivido esta corta estancia en mi ciudad de siempre. La visité hace muchos años y recuerdo que también entonces me acogió como a un hijo. Ciudad luminosa, que muestra con orgullo las huellas señoriales de su decadencia, abierta al mar por la boca aurífera del Tajo. Ha llovido sobre Lisboa a ratos con rabia, a ratos con discreta melancolía. Por el empedrado de Alfama he visto correr el agua inquieta sorteando todos los obstáculos, saltando sobre los adoquines levantados, venciendo la resistencia de los coches con un único objetivo: seguir alimentando ese gran animal de agua que es el río. Y me he sentado a ver la lluvia resbalar por los azulejos de las fachadas, por las tejas de los áticos, por el rostro de los lisboetas impasibles, por la piel broncínea de Pessoa y Camôens. Hay algo en esta ciudad -como un susurro o un latido- que no he percibido en otras capitales. Tal vez sea el fulgor de sus contrastes, una suerte de oxímoron continuo, porque es grandiosa sin serlo, está envejecida sin ser vieja, es cosmopolita en su corazón provinciano. Como quien se reconcilia con el pálpito recóndito de las ciudades, así regreso de Lisboa a Cádiz. Sin haber salido del mar.

(Enrique el Navegante, espolón del Monumento a los Descubrimientos,
en Belém, Lisboa. Fuente: Silenos)

Descanso pascual

Queridos amigos, estaré unos días ausente, liberado de la esclavitud de internet y lejos del incienso, cuyo olor detesto. Lisboa es la ciudad elegida. En ella espero rematar un libro de cuentos (contiene pocos microrrelatos y mayor número de relatos extensos) que espero me publique una editorial sevillana. Así pues, los silenos se quedan aquí, con su baile detenido, a la espera de que su corifeo regrese y traiga, además del broche del libro, algo que contar en una o dos estampas lisboetas. Buen descanso pascual.



(Imagen del tranvía de Lisboa. Tomada de www.disfrutalisboa.com/tranvia)

Lluvia dominical y un microrrelato a propósito


La mañana se ha venido abajo en agua menuda, sigilosa, reticente a golpear el rostro desnudo de los edificios a pesar del viento sureño, bravucón en este repecho del otoño. Me acuerdo de la lluvia mansa de Blas de Otero en los soportales, de la lluvia-caricia en Gante, de la lluvia preludio de nevada en Lovaina, de la lluvia blanqueada y endurecida en Bruselas, de la lluvia escarchada en las calles de Berlín. Corría diciembre y 2009 aparejaba veloz la despedida. Esta lluvia de hoy, dominical y melancólica, es aquella lluvia de entonces, más envejecida, más indolente aún. Y yo la quiero viva, traviesa, corriente por las calles y chorreante bajo los balcones. Como la que imaginé en este microrrelato de Fuera pijamas:


MÍNIMA PRECAUCIÓN


Me asomo a la ventana, sigue lloviendo, no me atrevo a salir, el agua lo arrastra todo en peligrosas escorrentías, ahí va veloz una hoja de acacia camino del husillo, escucha el chaf chaf de esa cáscara de cacahuete que va golpeándose contra el borde de la acera, mira cómo baja empapado ese billete de autobús, desleída la memoria del trayecto, y esa pluma de paloma, ahora mustia caricatura del suave blancor que un día espejeó en el cielo. La lluvia en esta ciudad es mortífera, te lo advertí cuando te empeñaste en que trasladáramos aquí el hormiguero.

(Nevada sobre el Donatus Park, Lovaina. Fuente: Silenos)