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Leyendo al Italo Calvino de la Resistencia

Leo en esto días El sendero de los nidos de araña, la primera novela de Italo Calvino, escrita allá por la década de los cuarenta del siglo pasado, después de su experiencia como miembro de la Resistencia. El niño Pin se vanagloria de ser hermano de la Negra del Carrugio Lungo, una prostituta fea a sus ojos fraternales, pero que, sin embargo, ejerce con cierto éxito lo mismo con indígenas de la Italia desolada que con soldados alemanes. El niño Pin roba una pistola a un cliente alemán de la Negra, paga por ello con una estancia en la cárcel, se fuga y se incorpora a un grupo de partisanos, entre los que destacan el Trucha, Lobo Rojo y el Zurdo. Por aquí ando en la lectura, ya mediado el libro. Dista mucho este Calvino del de Las ciudades invisibles, Todas las cosmicómicas o ese experimento literario (no el único) que es El castillo de los destinos cruzados. El autor afirma en el prólogo a la edición de junio de 1964 que este libro es un catálogo representativo de las cualidades y defectos del neorrealismo. Ahora que se festeja (¿?) el inicio de la Primera Guerra Mundial, imagino al joven Calvino en la montaña, fusil en mano, guardando experiencias y recuerdos de su guerra en el zurrón para, acaso, un libro venidero. Un libro de la Resistencia en un tiempo (meses después de la Liberación) en el que era acuciante escribir literatura de la Resistencia. Sin embargo, el tiempo suele ser implacable con las historias que están tan apegadas a un acontecimiento histórico de gran trascendencia. Sencillamente envejecen rápido y quedan ocultas por una pátina de moho. Por ello cuesta entender el afán de muchos escritores españoles por seguir hurgando en el fondo literario de la Guerra Civil española. 


El Japón de Mª. Ángeles Robles: qué grato descubrimiento

A veces acontece la alegría por triplicado: una editorial de factura siempre exquisita, una escritora que alumbra su primer libro, un fruto granado, puras delicatessen. A quienes conocemos desde hace años a Mª. Ángeles Robles no nos extraña tan delicioso fruto: había (hay) en ella fuerzas telúricas en contenida ebullición, el magma despacioso de la poesía que asoma para quedarse, para desplegar luminarias en esa senda en penumbra por la que todos transitamos. Su blog, El Japón de los libros, ya nos había regalado perlas de esta pasión ahora impresa. Tiene este opúsculo la circularidad del ciclo agrícola, pues se inicia con la floración temprana de las retamas y concluye con un tributo a la luna primaveral, la que luce su frialdad blanca muy de mañana (p. 119). Así define la autora la almendra del libro: Yo creo que Una senda en la penumbra. Hacia el corazón de Japón es un dietario emocional que tiene como telón de fondo mis lecturas japonesas (p. 11). Japón entrevisto, imaginado, visitado desde el remoto Occidente a través de Yukio Mishima, Miyamoto Musashi, Kamo no Chômei, Haruki Murakami, Natsume Sôseki, Yanusari Kawabata, Sei Shônagon y otros muchos referentes, entre los que brilla con luz propia Lafcadio Hearn, el occidental subyugado por la cultura japonesa con el que la autora, confiesa, inició este camino. Un libro que es revelación de un mundo lejano y, a la vez, de un mundo propio, interior, que aflora en cada pieza breve, en cada haiku, en cada mirada agradecida a las bondades de la naturaleza, a los relieves complejos de nuestra vida, que es breve fulgor. Pocos libros he leído últimamente tan dignos, tan honestamente abiertos al corazón no sólo de Japón, sino también de los lectores, y con una prosa tan bellamente escrita. Basten dos fragmentos de sendas piezas para que el lector se anime a descubrirlo en su integridad.
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EL FIN DEL FIN
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A los que creemos en la religión de la naturaleza nos queda el consuelo de ver a los que han desaparecido en el temblor sublime de los álamos.  (p. 17)

NUBES QUE PASAN
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Yo también te seguiría, como tu fiel Sora, a través de valles y montañas. Contemplaría contigo la luna, que es más hermosa sobre el monte Obatute. Recorrería senderos, que hoy no existen, hasta aquel templo que guarda la espesura. Y me sentaría a beber el sake de la hospitalidad en la cabaña aislada que construiste, junto al río Sumida, para huir del mundo. Como tú, cerraría la puerta a todo, menos a la lluvia insidiosa que se cuela por el tejado, y me dejaría arrastrar por el viento, como hacen las nubes. (p. 105)
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Eloy Tizón o el juego de los contrarios

.....“Algo tendrá el agua cuando la bendicen”, piensa el próximo lector contemplando el chapuzón de la cubierta. “De tantas reseñas elogiosas, de tanta laudatio en boca ajena solo puede inferirse la bendición de ese agua envolvente, de apariencia cálida”, añade mientras se dirige con el volumen a la caja de la librería. Pero aún no ha empezado la lectura, querido Eloy; aún no ha descubierto, entre el asombro y la inquietud, que nada es infalible, que nada responde a una simple ecuación lógica. Que todo es matemática fallida. O más bien, que está a punto de iniciar un viaje desconcertante a lomos del péndulo de Foucault.
.....En Técnicas de iluminación adquiere rango primordial la validez de los contrarios. Muy pronto el lector se siente arrastrado al mismo tiempo a un camino y su opuesto, a un acá y un allá: “Todo es hola y adiós” (p. 14). Y este vaivén, que acontece por igual en la mente y cuerpo de los personajes, se confirma poco después: “Uno está convencido de ello y también de lo contrario” (p. 17). He aquí la almendra de este libro: el extravío de los seres humanos, la vacilación constante, la elección de “no elegir, no rechazar” (p. 16), conforme a un extraño código que alimenta por igual la cobardía y el valor (p. 44). Son seres que buscan sin norte (o simplemente caminan y caminan, como el protagonista del primer relato, “Fotosíntesis”), sin saber muchas veces qué buscan, aunque esa búsqueda los lleve a quedarse “a las puertas del paraíso” (p. 18). Al autor le gusta situar a sus personajes en territorios marginales, en la frontera de lo que es y no es. Alegra, la protagonista de “Ciudad dormitorio”, lo suscribe: “Hay una hora en la que no está claro si subes al último metro de la noche o al primer metro de la mañana, si vas o vuelves, una hora morfina, ni sí ni no, entrecruzada, ni dormida ni despierta” (p. 36). Veo algo de temor medieval en ello, querido Eloy. El hombre del Medievo, tan seguro con la clasificación de lo existente, se sentía vulnerable ante las cosas y los seres que habitan en territorios idefinidos, inclasificables (el crepúsculo, instante en el que se funden el día y la noche; las encrucijadas, como aquella célebre en la que titubeó el mismísmo Hércules; los animales híbridos, como el mono, mitad hombre, mitad bestia…). En ese espacio anidaban las fuerzas ocultas.
.....No hay duda de que los personajes de este libro llevan latentes dos fuerzas, si bien muy distintas: una que los empuja hacia delante y otra que los frena, incluso los hace retroceder. Tizón ha sido pródigo en expresiones de esta oscilación: “Es domingo o merece ser domingo” (p. 21); “Iban y venían lámparas” (p. 29); “Así era todo, noches y días, ocio y empleo, escasez y abundancia” (p. 43); “cuánto las quiero, las aborrrezco” (p. 57); “Queda en el aire el vago temblor de una ambulancia [...] o quiza por aquí nunca pasó una ambulancia” (p. 61); “entrar y salir” (p. 73); “Algo empieza y algo termina, un ojo se apaga y otro se enciende” (p. 75); “Casarse y tener hijos. No casarse y no tener hijos” (p. 85); “No nos caía ni bien ni mal” (p. 88); “ni muy lejos ni muy cerca” (p. 92); “lágrimas de risa, de pena, de risa” (p. 96); “despacio o rápido (p. 142); “se abrían y cerraban, se abrían y cerraban” (p. 148). Sin embargo, no cabe ver renuncia o derrota, porque reconocer el desaliento no significa no combatirlo: “No estábamos dispuestos a darnos por vencidos, nos negábamos al desaliento” (30). 
.....Esta situación de precariedad en la que viven (”todo tendía al desequilibro y al esguince, al apagamiento y la precariedad”, p. 31) queda subrayada por manifestaciones varias de la vacilación: “¿Dónde estábamos y cuándo? ¿Para qué estábamos? […] “no me preguntes por qué” (p. 28); “Dios sabría por qué” (p. 30); “entraban ganas de, no sé” (p. 35); “Dudo” (p. 58); “Dudaba. Rectificaba” (pp. 66, 77); “¿Qué hacemos”? (p. 81); “la gente duda sobre qué será mejor, si abrir el paraguas o no” (p. 111-112); “No sé” (p. 117); “no me atrevía” (p. 123); “no sé por qué” (p. 138); “no sé qué más” (p. 141); “Cada día comprendo menos cosas y las comprendo peor. No me entiendo ni yo” (p. 143); “no entiende por qué motivo” (p. 147); “no entiendo por qué” (p. 148); “no se sabía por qué” (p. 153); “Quién sabe” (p. 156); “¿Qué quiénes somos?” (157); “Pero quién, dónde, cómo, cuándo” (p. 161). 
.....El deambular de los personajes ─que es tu deambular, Eloy, bien lo sabes─ por escenarios ya sórdidos e inhóspitos, ya luminosos y amables, se presenta sobre dos fondos bien maridados: el destello poético y el absurdo, a veces surrealista (aquí asoma un autor que ha bebido de la literatura fantástica). Porque este libro es un puzle de imágenes en cascada, donde la filosofía que mantiene en vilo a los personajes (abundan las frases sentenciosas, fruto del cuestionamiento constante) se asienta en hechos insólitos convertidos en cotidianos. En “Merecía ser domingo” encontramos una lluvia incesante de ropa, besos con sabor a playa normanda, un río que cuenta monedas y un concierto de músicos con chaqué en un lago congelado. En “Ciudad dormitorio” un hombre lleva transplantado un corazón de vaca, un grupo de ciervos pasta entre las estrellas y hay árboles que eructan pájaros. En otro relato, “Volver a Oz”, un hombre doma mecedoras. En “Alrededor de la boda”, la novia asiste a clase en la universidad con un cesto lleno de tortugas, a una mujer china le arde el pelo en la Gran Vía de Madrid y crecen champiñones en la guantera del descapotable en el que viajan los tres amigos invitados a la boda. El amor de “El cielo en casa” se muestra en caricias con las que la protagonista llega a un éxtasis astronómico, animal y celeste: “Hubo eclipses de luna, auroras boreales rozándonos las mejillas, estampidas de cebras y coros de ángeles, yo lo vi” (120). Por otra parte, a veces las sentencias se revisten con el color del absurdo: “Aquel que cena caracoles no merece estar solo” (15)...... 
.....En lo lingüístico también parece haber tenido reflejo ese vaivén de las almas. El autor alterna, con magisterio indudable, la brevedad y la abundancia. Para la primera se sirve de frases cortas (“Ser dos. Todo era mirada”, 25; Casa. Campo. Camino”, 28; “Me echan. Quiero perderme”, 54; “Mesas. Sillas. Árboles con cuello de jirafa”, 92; “Fuimos. Llegamos. Aparcamos. Entramos”, 121) y de la elipsis, presente en el comienzo in medias res (por ejemplo, el de  “La calidad del aire”: “Lo siguiente que sé es que salgo de la fiesta el lunes por la mañana”, 55) y en las frases truncadas (“Quiero decirte algo, compartir contigo un secreto, necesito confesarte que”, 25; “Me teñí el pelo de verde, y eso que a mí el verde”, 126; “Hasta que un día”, espléndido cierre del último relato y de todo el libro, 162). Pero, como decía, esta brevitas no impide que el autor se entregue a prolijas descripciones (por ejemplo, la visión desde el avión de la tierra en “Los horarios cambiados”, 74); e incluso se permita una mirada borgiana al universo encerrado en lo pequeño, como sucede con la cartera del protagonista de “La calidad del aire” (“La billetera y las llaves ocupan, en el espacio, unos 10 cm2. Toda nuestra civilización depende de esos 10 cm2. Siglos de cultura y gastronomía, escuelas artísticas, movimientos teológicos, avances y retrocesos científicos, investigaciones filosóficas, tratados morales y políticos, teoría económica […]”, 59) y con la maleta de la mujer que lo persigue en ese mismo relato, maleta en la que cabe “un universo en sí misma, con sus crisis, su microclima y sus accidentes orográficos” (67).
.....Añadamos a ello un flujo ágil, veloz a veces, de las ideas y los acontecimientos. Una suerte de río que avanza y retrocede, golpea los cantos del lecho, se desborda en algunos tramos del cauce, mantiene al lector siempre alerta a sus efímeras metamorfosis. 
.....Ante un libro así, querido Eloy, y pese a la zozobra del viaje, no queda sino concluir afirmando tajantemente que sí, que este agua que lo baña es agua bendita. Mi admirada felicitación.

Antología de Cátedra: el cuento español según los autores

...Casi tanto como los cuentos antologados por Ángeles Encinar para Cátedra me interesan las respuestas que los 38 autores le han dado a dos cuestiones planteadas: a) la tendencia del cuento español en las últimas décadas; b) autores fundamentales de finales del XX y lo que llevamos del XXI. He realizado una lectura despaciosa de todas las propuestas, contrastándolas y agrupándolas en bloques más o menos semejantes. Aunque el resultado que ofrezco ha de tomarse con las reservas pertinentes (los antologados solo representan una parte de los escritores españoles de cuentos, los errores de apreciación o cómputo que yo haya podido cometer, el silencio de autores cuya opinión sería sin duda valiosa...), creo, sin embargo, que son datos suficientes para extraer algunas conclusiones. 

a) Tendencia

- El cuento español es heterogéneo, permeable, ecléctico e híbrido: 14 autores.
- Magisterio de la narrativa nortemaericana: 6.
- No hay una tendencia clara: 5
- Superación del realismo y mayor presencia de lo fantástico, lo fabuloso y el absurdo: 5.
- Magisterio de la narrativa hispanoamericana: 4.
- Emancipación: 4.  
- Influencia de autores centroeuropeos: 1. 
- Se impone el realismo: 1. 
- Dos tendencias: el cuento fantástico y el realista: 1.
- Dos tendencias: el cuento fantástico y el microrrelato: 1.
- Cierto realismo naturalista, urbano y posmoderno: 1.

b) Autores
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...Aunque la pregunta se refería solo a autores fundamentales (españoles y extranjeros), muchas de las propuestas añaden otros nombres, a veces en largos listados que no responden a ninguna prelación. Por otra parte, en algunos casos es de suponer que en la selección de autores han influido lazos de amistad o afinidad literaria. Y hay quienes han incluido a escritores que han cultivado el cuento de manera excepcional o que solo cultivan el microrrelato. Estos son todos por orden de frecuencia (señalo en negrita a los autores recogidos en el libro).

Del ámbito hispano

12 autores citan a C. Fernández Cubas.
10 > José Mª. Merino.
9 > Julio Cortázar, Eloy Tizón.
8 > Quim Monzó, Hipólito G. Navarro.
7 > Ignacio Aldecoa, Jorge Luis Borges.
6 > J. Eduardo Zúñiga, Carlos Castán, Roberto Bolaño. 
5 > Gonzalo Calcedo, Ana Mª. Matute, Fernando Aramburu, Manuel Moyano, Ángel Olgoso.
4 > Jon Bilbao, Félix J. Palma, Ángel Zapata, Medardo Fraile, Sergi Pàmies, Fernando Iwasaki, Andrés Neuman, Luis Magrinyà, Augusto Monterroso.
3 > Julio Ramón Ribeyro, Cristina Grande, Jesús Ortega, Óscar Esquivias, Luis Mateo Díez, Cristian Crusat, Patricia Esteban Erlés, Medardo Fraile, Juan Jacinto Muñoz Rengel.
2 > Carmen Martín Gaite, Paul Viejo, Clara Obligado, Juan Bonilla, Elvira Navarro, Miguel Ángel Muñoz, Sara Mesa, Ignacio Martínez de Pisón, Cristina Cerrada, Horacio Quiroga, Ana Mª. Shua, Eva Puyó, Esther García Llovet, Ana Blandiana, Antonio Pereyra, Javier Sáez de Ibarra, David Roas, Care Santos, Isabel González, Isabel Mellado, Rodolfo Fogwill, Samanta Schweblin, Inés Mendoza.
1 > Daniel Cascón, Pepe Cervera, Andrés Ibáñez, Enrique Vila-Matas, Patricio Pron, Javier Calvo, Juan Gómez Bárcena, Víctor A. Antón, Matías Candeira, Álvaro Enrigue, César Aira, Miguel A. Zapata, Rodrigo Rey Rosa, Nuria Labari, Juan Carlos Méndez Guédez, Adolfo García Ortega, Ricardo Méndez Salmón, Eduardo Jordá, José María Conget, Javier Tomeo, Juan Pedro Aparicio, Pere Calders, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Manuel Longares, Pedro Zarraluki, Jordi Puntí, José Alberto García Avilés, Ginés Sánchez, Jesús, Edgardo Cozarinsky, Carrasco, Juan Carlos Márquez, Juan Carlos Onetti, José Donayre, Daniel Sueiro, Joer Saer, Felisberto Hernández, Ángel Fernández Santos, Miguel Delibes, Max Aub, Javier Pérez Andújar, Esteban Padrós de Palacios, Alberto Luque Cortina, Alfonso Fernández Burgos, Juan Benet, Pablo Andrés Escapa, Blas Matamoro, Víctor García Antón, José Manuel Martín Peña, Antonio Dafos, Guillermo Martínez, Fernando Clemot, Francesc Serés, Ignacio Vidal-Fosch, Guillermo Busutil, Miguel Torga, Manuel Longares, Mercedes Cebrián, Gemma Pellicer, Ismael Grasa, Ignacio Ferrando, García Martín, Alberto Chimal, Marcelo Birmajer, Gustavo Nielsen, Raúl Brasca, Jorge Riestra, Eugenio Mandrini, Andrés Ehrenhau, Eduardo Berti, José Güich, Guadalupe Nettel, Miguel Serrano Larraz, Enrique Prochazka, Braulio Ortiz Poole, Rafael Dieste, Carola Aikin, Marcos Giralt Torrente. 
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Extranjeros

12 autores citan a Raymond Carver. 
9> Alice Munro. 
8> John Cheever, David Foster Wallace. 
7> Anton Chéjov, Lorrie Moore. 
4> Richard Ford. 
3> Doroty Parker, Edgar Allan Poe, Franz Kafka, Ethan Canin, Wells Tower, Flannery O’Connor, Haruki Murakami, Lydia Davis. 
2> Clarice Lispector, Italo Calvino, Pierre Michon, Truman Capote, Ian McEwan, John Updike, Tobias Wolf, Scott Fitzgerald, Heminway, Guy de  Maupassant, Don DeLillo. 
1> Eudora Welty, E. T. A. Hoffmann, Leon Tolstói, Heinrich von Kleist, Danilo Kis, Nicolái Leskov, Herman Melville, Samuel Beckett, Nicolái Gógol, Kjell Askidsen, Amy Hempel, Dave Eggers, Richard Russo, Milijenko Jergovic, Ingo Schulze, Katherine Anne Porter, Katherine Mansfield, Marguerite Duras, Charles Bukowsky, Milas Kundera, Olivier Adam, Amy Hempel, Julian Barnes, Charles Baxter, Leonard Michaels, Joyce Carol Oates, Elena Ferrante, Djuna Bernes, Ted Hughes, J. D. Salinger, Kazuo Isighuro, Thom Jones, Julian Barnes, Svetislav Basara, Dan Rhodes, A. M. Homes, Michel Chabon, Rudyard Kipling, Mavis Gallant, J. G. Ballard, Antonio Tabucchi, Aleksandar Hemon, Peter Stamm, Robert Coover, Slawomir Mrozek, Fleur Jaeggy, Etgar Keret, Bernard Quriny, Miroslav Penkov, Nancy Lee, W. S. Sebald, Milorad Pavic, Alice Erian, Sherman Alexie, Boris Vian, Yasutaka Tsutsui, Ray Bradbury, Stanislaw Lem,  Donald Barthelme, Dino Buzzati, Isak Dinesen, Saki, Herta Müller, Henry James, Slawomir Mrozek, Edgar Keret, Claire Keegan, Yoko Tawada.

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Aspectos sobre los que llamo la atención

1.- Escritores españoles incluidos en la antología no citados por sus compañeros: Pilar Adón, Felipe Benítez Reyes, Almudena Grandes, Irene Jiménez, Berta Marsé, Ricardo Menéndez Salmón, Julia Otxoa, Pedro Ugarte y Berta Vias Mahou. No creo que deba yo ahora glosar los méritos al respecto de Benítez Reyes o Julia Otxoa.
2.- No hay sopresas con respecto a los autores de cabecera: Fernández Cubas, Merino, Cortázar, Carver, Wallace, Munro y Cheever. 
3.- Subida notable de Eloy Tizón e Hipólito G. Navarro.
4.- Papel un tanto relegado de Borges. 
5.- Escasa presencia de narradores franceses (Maupassant casi olvidado).
6.- Escasa presencia de algunos italianos fundamentales para comprender el cuento en el siglo XX, como Dino Buzzati e Italo Calvino. 
7.- Casi nula presencia de Javier Tomeo y algunos escritores hispanoamericanos, como Carpentier, Onetti o Rulfo. 
8.- Inclusión en puestos medios de escritores españoles de trayectoria ascendente, como Castán, Moyano, Olgoso o A. Zapata.
9.- Presencia de jóvenes con pocos libros en su haber: Cristina Grande o Patricia Esteban Erlés.