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¿Qué queda del municipio?

La Declaración de San Juan advierte que para fortalecer la ciudadanía,
es necesario la consolidación, revalorización y profundización de la identidad local

La Ley Habilitante le ha permitido a Nicolás Maduro aprobar una serie de leyes, entre las cuales, no sorprende que haya un grupo que reiteran el rumbo político de consolidar un nuevo orden territorial, sobre el cual edificar un modelo político que aspira a confiscar todo espacio de libertad individual que le vaya quedando al venezolano.

La Ley de Regionalización Integral del Desarrollo Socioproductivo de la Patria, es una de ellas y la misma, tan solo analizando su titulo, advierte la tendencia a regionalizar el territorio, impulsando los distritos motores, los ejes de desarrollo, entre otras figuras que están previstas en el Plan de la Patria 2013-2019 y que también son asumidas en el proyecto de Ley de Planificación, Ordenación y Gestión del Territorio que reposa en la Asamblea Nacional en segunda discusión.

Las otras leyes tienen que ver con la reforma a la Ley de Gestión Comunitaria de servicios, competencias y atribuciones, la Ley de financiamiento para el Poder Popular y la ley que busca profundizar el sistema nacional de Misiones, estas tres alertan sobre la transformación del tejido social; es decir, con ellas se profundiza un sistema que a través de financiamiento público, busca conformar las bases de un Estado Comunal, en detrimento del Poder Público Municipal, asumiendo al vecino, no como ciudadano, sino como actor local de la revolución y sus fines.

Mientras la sociedad venezolana experimenta una profunda crisis, que como lo advirtió la Conferencia Episcopal Venezolana en abril 2014[1], es producto de la imposición del Plan de la Patria 2013-2019, en Iberoamérica, los municipalistas han logrado consensos importantes sobre el Municipio que exige el Siglo XXI.

Economía y desarrollo local sostenible: los retos del municipio en el siglo XXI, es el título que registra la Declaración Final del XI Congreso Iberoamericano de Municipalistas, celebrado entre el 5 al 10 de octubre 2014 en la provincia de San Juan, Argentina; promovido por la Unión Iberoamericana de Municipalistas en conjunto con la Secretaria General Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, la Cámara de Diputados de Argentina y la Legislatura de la Provincia de San Juan, Argentina[2].

La Declaración de San Juan, Argentina, presenta un municipio que asume un rol mucho más proactivo en el desarrollo sostenible, en tal sentido, en el contenido del documento se eleva el llamado a los gobiernos locales a construir y promover un “patrón de crecimiento que concilie el desarrollo económico, social y ambiental, en una economía productiva y competitiva”.

Ese desarrollo sostenible, afirma la Declaración, debe inspirar y orientar las estrategias para alcanzar una “máxima calidad de vida dentro de los límites que pueden soportar los ecosistemas.” Y precisamente, el sistema político y la participación ciudadana, deben ser las herramientas adecuadas para priorizar la actuación sobre la calidad de vida respectiva.

El ciudadano es reconocido en la Declaración como actor principal de los cambios y en tal sentido, se exhorta a la creación de espacios, estructuras y herramientas que permitan y faciliten la inclusión de los ciudadanos como “artífices de su propio destino”, conscientes de los problemas locales y proactivos en la búsqueda de las soluciones; con ello se logrará un mayor grado de gobernabilidad.   La Declaración advierte que para fortalecer la ciudadanía, es necesario la consolidación, revalorización y profundización de la identidad local.

En el contenido de la Declaración destaca un importante llamado a la reflexión para entender la responsabilidad de quienes toman las decisiones, pues recuerda que esas decisiones de hoy, deben buscar satisfacer las necesidades del presente; pero que no pueden comprometer la capacidad de las futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades.

El municipio que resulta de la Declaración de San Juan, tiene por delante importantes retos, que se traducen en gobiernos locales que en su actuación se comprometan a:
  1. Entender la necesidad de implementar procesos innovadores y de cambio en la vida local, como estrategia para la modernización de la gestión pública.
  2. Invertir mayor “inteligencia institucional” para facilitar importantes niveles de cooperación y colaboración entre sociedad civil, sector privado y gobierno en la gestión pública y como motores de desarrollo.
  3. Desarrollar políticas que garanticen la transparencia, la participación ciudadana y el acceso a la información como instrumentos útiles para sembrar ciudadanía.
  4. Impulsar políticas para el cuidado y uso razonable de recursos naturales de nuestros territorios, que con ello demuestren su sensibilización frente a los riesgos ambientales, promoviendo además, una mayor educación ambiental, orientada a comprometer al ciudadano con el desarrollo eco-eficiente de su territorio.

Una buena conclusión de los debates sobre el municipio iberoamericano del Siglo XXI se expresan en las siguientes palabras del vicegobernador de la provincia de San Juan, Sergio Uñac:“el nuevo rol del municipalismo es pasar de prestar servicios a ser el verdadero motor de la economía y el desarrollo social en la verdadera obligación que tienen hoy los intendentes que es planificar. El desarrollo y la planificación a través de la participación ciudadana son los nuevos desafíos, es por eso que la agenda de los líderes locales será planificar el desarrollo con participación ciudadana”.[3]

La destrucción institucional que impacta el Estado venezolano, inhabilita en la práctica a nuestros municipios para asumir el reto efectivo de ser verdaderos motores de la economía y el desarrollo social. El Consejo Local de Planificación Pública podría ser el epicentro institucional idóneo para hacer del municipio un actor de desarrollo, y la Ley Orgánica del Poder Público Municipal, ser la norma que inspire la “inteligencia institucional” para facilitar la participación ciudadana, pero el tejido legal del Poder Popular lo impide.

Así como en 1911 Francisco Linares Alcántara (hijo) en la I Convención de Municipalidades advirtió que el Municipio había sobrevivido como organización política “cual inmune salamandra entre las voraces llamaradas de todas nuestras contiendas y resistido tanto empeño consecutivo de cambios y reformas, para quedar siempre con vida sobre ruinas de costumbres, de leyes y Gobiernos[4]”, hoy un poco más de 100 años después, debemos por un lado preguntarnos ¿sobrevivirá el Municipio? y por otro, ocuparnos porque sobreviva como unidad política primaria.
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LOS FALSOS DILEMAS DE LA OPOSICIÓN VENEZOLANA, por @FernandoMiresOl


Nadie ni nada lo oculta, la oposición venezolana está dividida. Aunque más difícil será saber los términos exactos de la división.

¿Está dividida en dos programas diferentes? Imposible, porque hasta ahora el único es el de la MUD, programa que hasta ahora nadie ha cuestionado, quizás porque casi nadie lo ha leído.

¿Está dividida en torno a dos o tres o más líderes?  Si es así, sería ridículo puesto que los líderes se definen en primarias pre-presidenciales; y de eso estamos todavía muy lejos.

¿Está dividida gracias a “La Salida”? Quizás, pero “La Salida” terminó y hay que dar vuelta la página. Los temas de hoy son diferentes. El pasado pertenece a la historia, no a la política.

¿Está dividida entre constitucionalistas y parlamentaristas? El mismo López ha declarado que su llamado a reunir firmas para la –por ahora- irrealizable Asamblea Constituyente, no está planteado en contra de las elecciones parlamentarias. El Congreso Ciudadano de M. C. Machado tampoco ha pronunciado un sí o un no claro con respecto al ofrecimiento constitucionalista de López.

¿Está dividida entre electoralistas y abstencionistas? Es probable. Pero hasta ahora no se conoce una sola declaración de ningún opositor de relieve –dejemos a columnistas irresponsables a un lado- en contra de las elecciones parlamentarias. Ni M. C. Machado ni L. López se han pronunciado de modo explícito (repito, hasta ahora) en contra de la vía electoral y a favor de una vía insurreccional que no pase por elecciones.

Una versión intermedia a la que supuestamente se da entre electoralistas y abstencionistas surge entre quienes dicen aceptar las elecciones, pero solo como una entre diversas formas de lucha. Sin embargo, nunca nadie ha escuchado a Capriles o a Chúo Torrealba pronunciarse en contra de huelgas, bloqueos de caminos, demostraciones estudiantiles, rayados de paredes y “otras formas de lucha”. Todo lo contrario.

¿O esa división tiene lugar entre quienes se muestran abiertos al diálogo con el gobierno y quienes se cierran a todo tipo de diálogo? Por momentos pareciera que así es. No obstante, si tenemos en cuenta que los principales enemigos del diálogo están en el gobierno, el problema aparece resuelto por sí solo. Y aunque así no fuera, negarse al diálogo por principios, es negarse a hacer política. De ahí que la disyuntiva no debería ser diálogo sí o diálogo no, sino las condiciones, contenidos y objetivos de un eventual diálogo. Para poner un ejemplo, realizar un diálogo sin exigir la liberación de los presos políticos, solo llevaría a profundizar las divisiones internas en la oposición. Mas vale no intentarlo. Pero negar por principio todo diálogo si el gobierno da muestras de ceder en torno a ese o en otros puntos, sería una aberración.

No obstante, plantear un diálogo cuando se avecina un momento electoral, no parece ser algo muy inteligente. Ni en las democracias más perfectas las fuerzas contendientes dialogan durante un periodo pre-electoral. El verdadero diálogo político es siempre post-electoral. En un momento habrá que hacerlo. Pero ese momento al parecer no ha llegado.

En fin, sabemos que la oposición está dividida, pero nadie conoce muy bien los exactos términos de la división. De pronto se tiene la impresión de que lo que tiene lugar no es una división, sino una lucha cerrada por la hegemonía. A veces esa lucha se dirige en contra de la MUD. Pero como quienes la encabezan están dentro de la MUD, es posible concluir que, quienes están en contra de la MUD dentro de la MUD aspiran a controlar la MUD y, si eso no es posible, formar otra MUD, sea desde la MUD, sea desde fuera de la MUD. En fin, casi una locura

Lo que sí parece ser evidente es que ante la ausencia de perspectivas y ante la imposibilidad de encontrar una alternativa inmediata, algunos han optado por sustituir al enemigo principal por el enemigo secundario.

La conocida tesis de René Girard con respecto a esa arcaica tentación humana que lleva a la creación de chivos expiatorios –o sustitutivos- sobre los cuales depositamos agresiones contenidas, tendría en Venezuela un punto de comprobación. Pero la tesis de Girard es antropológica y ahora estamos hablando de política.

En términos políticos cabe esperar que la cercanía con respecto a las elecciones parlamentarias logrará distender algunos antagonismos internos. No olvidemos que hay una línea constante en (no solo) la política venezolana. Es la siguiente: Mientras más lejos se ven los eventos electorales, las diferencias internas tienden a proliferar. Al revés: mientras más cerca, la tendencia es a cerrar filas. En cierto modo las elecciones tienen un efecto político disciplinario. Muestran en toda su plenitud donde está el enemigo de verdad.

Naturalmente, frente a un régimen que controla todos los poderes, la televisión, casi toda la prensa, el aparato represivo, los para-militares, los tribunales electorales y que, por si fuera poco, comete fraudes en los centros de votación, hay grupos que opinan que la batalla está perdida de antemano y que solo una movilización general en las calles puede cuestionar al gobierno en su “esencia dictatorial”. Desde el punto de vista de una lógica puramente formal no faltan argumentos a favor de ese postulado. ¿Para qué gastar esfuerzos en una lucha electoral destinada al fracaso?

No insistiremos esta vez en decir verdades elementales. No diremos que una batalla no se pierde o gana hasta que se da. No diremos que uno vota no porque va a ganar sino porque es un deber ciudadano. No diremos que uno no vota a favor o en contra de alguien sino a favor o en contra de sí mismo. No diremos lo evidente, que mientras más gente vota, más difícil será hacer un gran fraude. No diremos eso ni muchas otras cosas más. Vamos a suponer, por el contrario  y por un momento, que los derrotistas, abstencionistas y salidistas, tienen toda la razón del mundo (evidentemente, no creo eso) ¿Es ese un motivo para rechazar la alternativa electoral? De ninguna manera. Las elecciones no son solo un medio para alcanzar el poder. Son también un fin en sí.

¿Las elecciones son un fin en sí? ¿No es acaso el objetivo de cada elección derrotar al enemigo? Por supuesto, nadie va a una elección para perder. Pero al mismo tiempo, en cada elección, aún perdiendo, pueden ser obtenidas ganancias. Entre otras, la tan ansiada movilización en las calles. Basta solo hacerse una sencilla pregunta: ¿Cuándo las movilizaciones callejeras son más masivas, más entusiastas, más combativas? ¿En periodos electorales o en periodos no electorales? La respuesta es obvia. Cada elección, sobre todo cuando se da entre dos fuerzas antagónicas, es una posibilidad para que la gente –no solo los muchachos- salga de sus casas, discuta entre sí y entre en abierta comunicación política con el entorno.

¿Y si esa oposición está dividida como cree estar la venezolana? Con mayor razón todavía. Los momentos previos a la elección son una oportunidad fabulosa para que las diversas fracciones que conforman un bloque discutan públicamente sus diferencias. No olvidemos en ese punto que el nombramiento de algunos candidatos deberá ser resultado de elecciones primarias. Por lo mismo, a través de la contienda de esos candidatos primarios la oposición se verá obligada a discutir consigo misma. Cuando los candidatos sean nombrados no desaparecerán por cierto las diferencias, pero sí, podrán ser mantenidas a un nivel político.

La MUD, no hay que olvidarlo, no es un partido ni mucho menos una asociación de amigos personales. La MUD es un frente constituido por la alianza de diferentes partidos algunos de los cuales, en una democracia de verdad, serían adversarios. Solo porque hoy todos tienen al frente a una adversidad superior están obligados a permanecer unidos.

Luego, las elecciones primarias –hay que subrayarlo- no son secundarias. Mucho menos lo son dentro de una oposición plural como es la venezolana. Pues a través de las primarias la oposición puede conocer lo que antes de ellas era un misterio: su correlación interna de fuerzas, es decir, su verdadero carácter. Es por eso que aquí se afirma que las primarias no son solo un medio, son también un fin en sí.

Las primarias también son elecciones. En consecuencia, si lo vemos desde ese punto de vista, las primarias -en momentos de no unidad- pueden llegar a ser más decisivas que las propias parlamentarias. Aunque, obvio, sin parlamentarias no puede haber primarias.

La celebración de primarias permite a la oposición pensarse a sí misma. De este modo las diferencias pueden ser dirimidas mucho mejor que en oscuros contertulios. A través de la lucha en primarias, la oposición se abre hacia el  “espacio luminoso de lo público” (Arendt). O dicho casi igual: es el momento en el cual las conspiraciones se transforman en discusiones.

Con las primarias a su favor los candidatos entran a la palestra pública fortalecidos con esa legitimidad que solo los votos internos otorgan, a combatir en contra del enemigo exterior, el principal. Por lo mismo, no hay mejor chance para conquistar la mayoría externa si ya se cuenta con la mayoría interna. Y esa es precisamente una segunda razón que hace de cada proceso electoral no solo un medio sino también un fin en sí: Cada elección es una escuela para la formación de líderes políticos.

Los líderes políticos no se prueban en gestos apoteósicos sino en la capacidad de comunicar mensajes públicos. Ellos, a través de sus campañas, serán los encargados de dar forma política al malestar generalizado y desmitificar el discurso oficialista en cada pueblo y ciudad donde se presenten. Ellos deberán demostrar que ni la carestía ni la escasez son maldiciones del imperio, sino productos netos de un gobierno que tiene como lugar de residencia un pasado mágico que nunca existió y como objetivo un futuro luminoso que nunca llegará. Ellos deberán exigir la liberación de todos los presos políticos, la supresión de los grupos para-militares, el cumplimiento de los derechos humanos. Ellos en fin, serán quienes deberán convertir a las elecciones en una fuerza social subversiva, pero sin que dejen de ser elecciones.

El dilema entre calle o voto es, desde el hueso hasta la médula, falso. La calle precisa del voto y el voto de la calle. ¿Habrá entonces que repetir la frase?: “Sin elecciones, la protesta popular está destinada a estrellarse con el aparato represivo del régimen. Pero sin un gran movimiento de protesta popular, las elecciones están destinadas a perderse”.

Una primera mirada a los 5 anuncios productos de la habilitante

La “ofensiva habilitante” llegó con 5 leyes cuyo objetivo, según el Presidente Maduro, es favorecer al pueblo, a las misiones, al poder popular y derrotar la guerra económica.  

Los cinco instrumentos aprobados bajo el marco de la Ley Habilitante, se presentan justo antes de concluir el año y de entrar en una etapa pre-electoral para las elecciones parlamentarias, la cual se realizará en una fecha aún no señalada y con un CNE aún no renovado.

Resulta importante señalar que 4 de esos 5 instrumentos legales, tienen directa relación con el fortalecimiento del Poder Popular desde lo local.

Uno de lo anuncios que mayor impacto generará en la arquitectura institucional del Estado que define la Constitución, es precisamente la reforma a la Ley Orgánica de la Gestión Comunitaria de Servicios, Competencias y otras Atribuciones.

Precisamente esa Ley contiene las normas que justifican la existencia de un Plan anual de transferencia que los municipios y los estados deben presentar al Consejo Federal de Gobierno anualmente y a través del cual se concretarán las transferencias de bienes, servicios, recursos y competencias que se realizarán en beneficio del Poder Popular.

Esta reforma, al incorporar unos nuevos mecanismos de concesión de competencias en servicio y otras materias a las comunidades, como lo indica la nota de prensa de AVN, sin duda podría acelerar el desmantelamiento de los Municipios como ocurrió con la Alcaldía Metropolitana de Caracas. 

Habrá que esperar el texto legal para evaluar su alcance, pero de por sí, ya el texto de la ley era una amenaza real y concreta para el fortalecimiento del municipio.

Entre lo aprobado bajo la figura habilitante hay otro anuncio, que se refiere al decreto ley que claramente busca promover el impulso de un nuevo orden económico, a través de financiamientos orientados hacia la conformación de empresas de propiedad social, unidades productivas familiares, en el marco de un desarrollo autosustentable de la comunidad.   

Me refiero en el párrafo anterior al Decreto con rango, valor y fuerza de Ley de Financiamiento de Proyectos del Poder Popular, a través del cual sin duda, buscan profundizar la política del gobierno de conformar el nuevo sistema económico comunal que plantea el Plan de la Patria en una de sus acciones y que desarrolla una de las Leyes del Poder Popular.

Explicó Maduro, que el ente ejecutor de esta ley será el Banco Bicentenario de las Comunas.

Otro de los anuncios, tiene que ver con dos leyes, orientadas a fortalecer la figura de las Misiones como herramientas útiles para lograr construir una sociedad igualitaria y justa, como lo plantea uno de los objetivos nacionales del Plan de la Patria.

Precisamente el texto del Plan de la Patria advierte que para construir esa sociedad igualitaria y justa es necesario, entre otras acciones las siguientes:

-Consolidar el Sistema Nacional de Misiones y Grandes Misiones Socialistas Hugo Chávez, como conjunto integrado de políticas y programas que materializan los derechos y garantías del Estado Social de Derecho y de Justicia y sirve de plataforma de organización, articulación y gestión de la política social  en los distintos niveles territoriales del país, para dar mayor eficiencia y eficacia a las políticas sociales de la Revolución.

-Consolidar las Misiones, Grandes Misiones Socialistas como instrumento revolucionario para nuevo Estado democrático, social de derecho y de justicia.  Para lo cual garantizará un sistema de financiamiento especial para la sostenibilidad de las misiones y Grandes Misiones Socialistas.

-Fortalecer el tejido social de las Misiones, para a través, de ellas, garantizar la participación del Poder Popular en todas las etapas de planificación, ejecución, seguimiento y control, así como generación de saldos organizativos de la población beneficiaria.

En este sentido el Presidente Maduro anunció las siguientes leyes:

1.- Ley Orgánica de Misiones, Grandes Misiones y Micromisiones, texto legal que protege los derechos sociales de los trabajadores de estos programas sociales.

2.- La Ley de Empleo Productivo, que según nota de prensa de AVN, tiene como tarea desplegar 30.000 misioneros de la Misión Jóvenes de la Patria Robert Serra y la Misión Saber y Trabajo en todas las comunidades del país para promover "el primer empleo y el empleo protegido, estable y digno".

Por último y no resultó una sorpresa, el último anuncio, fue la reforma de la Ley de Alimentación para los Trabajadores, modificando en ella la base del cálculo para el ticket de alimentación a partir del 1 de diciembre.

En conclusión, 5 anuncios que se concentran políticamente en 3 leyes puntuales que impactan directamente la dinámica local, pues buscan imponer una realidad que profundizará el quiebre del tejido social, transformando nuestra realidad local y amenazando la existencia del Municipio como unidad política primaria.

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Fuentes:
AVN. Firmada Ley de Financiamiento Proyectos del Poder Popular. 13 de noviembre 2014. Online en: http://www.avn.info.ve/contenido/firmada-ley-financiamiento-proyectos-del-poder-popular
El Nacional. Reformada Ley Alimentación de Trabajadores. 13 de noviembre 2014. Online en: http://www.el-nacional.com/economia/Reformada-Ley-Alimentacion-Trabajadores_0_518948332.html

1989-1990: NO FUE UN COLAPSO, ¡FUE UNA REVOLUCIÓN!

El imperio soviético parecía ser una de las formacio­nes geopolíticas más estables de la historia universal. Por lo menos para las ciencias sociales modernas. Y de pronto, toda esa estabilidad monolítica demostró que sólo era pura apariencia, derrumbándose como castillo de naipes en un lapso que duró menos de un año.

¿Por qué ni los más destacados sovietólo­gos pudieron predecir el derrumbe? La pregunta es importante pues si hay un hecho histórico que obliga a pensar que las ciencias sociales y políticas contemporáneas han fracasado, por lo menos en su capacidad de predicción, ese es precisamente el derrumbe del comunismo.

Ni siquiera ese derrumbe fue el producto de una derrota militar o por lo menos de una capitulación frente a un enemigo todopoderoso. En ese sentido resulta interesante destacar que los únicos que hablan de "la victo­ria del capitalismo" son sectores intelectuales que provienen de una tradi­ción socialista. Los partidarios del "mundo libre" se cuidan de ver en el derrumbe del comunismo una victoria propia, pues ellos también fueron sorprendidos con los acontecimientos que se desataron en 1989.

¿Por qué esa incapacidad de los expertos políticos para por lo menos prever parte de los acontecimientos?

Para la ideología del socialismo-real el fenómeno es en cierto modo explicable. De acuerdo a la visión progresiva de la historia que prima en ella, el socialismo, incluso en su monstruosa versión staliniana, era parte de un orden genético superior al capitalismo, no tanto por ser so­cialismo, sino por no ser capitalismo. Por lo tanto, ese socialismo, al re­presentar -hipoteticamente- una etapa histórica más avanzada que el ca­pitalismo, tenía un sentido "irreversible". De acuerdo a esa concepción naturalista de la historia era más fácil que el ser humano volviera a ser mono a que el socialismo volviera al capitalismo .

Más problemático es en todo caso explicar esa incapacidad de predic­ción entre los intelectuales llamados "burgueses" quienes al representar intereses más concretos parecían estar dotados de un sentido más práctico que el de sus sobreideologizados colegas "socialistas". Una razón es quizás que muchos de ellos eran anticomunistas. Y un anticomunista necesita, obvia­mente, del comunismo, tanto o más que los comunistas.

Después del comunismo hay una cantidad de ideólogos anticomunistas despojados de "su oscuro objeto del deseo". Pero hay además otra razón tanto o más importante. Los ideólogos anticomunistas, como los co­munistas, habían construído sus instrumentos conceptuales en un marco histórico común determinado por la contradicción de bloques, o era bipolar. De acuerdo a los conceptos propios a ese tiempo, el poderío de una nación se mide por el crecimiento económico bruto y por su potencialidad militar. Y en ninguno de esos campos el mundo socialista, pese a la crisis que vivía en el período Breschnew, era de despreciar.

Hay que convenir entonces que los expertos de ambos bandos operaban en base a criterios puramente cuantitativos y por lo mismo no estaban en condiciones de analizar los profundos cambios culturales producidos en la mayoría de los países del área. Para ellos los procesos culturales no tenían ninguna significación. Sólo importaba el poderío económico y el militar. Lo demás era prosa. Incluso, para algunos políticos occidentales -Kissinger antes que nadie- se hacía nece­sario no apoyar a los movimientos políticos disidentes de los llamados países socialistas a fin de no "desestabilizar" las relaciones internacionales.

Así se explica que el término más en boga para designar el derrumbe de los regímenes comunistas, tanto por los enemigos, como por los amigos del comunismo, haya sido el de colapso. El término es ideológico. Con ello se quiere significar que el comunismo era algo así como una maquinaria que funcionaba perfectamente hasta que de pronto alguna de sus piezas co­menzaron a fallar. Me temo que en el futuro los niños en las escuelas aprenderan de memoria una versión de los hechos que dice más o menos así:

A fines del siglo XX se produjeron en el "sistema capitalista" innova­ciones tecnológicas en los terrenos de la computación y de la producción energética que aumentaron notablemente la productividad. El régimen sovié­tico, para poder seguir compitiendo con el capitalismo, se vió en la obliga­ción de introducir tales innovaciones en su economía. Gorbachov y la Pe­restroika intentaron crear las condiciones institucionales para que eso fuera posible. Pero el régimen de la URSS no estaba preparado para ese tipo de innovaciones, por lo cual se produjeron desajustes que llevaron al colapso total. Como consecuencia del colapso de la URSS las naciones dependientes se liberaron, adoptando todas un régimen de producción basado en la libre economía de mercado. Punto.

Esa interpretación histórica ligeramente caricaturizada no es formal­mente, falsa. El problema es que es tautológica y, sobre todo, incompleta. Es tautológica, porque pretende explicar al colapso por el colapso. Es incom­pleta, porque intenta interpretar un hecho histórico haciendo abstracción de su historicidad. De acuerdo a esa versión todavía dominante, Gorbachov y la Perestroika aparecen como el hecho determinante en las revoluciones de la periferia socialista europea las que a su vez son reducidas a simples objetos que resultan de una causa externa. En términos simples: tal interpretación pasa por alto una larga historia de negación y resistencia que desde hacía muchísimos años veníase gestando en los países "socialistas", incluyendo a la propia URSS.

¿Qué pasaría en cambio si damos vuelta esa argumentación, haciendo una lectura exactamente al revés de la que hoy día parece predominar? De acuerdo a esa nueva lectura podría afirmarse:

Desde 1956, en diversos países socialistas venían articulándose formas de protestas, culturales, sociales y políticas, las que en determinados mo­mentos fueron sangrientamente aplastadas. Frente a esa realidad, la URSS se vió inducida a hacer valer su primacía no politica sino que repre­siva en los países de su área, esto es, a no ejercer hegemonía, sino dominación. Precisamente la existencia del llamado bloque socialista era prueba de que la expansión política del socialismo era imposible, por lo me­nos en Europa. Tal imposibilidad de expansión se traduce en un sistema que al funcionar de acuerdo a mecanismos represivos, no puede competir con el otro bloque en condiciones ventajosas. En ese sentido cualquiera grieta al interior del aparato de dominación, debía transformarse en una crisis del conjunto del imperio. Gorbachov debe ser por lo tanto considerado como ló­gica consecuencia del largo proceso de resistencia que tenía lugar en el mundo socialista, o si se prefiere: como el intento por introducir la primacía de la política por sobre la de la represión en las relaciones políticas in­terimperiales, antes de que fuera demasiado tarde. El problema es que Gor­bachov llegó demasiado tarde, y como el mismo dijo, quien llega tarde, de­berá ser castigado por la vida.

Una interpretación como la expuesta no niega la tesis del colapso. Pero sí la contextualiza, remitiéndola a un marco de relaciones en donde no existen causas absolutas. Gorbachov y Perestroika fueron por cierto causas. Pero también fueron consecuencias de un largo proceso que erosionó las bases políticas y las relaciones de legitimidad que hasta el imperio más bu­rocratizado y militar necesita para ejercer su dominación.

La teo­ría del puro colapso pasa por alto las revoluciones húngaras y polacas de 1956; el levantamiento nacional-popular de Praga en 1968; el nacimiento del KOR y de Solidarnosc en Polonia; los movimientos religiosos de Polonia y de la RDA; Carta 77 en Checoeslovaquia; la gente en las calles; los heridos y muertos caídos bajo los tanques rusos; las protestas nacionalistas y ecologistas en la URSS; los disidentes en la clandestinidad, redactando cada día un panfleto distinto; a Kuron, Mischnik, Havel, Bahro, Solschinizyn y Sacharow, etc; a los que fueron a las cárceles, o a los destierros de frío y hielo; o a las clínicas psiquiátricas, gritando por la libertad con una digni­dad que produce escalofríos-

Dicho en síntesis, la reducción de la historia a la pura teoría del colapso, pasa por alto la historia de las revoluciones de­mocráticas de Europa Oriental. Esa es la razón por la que aquí defiendo la tesis contraria. Esa tesis dice así: no fue el colapso lo que produjo la revolución. Fue la revolución la que produjo el colapo.

Para los actores de las revoluciones de los países de Europa Oriental en cambio, los acontecimientos que llevaron al "colapso" fueron leídos en di­recta continuidad con su propia historia y puede decirse que, aún si esperar que el régimen cayera tan rápido, y en las formas en que cayó, no fueron tan sorprendidos con ese derrumbe como ocurrió con los especia­listas occidentales. Para dichos actores, 1989-1991 fue la culminación de una larga re­volución que venía arrastrándose desde decenios. Quizás desde el momento en que el levantamiento popular húngaro de 1956 fue sangrientamento aplastado.

De la misma manera como ocurría en la URSS, las Nomenklaturas de los demás países socialistas pretendían extraer su legitimidad de una suerte de racionalismo histórico cuyo punto de realización se encontraba, paradojal­mente, en el futuro: en la construcción final del comunismo, de aquella "sociedad perfecta" en función de cuya realización todos los sacrificios y expiaciones estaban permitidos.

Los comunistas en el poder se entendían como depositarios de una razón histó­rica de la cual ellos eran sus mediadores terrenales. La política en ese sentido fue siempre concebida por ellos como un medio para la realización de esa historia final. Siendo la historia no determinada por hechos concretos, sino por su supuesta meta-realidad, el pasado debía ser siempre reescrito de acuerdo a las distintas estrategias que la Nomenklatura elaboraba para al­canzar la meta asignada. El marxismo- leninismo, ideología de la clase dominante  en Europa del Este, era radicalmente metafísico.

Los regímenes de tipo orweliano, como fueron los comunistas, al no poder en­contrar su legitimidad en el presente buscan encontrarlo en el futuro. La gran ventaja que de ahí se deriva es que, a diferencias del presente, el futuro sólo lo conocen sus supuestos de­positarios, esto es, el Partido y sus bonzos. De este modo la política era historizada y la historia era politizada. Historia y Política se legitimaban mutuamente extrayendo sus valores la una de la otra. No puede extrañar entonces que uno de los proyectos de los sectores intelectuales disidentes hubiera sido el de despojar a los diversos regímenes de esa legitimidad histó­rica que ellos se habían autoasignado. Pero para que eso fuera posible era necesario separar a la política oficial de la historia, empresa que requería no sólo revisar la histo­ria oficial, como ocurrió en la URSS durante Gorbachov, sino, además, oponer la otra historia.

Podría decirse que en los países socialistas compe­tían dos historias: la oficial, que tenía su lugar de residencia en un futuro ignoto, y la verdadera, que se había constituído precisamente como negación a las diversas dictaduras. La una era una historia escrita desde el poder. La otra fue escrita desde la clandestinidad y la resistencia, o desde la práctica de los movimientos populares que cada cierto tiempo irrumpían en las capitales del Este europeo. La una vivía en el futuro. La otra en un presente que se alimentaba del pa­sado. La una habitaba en el "super ego" del Partido. La otra latía en el inconciente de los disidentes.

En cierto modo 1989-1990 devolvió a la historia a ese lugar al que siempre debe permanecer: al pasado. Esa fecha señala, en fin, una rebelión de la historia en contra de un "historismo" que en nombre de la historia con­sumaba su absoluta negación.

Las revoluciones democráticas de 1989-1990: HUNGRÍA, por @FernandoMiresOl

Fernando Mires 08 de noviembre de 2014

Lo importante que es la reinterpretación del pasado para la realización de la política lo demuestran las diversas luchas democráticas que tuvieron lugar en Hungría. En ese país, cada reforma importante arrancada al régi­men dirigido por Janos Kadar, era condición de un ajuste en la historia ofi­cial, y viciversa. Particularmente intensiva fueron las controversias para de­signar a los acontecimientos que tuvieron lugar en 1956 a los que László Varga denominó con razón "la bomba de la historia húngara"

De acuerdo a la lectura oficial, 1956 fue primero bautizado por el régimen como contrarevolución fascista y más tarde como contrarevolución a secas. A medida que Kadar consolidaba su poder mediante relaciones tácitas de compromiso con la oposición, la lectura oficial comenzó a interpretar 1956 como un levantamiento conducido por sectores antisocialistas en el que ha­bían participado "sectores populares". En 1980-1981, el régimen comenzó a utilizar una fórmula neutral para referirse a esa fecha: "Los acontecimientos de 1956". Como consecuencia de los movimientos sindicales y estudiantiles de reforma ocurridos en 1988, el régimen hizo otra concesión, la última que po­día hacer: 1956 fue un movimiento de protesta popular. Recién después del entierro simbólico de Nagy en 1989, 1956 pasó a ser denominado como lo que fue: una revolución social.


La revolución de 1989 hacía posible semántica­mente a la revolución de 1956, de la misma manera que 1956, grabado en la historia colectiva, hizo posible a 1989.

En casa de Caín no debe ser nombrado Abel. 1956 debía ser falsificado en Hungría como parte del compromiso tácito llevado a cabo entre el kada­rismo y la oposición. El contrato social no escrito entre el gobierno y la oposición rezaba más o menos así: "nosotros nos comprometemos a suavizar la represión, abrir espacios para una economía de mercado, e incluso permi­tir informalmente a la oposición, y ustedes no nos molestan con peticiones desmedidas que puedan provocar las iras de la URSS. Para eso es necesario callar sobre el orígen del régimen, esto es, sobre 1956".

La oposición aceptó, no tenía otra alternativa, las reglas del juego surgida de ese sistema espe­cial en donde se conjugaban armonicamente tanto la fuerza como la debilidad del gobierno y de la oposición. El "kadarismo" se constituyó así como un sistema político "sui generis" que se mantenía no en base a la legitimación, pero si en base a la tolerancia recíproca, mediante un juego peligroso de concesiones mútuas, pero también de duros enfrentamientos ocasionales que suplían a las mesas negociadoras. La mentira (o lo que es parecido: los si­lencios) como suele ocurrir en muchas relaciones personales, formaba parte de la convivencia. El psicólogo húngaro Ferenk Mérei bautizaría a ese sistema como "autorepresión nacional" .

Kadar era, y el lo sabía, un gobernante historicamente ilegítimo. El, y no Nagy era el representante directo de la contrarevolución. La revolución, como ocurriría en Checoeslovaquia en 1968, había surgido de una combi­nación dada entre el movimiento de protesta popular en contra de la dicta­dura stalinista de Rakosy y deserciones de la Nomenklatura, hastiadas de ese régimen que tenía trecientos mil detenidos en campos de concentración, decenas de miles en lás cárceles, miles de ejecuciones y todo eso, en un país cuya población no pasaba de diez millones.

La revo­lución de 1956 había irrumpido en conexión paralela con el levantamiento po­pular de Polonia, el mismo año. Por esas razones, antes que los disidentes hungaros, los polacos, como fue el caso de Mischnik y Kuron, que vivían fases más avanzadas en su lucha contra su propia despotía, habían incorporado a la tragedia húngara a sus tradiciones, acto que sorprendió a la propia oposición hungara, interesada en buscar soluciones parciales de com­promiso con el "kadarismo".

El mismo Imri Nagy había sido un típico representante de la Nomenkla­tura pero, como algunos políticos, poseía sensibilidad popular y sobre todo, nacional. Hasta octubre de 1956 fue un mediador en el poder entre los mo­vimientos estudiantiles y obreros y el sector más conservador del Partido apoyado desde la URSS. Mérito suyo fue haber saludado el levantamiento popular de fines de octubre, planteando la necesidad de que el Partido se apoyara en él y reconociendo los Consejos obreros y populares surgidos de la sublevación. Su paso más decisivo fue anunciar la retirada de Hungría del el pacto de Varsovia proclamando su neutralidad, siguiendo el camino titoísta de Yugoeslavia, acto que no fue recibido con alegrías en Moscú.

El 2 de no­viembre el Partido inició una trayectoria de reformas radicales, conducido por Nagy, Luckas y Kadar. Nagy pasó a ser, en ese extraño triunvirato, el representante de la revolución popular en el Estado. El 4 de noviembre lle­garon las tropas soviéticas llamadas por Kadar, quien al mismo tiempo reco­nocía los Consejos surgidos del levantamiento popular, el 14 de noviembre. Pero el 21 de noviembre, el mismo Kadar, apoyado con las bayonetas soviéti­cas, impide reunirse al Consejo Nacional de Trabajadores. El 23 de noviem­bre, no se sabe si, o con, más probable con, consentimiento de Kadar, Nagy fue secuestrado por los soviéticos. Pronto sería asesinado, junto con sus más inmediatos colaboradores. Las palabras que pronunció durante su pro­ceso fueron clarividentes: "Yo me pregunto si aquellos que hoy me condenan no serán los mismos que un día me rehabilitarán".

Consecuentemente, el 4 de diciembre, Kadar culminaría su traición disolviendo los Comités Revoluciona­rios y los Consejos Obreros. Una represión sin paralelos en su historia, cayó sobre el país. El pueblo salió a las calles a defender su revolución traicionada. Como en un canto de cisne, los obreros húngaros decretaron la huelga general del 10 y 11 de diciembre. El presidente de los Consejos obreros Sandor Racz fue detenido. El Danubio se volvió rojo con las sangre que caía desde los puentes.

Esa breve relación cronológica era la parte de la historia húngara que en virtud de compromisos posteriores fueron relegados al olvido. Kadar, quizás el personaje más trágico de todos, no podría quizás, en lo más profundo de su alma, olvidar la traición cometida. Para salvar al socialismo había hecho asesinar a obreros, soldados, estudiantes y campesinos y, a sus mejores amigos y camaradas.

Si la "culpa" de los personajes históricos juega algún papel, sin dudas Kadar tiene algo que ver con las reformas que co­menzó a realizar el régimen en su fase tardía, pues ellas eran, en el fondo, las mismas que había prometido Nagy. Los años, sin embargo, pasan. El Da­nubio volvió a su opaco color natural (desde los tiempos de los valses de Strauss no es azul) y Kadar fue adoptando la imágen de un déspota bondadoso y patriarcal a quien, por mandato superior, los niños en las escuelas llamaban el "tío Janos".

Por cierto, el "kadarismo" gobernaba tam­bién en base a un mecanismo basado en el chantaje. Así como el Rey que dijo "después de mí el Diluvio", Kadar parecía decir, "sin mí la invasión". Es decir, Kadar sugería a su pueblo, y la sugerencia no era del todo incierta, que bajo su régimen podían consumarse las reformas hasta el máximo posible permitido por la URSS. La aceptación de Kadar, así como después la de Ja­ruzelzky en Polonia, se basaba en el miedo. Es por eso que cuando las re­formas de Gorbachov fueron aplicadas en la URSS, desapareciendo la amenaza de la invasión, la realidad había superado los límites, después de todo, bastante amplios, impuestos por el "kadarismo". Había terminado la historia de Kadar y el nombre de Nagy podía, al fin, ser rehabilitado.

1989 fue un reencuentro del pueblo húngaro con su propia historia, el momento de la catársis; del fin de la mentira y de los silencios, o lo que es igual: la liberación de las palabras, las que podían ser restituídas a las cosas a las que pertenecían. Como en un film norteamericano, el mismo día en que co­menzaban los procesos legales para rehabilitar el nombre de Nagy, murió Ja­nos Kadar. En verdad, merecía el suicidio.

En mayo de 1990, el Parlamento, después de cuarenta años, libremente elegido, decretó por unanimidad que el 23 de octubre, día en que comenzó la revolución húngara de 1956, fuera de­clarado fiesta nacional. Así es la historia. La verdad de las cosas es que el entierro de Nagy había sido el de Kadar.

Texto extractado y resumido del libro  "El Orden del Caos, Historia del fin del Comunismo"" de Fernando Mires. Editorial Araucaria, Buenos Aires, 2005.


Las revoluciones democráticas de 1989-1990: POLONIA, por @FernandoMiresOl

Fernando Mires 08 de noviembre de 2014

La historia después del comunismo había comenzado en Hungría en 1956. En Polonia también. O quizás antes. Adam Mischnik, ese lúcido disidente en permanencia que también es historiador, cree encontrar el orígen de esa historia a partir del año 1944, cuando Mikolajczyk, dirigente del Partido de los Campesinos y Primer Ministro del gobierno en el exilio de Londres, viajó a Moscú a conversar con Stalin acerca de la posibilidad de un "modus vivendi" que permitiera a Polonia vivir al lado de la URSS a fin de sobrevi­vir como nación, compromiso que sería ratificado después en Jalta. Los orígenes del socialismo en Polonia tienen pues más que ver con geopolítica que con política. 

Sin esas condiciones geopolíticas, el último país de la tierra que habría adoptado el socialismo habría sido probablemente Polonia. De este modo, Sta­lin encomendaba a la Nomenklatura polaca una misión casi imposible: gober­nar. Es por esas razones que la Nomenklatura polaca, para gobernar, tuvo que ser la más nacional del bloque socialista. La historia de esa Nomenklatura es una historia de permanentes concesiones a las organizaciones po­pulares y eclesiásticas del país, por una parte, y a la URSS por otra. 

Mien­tras las Nomenklaturas en los demás países socialistas debían cumplir la ta­rea de representar, en primera linea, los intereses de la URSS, la polaca era más bien la mediadora entre intereses nacionales y los del Kremlin. Tal sistema de compromiso fue estructurado en 1956, cuando como consecuencias de movilizaciones obreras, sobre todo en Poznan, Gomulka, en cuyo currícu­lum figuraba el mérito de haber pasado un buen tiempo en las cárceles de Stalin, fue nombrado Secretario General, levantando la consigna del "nuevo camino". De acuerdo a esa consigna, se iniciarían reformas autogestionarias en las empresas, la descolectivización de la tierra, y no por último, una suerte de "coexistencia pacífica" con la Iglesia Católica, siendo liberado al cardenal Wyszynski quien ante el escándalo mundial, se encontraba en la cárcel. Ese fue, según Mischnik "el único momento en la historia del pueblo polaco en el que un dirigente comunista era al mismo tiempo dirigente de toda la nación" 

Precisamente la identificación popular con un representante de la Nomenklatura fue un fac­tor que debilitó al movimiento de protesta polaco, pero al mismo tiempo, como ocurriría repetidas veces en la historia del país, evitó también que la URSS consumara una invasión, parecida a la de Hungría. Gomulka, levantando una platafora similar a la de Nagy, no adoptaba una posición titoísta. Por lo demás la URSS debía elegir. No podía darse el lujo de invadir a dos países al mismo tiempo. En cierto modo, Nagy salvó a Gomulka.

A partir de 1956, a diferencia de los demás países socialistas, la histo­ria polaca sería construída a partir de una confrontación negociada que incluía a muchos actores (el Partido, la Iglesia, los sindicatos, los intelec­tuales, y no olvidar, los campesinos). No hay dos historias como en el caso húngaro, sino que sólo una que se reproduce a partir de la confrontación de varias.

Más que Nagy, quien apostó al rupturismo; más que Kadar, que hizo del oportunismo pragmático un programa, el verdadero precursor de la ideología del "comunismo reformado" fue Gomulka. También sería el primero, 14 años después de haber llegado al poder por aclamación popular, en enterrarla, terminando su gobierno con la masacre a los obreros de las ciudades costeras del país. Si bien el comunismo reformado terminó con Gomulka, no terminó la política de no confrontación directa que asumiría estrategicamente el KOR (Comité de Defensa de los Trabajadores). 

Hoy, mirando la historia polaca en retrospectiva, lo que más llama la atención es la capacidad de sus actores para imponer la hegemonía de la política aún en los momentos más tensos. Es que un país que vive aplastado entre Rusia y Alemania tiene ne­cesariamente que producir buenos políticos, esto es, personas que saben dialogar, transar, negociar, buscar compromisos, y resolverlos a su debido momento mediante otros compromisos. Y lo dicho vale no sólo para los in­telectuales; también para esos excelentes políticos que fueron los obispos, y sobre todo, ese talento político que demostró poseer Walesa y su movi­miento; pero también el general Jaruzelsky fue un buen político e incluso, la Nomenklatura, la institución menos política de todas, producía en determina­dos momentos buenos negociadores.

Pero no sólo aprendían de su historia las fuerzas disidentes polacas; también dieron grandes muestras de saber aprender de la de los demás paí­ses socialistas. Después de 1956, pero sobre todo, después de los aconteci­mientos de 1968 en Praga, captaron que la confrontación no debía tener lugar en las calles, sino en todos los rincones de "producción de lo so­cial". Esto es, eran concientes de que su lucha debía ser librada a largo plazo, y que no debía poseer ningún carácter épico, sino que, valga la re­dundancia, político. 

En cierto modo puede decirse que en Polonia fueron lle­vados a la práctica las propuestas políticas de Antonio Gramsci. Para los disidentes no se trataba en primera linea de conquistar el poder político, sino que espacios de lo social mediante la política, y no por último, de la cultura."Construyamos una sociedad autogestora en el seno de un Estado totalitario" fue la consigna de ese especialista en buenas consignas que es Jacek Kuron. De este modo, ya en los años setenta, du­rante la infortunada administración de Gierek, aún antes de que surgiera Solidarnosc, quedó establecido un contrato social tácito que se expresaba más o menos en los siguientes términos. El poder pertenece al Partido en el Estado. La hegemonía pertenece a la oposición en la sociedad.[1]

El pueblo polaco no culminó su revolución en 1989. Ella alcanzó su mo­mento más alto en 1980, cuando en los astilleros de Danzig, Gdigen, Stettin y Ebbing, tuvo lugar la primera revolución obrera de Europa, ironicamente en contra del socialismo y bajo el nombre unitario de Solidarnosc. 

Solidarnosc a su vez, fue la cristalización definitiva del poder obrero acumulado en largas y a veces sangrientas jornadas como las de 1956, 1970 y 1976. Desde el mo­mento en que surgió Solidarnosc terminó para siempre una mentira en que se apoyaba el régimen, a saber: que el Partido representaba a los trabaja­dores. 

Rapidamente, la revolución obrera de 1980 alcanzaría un carácter de­mocrático al vincularse con múltiples organizaciones, culturales, políticas y eclesiásticas que ya habían hecho su entrada en la era después del comu­nismo. En otros términos: Solidarnosc, de sindicato obrero, pasó a ser el Partido del pueblo polaco en movimiento.Fue en ese tiempo cuando Jacek Kuron del KOR, hizo pública la inteligente consigna "No incendies ningún lo­cal del Partido. Funda uno". Quería decir: "multiplicad los comités de Soli­darnosc".[2]

Solidarnosc había nacido como sindicato. Después fue el Partido de la revolución democrática. Inevitablemente tenía que alcanzar su última, y en 1980, imposible fase: la de movimiento de liberación nacional.

El golpe de Estado del general Jaruzelsky tuvo desde sus inicios un doble carácter. Por una parte representaba la contrarevolución de los gene­rales para salvar "el socialismo". Por otro lado era la alternativa para que la URSS no invadiera al país. Con razón Jaruzelski es el único gobernante del mundo a quien nunca se ha visto sonreir. No tenía ningún motivo. Su posición era la menos envidiable: encarnación del contrarevolucionario, del golpista, del comunista y del patriota, al mismo tiempo. Muchos disidentes fueron a parar a las cárceles durante su gobierno; pudieron haber sido muchos más. Era quizás el precio módico que había que pagar para que en Polonia no se hubiése cometido una de las carnicerías más espantosas del siglo. 

Durante el gobierno Jaruzelsky, hasta 1989, tendría lugar en Polonia una "guerra de desgaste" entre el Estado y las fuerzas más representativas de la nación. Esa guerra la han perdido todos. Sin las energías ni el entusiasmo de 1980, Solidarnosc, desdibujada después de tantas concesiones, ha llegado al poder detrás de Masowieki primero, con Walesa después, probando que para Polonia no había otra alternativa de gobernabilidad. Pero los héroes de ayer están cansados. El pueblo también. La llegada de Solidarnosc al gobierno se pareció al de esas parejas que ha­biéndose amado desde lejos toda la vida, al final se encuentran; pero cuando ya no son más jóvenes.

La mayoría del pueblo polaco sabe lo que debe a Gorbachov: la inde­pendencia nacional. Pero, y la pregunta es historiograficamente válida: ¿Habría sido posible Gorbachov sin la revolución de Solidarnosc en 1980? La expresión más nítida del quiebre del comunismo en la periferia soviética fue sin dudas la Polonia de 1980. A partir de ahí, las alternativas para la No­menklatura soviética estaban claras: o regir militarmente en contra de los llamados países socialistas, o intentar conquistarlos, mediante un proyecto de liberalización política, a riesgo de perderlo todo. Gorbachov eligió la última alternativa. Y lo perdió todo.

Texto extractado y resumido del libro  "El Orden del Caos, Historia del fin del Comunismo"" de Fernando Mires. Editorial Araucaria, Buenos Aires, 2005.


[1]      En una entrevista, el dirigente de Solidarnosc Bogdan Borusewicz respondió habilmente a la pregunta relativa al rol dirigente del Partido, en un tiempo en que desconocerlo era motivo para ir a la cárcel (noviembre de 1980): "El rol del Partido es dirigente, pero en el Estado". Con ello quería decir: la "sociedad" no pertenece al Partido. 
[2]      El mismo Kurón establecía en 1980: "Hemos liquidado el antiguo sistema. El sistema se basaba sobre el monopolio del Partido en tres aspectos: el de la organización, el de la información y el de la decisión. Bajo esas condiciones funcionaba nuestra sociedad hasta agosto de 1980" .


Las revoluciones democráticas de 1989-1990: CHECOESLOVAQUIA

Las coordenadas de tiempo varían a medida que se recorren los distin­tos espacios de la revolución de 1989-1990. Mientras para los húngaros el año clave es 1956, para los polacos es 1980, para los checoeslovacos no puede ser sino 1968, cuando la hermosa primavera de Praga fue ennegracida por tanques invasores. Pero mientras 1956 era en Hungría un punto de re­ferencia, 1980 en Polonia un punto culminante, 1968 debía ser en Checoeslo­vaquia un punto de partida.

Un irónico punto de partida. Porque después que los tanques asolaban Praga, muchos checoeslovacos pensaban que ese era el punto que ponía tér­mino a todos sus sueños, la definición definitiva del bloque soviético como una fuerza militar de carácter mundial dentro de la cual el destino de Che­coeslovaquia parecía estar sellado: zona de ocupación.

Por cierto, mucho llegó a su fin en la Checoeslovaquia de 1968. Entre otras cosas, el proyecto para construir un socialismo con rostro humano.

Desde 1968 los checoeslovacos supieron definitivamente que el socialismo no podía tener, por lo menos en su país, un rostro humano. Pero ese era tam­bién un punto de partida. Porque desde ese momento también supieron que un cambio en el país ya no podía tener un caracter intersocialista y que el camino de pacto o díalogo con la Nomenklatura, a diferencias de lo que ocurría en Hungría y Polonia, estaba cerrado para siempre. Esto significaba que las futuras luchas debían darse en términos de confrontación abierta, lo que en cierto modo clarificaba los términos. Desde ese punto de vista, la lucha contra el régimen parecía más difícil; pero desde otro, quedaba de­mostrado que la Nomenklatura, a diferencia con la de otros países socialistas, no tenía más fuerzas políticas de reserva que ofrecer. Estas estaban agotadas. Se habían ido con Dubcek quien, desde su nuevo cargo de jardinero en el que fue quizás más feliz que antes, pasó a ser el símbolo de un pasado que cada vez era más leyenda.

La entrada de los tanques rusos a Checoeslovaquia en 1968 fue desde el punto de vista militar una obra maestra. Pero desde el político fue una catástrofe. Entre otras cosas, le costaría a la URSS el resto de simpatía que tenía entre los sectores democráticos de Occidente.

No hay que olvidar que, mal que mal, todavía se mantenía la leyenda de la URSS luchando a muerte contra el fascismo. En cierto modo la URSS pudo vender la imágen de su in­vasión a Hungría como un acto antifacista, lo que tenía cierta credibilidad a poco más de un decenio de la guerra mundial. Kruschev y sus reformas ha­bían despertado más de alguna esperanza al interior de las izquierdas de­mocráticas, y todavía se pensaba que Breschnev podría continuarlas. Figu­ras tan respetadas como Sartre habían dado su voto de confianza al comu­nismo soviético de post-guerra. Los propios seguidores de Dubcek no creían en la posibilidad de una invasión. ¿No eran al fin y al cabo ellos los mejores socialistas del país, los únicos en condiciones de garantizar la adhesión po­lítica a la URSS? Por si fuera poco, los más importantes Partidos Comunistas de Europa Occidental habían puesto toda su esperanza en Dubcek.

El PC checoeslovaco representaba no solamente la utopía del "socialismo con rostro humano", además brindaba a la URSS la posibilidad para una desestalinización radical en sus relaciones con su periferia. Parecía, efecti­vamente, haber llegado el momento de la europeización del comunismo, en cuyo marco podrían insertarse partidos como el italiano, el francés, el espa­ñol. Por si fuera poco, los bulliciosos jóvenes del 68 ya habían inscrito el nombre de Praga en sus banderas.

Si la URSS hubiése apoyado a Dubcek, podría incluso haber canalizado el potencial energético de la juventud uni­versitaria europea a su favor. Hoy, mirando en perspectiva tales posibili­dades, es posible pensar que si Breschnew y sus consejeros hubiésen tenido un mínimo, no digamos de inteligencia, sino que de sentido común, para evaluar la situación checoeslovaca, el fin del imperio soviético no habría sido posible; por lo menos en la forma en que tuvo lugar. Por último, hay que agregar que 1968 dió un impulso moral a la propia disidencia soviética, como reconoció Andrew Sacharow en una entrevista (Le Monde 19 de agosto de 1978). No hay que ser pues demasiado inteligente para encontrar ciertas re­laciones entre Praga de 1968 y Moscú de 1990.

El propio fenómeno del eurocomunismo de los años sesenta no puede explicarse totalmente sin la invasión a Praga. Y visto en perspectiva, el eu­rocomunismo, aunque fracasó en sus respectivos países, fue uno de los principales factores erosionadores del imperio soviético. Significó, ni más ni menos, la imposibilidad de la URSS de expandirse politicamente hacia Europa Occidental. La idea que incluso Stalin acarició hasta sus últimos momentos, la de la revolución mundial con hegemonía soviética, terminaba para siempre con el eurocomunismo. Si el comunismo debía seguir expandiéndose, debía hacerlo militarmente, lo que también era imposible realizar en Europa Occi­dental sin provocar una guerra mundial que perdería todo el planeta. En fin, si 1989 significó la muerte material del comunismo, 1968, con la invasión a Praga, señalizó su muerte ideológica, condición, al fin, de la primera.

Quienes extraerían las mejores lecciones de los acontecimientos de Praga serían los disidentes de los demás países de Europa del Este. Para Kurón y Mischnik por ejemplo, quedó desde ese momento claro que la lucha polaca debería evitar por todos los medios provocar una invasión de la URSS para lo cual era fundamental no dividir a la Nomenklatura nacional, pero sí, negociar con ella cuando fuera posible. La segunda, y quizás más importante lección, fue que una transformación radical de los países socialistas satélites no era posible si no ocurrían cambios paralelos en la URSS, o lo que es igual: se hacía necesario acumular fuerzas para cuando llegara el momento en que apareciera un nuevo Kruschev como decía Misch­nik. El nuevo Kruschev apareció al fin, en la figura de Gorbachov.

Pero la lección más decisiva fue la si­guiente: la revolución no podía ser posible en un sólo país, sino que debía realizarse de una manera permanente o inenterrumpida, atendiendo a las condiciones desiguales que imperaban en el desarrollo de cada uno. El lector avisado se habrá dado cuenta que estoy aludienndo nada menos que a la te­sis defendida por Trotzky en relación a la revolución socialista que debería tener, según él, en Occidente. El revolucionario ruso se habría caído de es­paldas si hubiera sabido que su tesis era correcta, pero no para implantar el comunismo, sino que para derribarlo. Y esa tesis, defendida por supuesto con otra terminología por los disidentes de los países de Europa del Este, demostró en 1989 ser absolutamente cierta. Como escribía Pelikán, ya en el año 1977 "Las derrotas del pasado, en Hungría en 1956 y Polonia, y en 1968 en la primavera de Praga, permiten hacer un pronóstico que parece ser im­portante: La liberación del sistema stalinista y el desarrollo de un socialismo que se diferencie del modelo soviético, no pueden ser realizados en los lí­mites de un sólo país".

La convicción de que la revolución antitotalitaria debía tener un ca­rácter permanente llevó a los disidentes a establecer relaciones internacionales entre ellos, teniendo lugar lo que Pelikán llamaría un nuevo internacionalismo de acuerdo al cual la disidencia coordinaba sus acciones e intercambiaba sus respectivas experiencias sin someterse a ninguna conduc­ción especial. Particularmente intensivas fueron las relaciones entre Carta 77 en Checoeslovaquia y el KOR polaco. Todos los esfuerzos gastados en cua­renta años por la URSS destinados a fundar una Internacional para implan­tar el comunismo no funcionaron mejor que los pocos años que gastaron los disidentes en crear relaciones internacionales con el objetivo de derribarlo.

También los disidentes checoeslovacos extrajeron sus conclusiones. No habiendo más esperanzas en el socialismo reformado, no quedaba más alter­nativa que enfrentarlo "desde fuera" del Partido, sobre todo si se tomaba en cuenta que después de 1968 la URSS había cambiado al propio Partido, caso único en la historia de las "democracias populares".

Según datos pro­porcionados por el propio Comité Central, hacia septiembre de 1970, 475.731 miembros habían dejado de pertenecer al Partido. Según otras informaciones la cifra rebasaba el número de 600.000 persona. En otras palabras, ya no existía más una Nomenklatura nacional. Husak y los suyos no eran más que una simple embajada soviética en el poder. ¿Como enfrentar a esa asociación mercenaria? Militarmente era imposible, puesto que siempre significaría perder. La única alternativa era hacerlo moralmente, apelando a la conciencia ciudadana, denunciando la permanente violación a los derechos humanos. Es por esa razón que mientras KOR y Solidarnosc fueron las fuerzas más políticas de la resistencia, Carta 77 fue la con más fuerza moral.

Los disidentes agrupados en Carta no se consideraban siquiera como una organización política (aunque lo era) sino que como una fuerza moral, y en su primera declaración del 11 de enero de 1977 se definía como una "asociación informal y libre de seres humanos de diferentes ideologías, diferentes creencias y diversas profesiones" (Garton Asch 1990:63). Princi­palmente Havel hizo de los principios morales un programa, en un país en que el régimen se caracterizaba por su inmoralidad de origen, de facto y de praxis.

Luchar contra la mentira era la estrategia de Havel y los suyos. De­nunciarla donde estuviera y como fuera era su principio de acción. Mientras más perseguidos y encarcelados eran, mayor era su presencia moral, y menor era la de ese régimen que ya no creía ni en sí mismo, y que se ex­presaba, como suele ocurrir en los sistemas sin legitimidad, en actividades corruptas, lo que se traducía, entre otras cosas, en su total ineficacia polí­tica y económica. Como afirmaba Havel en una conferencia en Toulousse: "Una sóla persona que se atreva a gritar la palabra libertad, y que la de­fiende con todo su ser y su vida puede ser más poderosa que miles de electores anónimos, aunque formalmente le sean arrebatadas todas las li­bertades". Este fue el Credo de Carta 77 que por lo demás no era una sóla persona, pues su circulo de simpatizantes eran millares. Pero la prédica con el ejemplo fue, sin dudas, una de las características de la disidencia che­coeslovaca, hasta el punto que a veces se tiene la impresión de que ser en­viado a la cárcel por el régimen era motivo de orgullo, por una parte, y un paso politicamente calculado, por otra. Si la Nomenklatura lo hubiera sabido, habría abierto todas las puertas de todas las cárceles. Quizás se habría mantenido un par de meses más en el poder.

La moral convertida en política explica por qué la rebelión checoeslovaca fue principalmente portada por sectores sociales no inmediatamente vincula­dos a intereses materiales, como estudiantes, artistas e intelectuales. Para ellos, la principal reivindicación no eran los aumentos de sa­larios, sino la libertad de acción y de palabra. A diferencias de Polonia en donde los intereses culturales se articularon con los económicos, en Che­coeslovaquia los últimos se articularían con los primeros. Eso explica también que a la hora de hacerse del poder, Havel y los suyos tuvieran menos ideas concretas para gobernar que la gente de Walesa de quien se tiene la im­presión que ya antes de 1980 guardaba un programa de gobierno en su dormitorio.

Viernes 24 de noviembre de 1989. La Nomenklatura ha sido derrotada; sin dignidad, como en Hungría; sin negociar, como en Polonia; vergonzosa­mente, como se lo merecía. Al igual que en el entierro de Nagy en Budapest, ha llegado el ansiado día en que la nación se encuentra con su historia. Pero, a diferencias con Hungría, el Nagy checoeslovaco está vivo, y el pue­blo lo llama: ¡Dubcek, Dubcek, Dubcek! El ya anciano líder comunista asoma a los balcones. 1968 está ahí, de nuevo, y la gente no pudo contener más las lágrimas. Todos saben que la primavera de 1968 no volverá; pertenece al pasado; pero también saben lo decisiva que ha sido en la liberación, no sólo de Checoeslovaquia, sino de todos los países socialistas. 1989 fue la rei­vindicación de 1968. Pero como todo pasado, no puede ser revivido. Dubcek, antes que nada es un símbolo, y como tal fue reintegrado al nuevo poder; simbolicamente.

Texto extractado y resumido del libro  "El Orden del Caos, Historia del fin del Comunismo"" de Fernando Mires. Editorial Araucaria, Buenos Aires, 2005.