El delito de pretender comprar una batería





Al girar la llave del encendido del carro, el ruido extraño del motor, como de agotamiento por tanto esfuerzo, nos dio la inconfundible señal de que la batería estaba llegando a su final. Nos estaba anunciando que nos preparáramos psicológicamente porque estaba dando sus últimos estertores.

Cristian y yo nos miramos con cara de terror. Buscamos la factura de la batería y, según la fecha de compra, acababa de cumplir 14 meses funcionando. O sea, el agónico ruido era la despedida de la fuente de energía y el inicio del cuento de terror que significa en Venezuela pretender comprar una batería de automóvil.

En cualquier país normal y decente, por muy pobre que sea, lo común en estos casos es dirigirse a cualquier negocio de ventas de baterías, comprar una y cambiarla. Hasta no hace mucho tiempo, incluso en tiendas por departamentos como Makro o Epa, uno conseguía la batería necesitada sin mayor problema que escoger la marca, amperaje y procedencia -nacional o importada-.

Pero eso era sencillo como en cualquier parte del mundo (excepto en Cuba, supongo), cuando esto era Venezuela. En la república bolivariana de venezuela legada por Chávez, las cosas han cambiado y lo que en cualquier parte del orbe no es más que un simple trámite, una negociación entre alguien que necesita algo y tiene el dinero para comprarlo y un proveedor que tiene el producto y lo quiere vender. -Sencillito, ¿no?-. Pues aquí eso implica un titánico esfuerzo y una interminable pesadilla. Hasta título de propiedad del vehículo hay que presentar y no permiten comprar más de una batería por auto cada 6 meses. No tardarán en imponer allí también las captahuellas con cuya venta alguien debe estarse haciendo multimillonario pues las terminarán poniendo hasta en los baños de carreteras.

Cristian y yo nos persignamos y encomendamos a todos los santos y arrancamos a hacer las diligencias que teníamos pendientes. No queríamos apagar el motor para evitar malos ratos, pero uno de los trámites que debíamos realizar precisaba de la firma de ambos, por lo que tuvimos que estacionar, apagar el carro con el miedo en el alma y dirigirnos con optimismo, con fe, a las oficinas donde debíamos firmar.

Al volver al carro, la pesadilla cobró carne. La fe no nos funcionó. ¡El carro no quiso prender! Ni siquiera hizo un pequeño intento. Sonó “clic” y de allí no hubo quien lo sacara.

Me bajé y empecé a empujar. Por suerte, es sincrónico. Pero, el piso era de una fina arena y los zapatos se me resbalaban. A cada intento por mover el carro, me deslizaba hacia atrás y el remardito vehículo ni se inmutaba. En cualquier momento terminaría de jeta en el piso.

Un alma caritativa que estacionó su carro junto al nuestro, se compadeció de mi sufrimiento y, sin siquiera solicitárselo, se puso a mi lado y me ayudó a empujar. Al instante, el motor rugió y arrancó. A nadie le falta Dios, diría mi madre.

Cadena por el pin. Cadena de Whatsapp. Llamadas a amigos. Grito al cielo. ¡Alguien que nos ayude a conseguir una batería!

Las colas en los establecimientos de venta de baterías son de dos y tres días. A las dos de la madrugada ya hay gente en las afueras de los negocios para hacer su fila. Con Griffith blanco marcan el número de llegada en los parabrisas. Los vendedores de café y guarapos aprovechan. También los de empanadas. Los malandros también. Ya ha habido casos de atracos en esas colas.

Todo un negocio paralelo e ilegal ha ido prosperando alrededor de la necesidad de baterías. Desde el empleado que se rebusca una ganancia vendiendo a sus clientes por la izquierda, hasta el revendedor que las vende a más del doble de su precio. Desde el que hace la cola y vende el puesto, hasta el vecino del establecimiento que por mil bolívares se queda esa noche con el vehículo y a la mañana siguiente te lo entrega con su batería nueva.

¡Hasta 10 mil bolívares nos han pedido por una batería que en el mercado formal no debería pasar de 3 mil! Algunos se han dedicado a importarlas de Ecuador a dolar paralelo y las venden al precio equivalente, mas de 7 mil una que normalmente costaría 3 mil o 3 mil 500. Garantía de 6 meses nada más pues aunque el fabricante ofrece 2 años, en Venezuela se evitan problemas y lo dejan en 6 meses. Porque aquí no solo es complicado comprarlas y venderlas, también lo es el sistema de garantía, entonces se evitan problemas y solo responden por cambios, por otra batería, si presenta desperfectos durante esos 6 meses. Después, a llorar al Valle.

Otra modalidad es comprar por 500 o mil bolívares menos que el precio de revendedores, una batería usada, sin garantía y, muy probablemente, robada porque el robo de baterías es un “negocio” que ha florecido con la revolución. Tan frecuente, que hay compañías de seguros que basan sus publicidad en un seguro especial para las baterías.

Para comprar la batería nueva, uno debe llevar la batería vieja. Pero no es tan fácil, también se debe llevar el carro al que le va a poner la batería nueva. ¿Que el carro no prende porque no tiene batería? ¿Porque te robaron la batería? No es mi problema. Si no está el auto y no hay batería vieja, no puedes comprar una nueva. Son las normas.

¿Drogas? Ah, no, tranquilos. Eso sí se compra con facilidad. En cualquier casa de vecino te dan las señas de quién y dónde las venden. ¿Qué quieres? ¿Marihuana? ¿Coca? ¿Crakc? Cualquiera te indica dónde y en tres minutos cumples tu deseo. Para comprar alimentos, medicinas, productos de limpieza o de aseo personal y baterías sí es más complicado porque son actividades que han llegado a ser delito que se paga con cárcel en la tierra bolivariana de Chávez y Nicolás.