¿Dónde queda Marte?, por @felixpalazzi



Pese a la complicada situación del país y con lo difícil que ya se hace conseguir un pasaje para trasladarse al exterior, parece que el planeta Marte se ha convertido en un nuevo destino y atractivo turístico para los venezolanos, incluso sin retorno. Aunque no se sepa exactamente si se trata de un destino placentero o no. Por ahora, es imposible disfrutar la experiencia de usar un transbordador espacial para emprender un viaje a otros planteas. Pero lo cierto es que desde hace años el país se nos ha transformado en un paisaje desconocido y extraño, en el que incluso se nos hace difícil entendernos entre nosotros mismos y tratarnos bien.

El planeta rojo -o Marte- siempre ha estado presente en la historia de la humanidad. Se han escrito novelas y distintas ficciones en torno a este planeta. Aún así, carece de significado en relación con lo que vivimos los venezolanos, salvo para aquellos que creen en la astrología. El problema real, para nosotros, es que el aludido viaje oficial a Marte representa la ceguera ante la necesidad urgente de encontrarnos y reconstruir un espacio en el que podamos vivir todos juntos.

El 9 de noviembre por primera vez se bajó a la Chinita en la plaza de San Pedro, en Roma. Ese mismo día el Papa Francisco recordaba la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, que posee un especial significado en la tradición católica. En el Ángelus el Papa dijo que la Iglesia está conformada, no por edificios hechos de ladrillos, sino por la gracia de Dios. Podemos analogarlo a un país, entendiendo que éste no se conforma sólo por sus fronteras e instituciones, sino por su gente, "todos los ciudadanos", y no sólo una parte de ellos o un grupo. Es algo ya claro que para entendernos como país, o nos entendemos todos y a todos, o sencillamente no habrá nunca un proyecto común de paz y bienestar.

¿Cómo lograr esto? No hay recetas. Lo complicado de nuestro panorama nacional es que toda solución debe pasar por la búsqueda de caminos compartidos. Francisco nos ofrece una posible actitud con la cual empezar: buscar la coherencia. Él se refiere a la coherencia en la fe, que se traduce en la vida cotidiana como la necesidad de actuar en correspondencia con aquello que se postula o se asume como deseable. Actuar coherentemente y sin exclusión es una luz que podemos encender en las tinieblas de nuestra realidad actual. La coherencia se inicia con nuestras propias actitudes, pero también ha de ser un valor que se deje traslucir en formas institucionales. Es decir, que no es sólo un valor privado o personal, sino también público y político.

El día que se bajó a la Chinita en la plaza de San Pedro, el Papa invitó a reflexionar sobre la comunión, ese "empeño para que la humanidad supere las fronteras de la enemistad y la indiferencia; a construir puentes de compresión y de diálogo para hacer del mundo entero una familia de pueblos reconciliados, fraternos y solidarios" (Ángelus, 9 de noviembre del 2014). El problema no es si viajamos a Marte y nos quedamos en él. El problema real es si asumimos el reto de vivir coherentemente y con verdad donde nos encontremos.