Cuando los padres se enferman


Ma Denisse Fanianos de Capriles 05 de noviembre de 2014

Recuerdo, cuando estaba en primaria, que el maestro de ciencias naturales nos enseñaba que los seres humanos nacían, crecían, se reproducían y morían. A eso lo llamaban el ciclo de la vida. Lo explicaban de manera muy sencilla, y me acuerdo que copiábamos en el cuaderno una especie de esquema con flechas de colores, que luego memorizábamos porque esa iba a ser una pregunta fija en el examen mensual. No sé durante cuántos años nos repitieron esa enseñanza.

Lo cierto es que en ese esquema faltaba algo. Por ejemplo, entre nacer, crecer, reproducirse y morir hay etapas muy importantes por las que pasamos todos como enfermar y envejecer. Eso luego lo aprende uno por experiencia propia en la familia. Primero con los bisabuelos, luego con los abuelos y después con los padres, si es que tenemos la bendición que nuestros hijos no se enfermen de manera grave siendo pequeños.

El hecho es que la enfermedad y la vejez son una realidad que a todos nos va a tocar y llegar, más tarde o más temprano. Una realidad que debemos estar preparados para afrontar. Pienso que ese es un tema que de vez en cuando debemos conversar con los hijos, nietos, tíos, primos, amigos, etc., porque de esa manera uno llega a plantearse una posibilidad de futuro que va a requerir sacrificio de nuestra parte, tiempo, esfuerzo y un trabajo adicional que a lo mejor no lo habíamos incluido en nuestros planes.

Y saber, sobre todo en este mundo donde se valora tanto la salud y la apariencia, que en cualquier momento podemos enfrentar una enfermedad que no la esperábamos. Una enfermedad que nos puede cambiar la vida, al enfermo y a la familia, de la noche a la mañana. He sabido de varios casos en personas que estaban completamente sanas, y relativamente jóvenes, que de repente sufren un derrame cerebral, o se les desarrolla un trastorno bipolar, mal de Alzheimer, cáncer, etc.

Eso es algo muy fuerte, pero cuando uno vive consciente que a cualquiera de nosotros (o de nuestros padres o abuelos) nos puede tocar, uno se va preparando psicológicamente (y hasta físicamente, incluyendo el tema de dónde van a vivir los padres, etc.) para afrontar esa situación de la mejor manera.

Ustedes me dirán: pero, ¿por qué hablar de algo que es tan elemental en estos momentos? Porque lamentablemente el tema del abandono de los enfermos y los ancianos se ha vuelto algo muy común. Estamos viviendo en un mundo tan agitado que el pensar en dedicar parte de nuestro tiempo a cuidar a nuestros padres o abuelos es algo que "no cabe en el esquema". Y es que en esta sociedad de carrera desenfrenada por hacer dinero, por viajar, etc., muchas veces dejamos a nuestros enfermos o ancianos solos.

Hace unas semanas mis dos hijas pequeñas (con un grupo de amigas) fueron a un ancianato que hay aquí en Caracas y ellas me contaban que quienes cuidaban a los viejitos les dijeron que ellos recibían muy pocas visitas. Cuando mis hijas se fueron los viejitos les decían: “vuelvan pronto, vuelvan pronto”.

El tema de la soledad de los enfermos y ancianos es algo muy fuerte. Es tan así que la intención universal del apostolado de la oración del Santo Padre para este mes de noviembre es: ''Para que las personas que sufren la soledad sientan la cercanía de Dios y el apoyo de los hermanos''. Es muy triste la soledad en la enfermedad y en la vejez. Y es que en esta época ser viejo o ser enfermo es como un estorbo. ¡Qué cosa tan triste!

Todos sabemos que es muy duro cuidar a una persona enferma o mayor, y más si ya no tiene cabeza para hilar bien las ideas. Pero no tiene precio, ¡de verdad!, sentarte con tu viejito o tu viejita a acariciarle la mano o la cabeza, a cantarle alguna canción, a echarle bromas, a darle muchos besitos... La sonrisa que sale de esa boca cuando les damos muestras de cariño vale más que mil palabras, esas que tu viejito o viejita te quieren decir y que no pueden.

No hay cosa más rica que consentirlos, darles su comida predilecta, bañarlos, vestirlos, peinarlos y ponerles su colonia preferida. ¡Sí!, aquella colonia que fue uno de los primeros olores que registró nuestro cerebro cuando estábamos chiquitos. Esa colonia que nos trae tantos recuerdos, recuerdos de aquellas ocasiones especiales (cumpleaños, Navidad, etc.) cuando nos preparaban nuestros platos preferidos o nos traían un regalo especial. O cuando salíamos al parque y nos enseñaban las calles, el Ávila, y nos echaban los cuentos de su época.

También para ellos es un gran regalo que estemos pendientes de sus medicinas, de llevarles un sacerdote para que les dé su comunión y en el momento que consideremos oportuno la unción de los enfermos.

¡Que Dios bendiga a todos nuestros enfermos y ancianos! ¡Que nunca los dejemos solos, porque necesitan nuestro amor! ¡Que nuestras familias enseñen a sus hijos y a sus nietos el gran tesoro que pueden encontrar a través de la vejez y de la enfermedad! ¡Que nuestras familias sean verdaderos hogares de amor y ternura para esas personas tan especiales! Y recordemos siempre que normalmente los hijos nos cuidarán como nosotros cuidamos a nuestros padres.