Un supuesto debate, por @lmesculpi

Luis Manuel Esculpí octubre de 2014

Confieso que intenté evadir la tentación de referirme nuevamente a la violencia en su faz más monstruosa, en particular al crimen del diputado y su asistente o a los sucesos de Quinta Crespo y a las diversas versiones del gobierno ante estos hechos. Con toda razón editorialistas, articulistas y opinadores en general, han tratado el tema desde los más variados e interesantes ángulos.

Una tarde de la pasada semana dediqué un par de horas a ver, por el canal de los Directivos de la Asamblea Nacional (cosa que no hago con frecuencia y mucho menos recomiendo), el “debate” sobre el horrendo crimen de La Pastora. Esta visión me imposibilitó parcialmente el propósito de evasión, y me obliga a tratarlo, aunque solo sea tangencialmente.

No se puede llamar "debate" a ese torneo de insultos por parte de la bancada oficialista, ni siquiera en términos eufemísticos. Después de escuchar los discursos de la Vicepresidente Blanca Eekhout, del otro Vicepresidente Darío Vivas y del no menos flamante Presidente Diosdado Cabello (con sus continuas e insidiosas acotaciones) resultó inevitable rememorar los días del antiguo Congreso Nacional, del cual formamos parte. No hay que ser firme partidario de la manida frase "todo tiempo pasado fue mejor" que, como señaló Ernesto Sábato, indicaría que en antes no sucedieran malas, ya que fuimos duros críticos en el Parlamento Nacional y a los gobiernos de esos períodos. Pero no hay comparación que valga, por sólo hablar de las Directivas de la Cámara de Diputados de Presidentes como José Rodríguez Iturbe, Carmelo Lauría o Ramón Guillermo Aveledo, o Vicepresidentes como Moisés Moleiro, Eloy Torres o Victor D'Paola para nombrar tres de mis amigos y compañeros. No se trata solo de la comparación hombre a hombre, "libra a libra", como acostumbraba decir el afamado cronista deportivo Eladio Secades, sobre todo por la calidad del debate, por muy ardorosos que fueran, y haciendo uso de todos las artes y recursos la vehemencia, la ironía y hasta el humor siempre estaban presentes en el Capitolio Federal.

El talante democrático, caracterizado por el respeto a las minorías y a las opiniones contrarias, a los acuerdos, propio de todo Parlamento, está ausente ahora de la Asamblea; ha sido sustituido por la provocación, por el lenguaje soez, procaz e insultante. La mentira descarada es "moneda de curso legal" en el Capitolio, llegando hasta el punto de comparar los abominables crímenes de Anderson y Serra, con otros fallecidos en accidentes, por muerte natural u otro crimen cometido por el hampa como estableció el CICPC, para así darle connotación heroica.

El solo hecho de ver una sesión como esa de la Asamblea no debe dejar lugar a dudas en los sectores democráticos, respecto a la importancia de las elecciones del próximo año, al margen de cualquier divergencia, transformar esa institución, logrando obtener la mayoría, lo que es perfectamente posible, constituye un objetivo prioritario. No comprenderlo puede constituir un lamentable y gravísimo error.