Febrero de 1934: el final de Viena la Roja


Henri Wilno


Durante un año, la victoria sin lucha del fascismo alemán ha sido un lastre para el proletariado internacional (...). Ha sido entonces cuando, rodeado por el exterior de poderosos estados reaccionarios, y en el interior por dos corrientes contrarrevolucionarias, se ha levantado el proletariado austríaco /1. La insurrección de los trabajadores vieneses fue efectivamente, con la guerra de España, la única resistencia armada contra la llegada del fascismo. Su fracaso forma parte de las tragedias del siglo XX.

Antes de esas jornadas de combate, “Viena la Roja” tenía el aura de las grandes conquistas sociales para los obreros y de un partido socialdemócrata (SDAPÖ) /2, cuya poderosa milicia armada sabría derrotar, cuando llegara el momento, a la reacción. Todo eso se hundió en unos días, pero las premisas de la derrota estaban inscritas en gran medida en los acontecimientos ocurridos desde 1919. En varias ocasiones los socialdemócratas austriacos habían parecido estar a las puertas del poder pero, en cada una de ellas, habían retrocedido de tal forma que el enfrentamiento militar se situó en el momento en que sin duda su hora había pasado. Aunque, por supuesto, el éxito no habría sido seguro con una estrategia más audaz.

1918-1919: el retroceso ante la toma del poder

El 14 de enero de 1918, comenzaron las huelgas en Viena y se extendieron rápidamente a toda Austria y a otras partes del imperio austrohúngaro. En los motivos se mezclaban el racionamiento alimenticio y la aspiración al fin de la guerra. En un texto escrito en 1923, Otto Bauer, que era en 1918 uno de los dirigentes de la izquierda de la socialdemocracia, insistía en la esperanza que tenían las masas “ de poder transformar inmediatamente la huelga en revolución, de apoderarse del poder y de ganar la paz”. El gobierno imperial parecía impotente y, sin embargo, en lugar de ponerse a la cabeza del movimiento, los dirigentes de la socialdemocracia austríaca, tanto la derecha como la izquierda del partido, se dedicaron a canalizar el movimiento, a evitar (no sin dificultades) que se desbordara arrancando concesiones de fachada al gobierno.

En el texto citado, Otto Bauer precisa: “no podíamos querer la transformación de la huelga en revolución”. Insiste sobre el riesgo de represión interna y de una eventual entrada en Austria, para aplastar la revolución, de tropas alemanas por el norte y de tropas de la Entente (aliados de Francia) en el sur. Como subraya Roman Rodolsky, Otto Bauer “ para probar que la huelga de enero estaba condenada al fracaso, construyó el modelo de una revolución limitada a Austria, confrontada a un poderoso enemigo exterior, que estaría él mismo inmunizado contra toda sacudida revolucionaria /3, lo que era muy discutible unos meses antes del hundimiento de los dos Imperios centrales.

En el otoño de 1918, la monarquía austrohúngara se dislocó. Más que reivindicar el poder para los consejos de obreros y de soldados que se desarrollaban, los socialdemócratas aceptaron dirigir un gobierno de coalición surgido de la Asamblea Nacional provisional. Los Consejos eran un lugar de debate político pero también de asunción de necesidades concretas de la sociedad en una situación de crisis del estado: abastecimiento, gestión de la vivienda, apoyo a los parados; tomaron el control de algunas empresas. No hubo evolución hacia una situación de doble poder, en particular debido a la hegemonía socialdemócrata en su seno y a la confianza que los trabajadores, incluso los favorables a una salida revolucionaria, les daban: las elecciones a los consejos darán menos del 10% de votos a los comunistas.

Los comunistas, que reivindicaban una República de Consejos, no lograron que se les uniera ningún dirigente importante de la socialdemocracia. Una Asamblea Constituyente fue elegida en febrero de 1919, el socialdemócrata Karl Renner se convirtió en el canciller mientras la revolución ganaba Hungría, (el 21 de marzo de 1919) y Baviera (7 de abril). La República de los Consejos de Budapest se dirigió hacia Viena para obtener un apoyo, pero los socialdemócratas persistieron en su política de unión nacional.

Otto Bauer (entonces ministro de asuntos exteriores) siempre reconoció en sus escritos que la toma del poder habría sido posible en aquel momento, pero sostenía que el poder proletario no habría durado, confrontado a la contrarrevolución y a la intervención de las potencias extranjeras. Se añadía a ello la situación económica de Austria que, segregada del antiguo Imperio, no podía subsistir sin grandes importaciones de carbón y de cereales. Más valía, por tanto, conservar un partido socialdemócrata poderoso que arriesgarse a perderlo todo.

Desde este punto de vista, las iniciativas de los comunistas austríacos debían ser combatidas: sus acciones en la óptica de la toma del poder en abril y junio de 1919 fueron, por tanto, reprimidas con la participación de los ministros socialistas, mientras que el SDAPÖ utilizaba su influencia en los consejos obreros para aislar a los comunistas. Las revoluciones bávara y húngara fueron abandonadas a su suerte; sin embargo si Austria hubiera dado la mano de un lado a Hungría, y del otro a Baviera, la situación en Europa central habría quizá sido cambiada radicalmente /4. El aplastamiento de la revolución húngara tuvo un eco en los consejos austríacos, que los socialdemócratas se dedicaron a vaciar de su sustancia revolucionaria y a hacer entrar en el molde de las instituciones. Las funciones que ejercían volvieron poco a poco a las administraciones y el mercado. Una ley de mayo de 1919 organizó la representación del personal en las empresas. Otto Bauer, por su parte, insistía en el hecho de que una colectivización de la economía necesitaba una formación previa de los trabajadores.

Viena la roja

En las elecciones de 1920, los socialdemócratas fueron relegados al segundo lugar. Perdieron el puesto de canciller en beneficio de los socialcristianos (pero permanecieron durante un tiempo en el gobierno). Entraron en vigor un cierto número de reformas sociales importantes (vacaciones pagadas, reducción del tiempo de trabajo, seguro de enfermedad, derecho de voto de las mujeres, prohibición del trabajo de los niños, abolición de la pena de muerte, etc.): la socialdemocracia quería demostrar que si bien renunciaba temporalmente (?) a la revolución social, seguía luchando por más justicia social.

Por otra parte, el SDAPÖ cogió en sus manos la gestión de la provincia de Viena en la que era hegemónico. El carácter federal de la constitución daba en efecto amplios márgenes de maniobra a las autoridades de la ciudad. En Viena, los socialdemócratas impulsaron realizaciones considerables: construcción de grandiosas barriadas obreras dotadas de apartamentos confortables (como el Karl-Marx-Hof) y de guarderías; creación de centros de salud y de colonias de vacaciones; reforma de la educación, etc. Estas innegables mejoras de la situación de los trabajadores permitieron a los socialistas conservar una amplia base. “Viena la Roja” se convirtió en un modelo.

La socialdemocracia austríaca escapaba a la división del movimiento obrero: el partido comunista seguía siendo muy minoritario, el partido socialdemócrata contaba con unos 700.000 miembros (en un país de menos de 7 millones de habitantes) y obtenía alrededor del 40% de los votos en las elecciones nacionales (41,1% en 1930). En las elecciones locales, en Viena, su resultado alcanzó el 59% en 1932. Los sindicatos de dirección socialdemócrata reagrupaban a la gran mayoría de los asalariados sindicados.

Por otra parte, la socialdemocracia disponía de su propia fuerza de autodefensa. Al final de la guerra se había formado una fuerza paramilitar, la Heimwehr, que se convirtió en una milicia antimarxista, ligada a los partidos de derechas (socialcristianos y nacional alemanes) y admiradora de los fascistas italianos (y más tarde, una minoría, de los nazis alemanes). Para frenarla, el partido socialdemócrata creó en 1923-24 el Republikanischer Schutzbund, su propia milicia de autodefensa que contaba con 80.000 miembros (es decir, más que el ejército regular austríaco) en 1928 en Viena y en las zonas industriales. Los miembros del Schutzbund estaban organizados en formaciones militares con uniformes, eran entrenados (en particular por oficiales que formaban parte del SDAPÖ), rápidamente movilizables y se habían creado almacenes de armamento. No era un servicio de orden para las manifestaciones sino una verdadera fuerza armada.

Detrás de esta fachada brillante, la dirección socialista estaba dividida pero, globalmente, en la práctica evolucionaba cada vez más hacia las posiciones de la Segunda Internacional con la que sin embargo había roto tras la guerra. El programa de socialización de la economía adoptado en el congreso de Linz en noviembre de 1926 era ciertamente muy radical (y violentamente denunciado por los partidos burgueses) pero, al mismo tiempo, el partido adoptaba la vía parlamentaria.

El giro de 1927

El año 1927 constituyó un punto de giro. El 30 de enero, el Schutzbund había organizado una contramanifestación pacífica frente a una concentración prevista por la Heimwehr en una pequeña ciudad de provincias. Dos de los manifestantes del Schutzbund fueron muertos por disparos. Los asesinos fueron juzgados y puestos en libertad el 14 de julio. Este veredicto desencadenó una indignación inmediata entre los trabajadores. Sintiendo el peligro, el jefe de la policía vienesa tomó contacto con los dirigentes socialdemócratas para preguntarles si tenían la intención de manifestarse. Éstos respondieron con la negativa. Era efectivamente así: habían decidido no hacer nada salvo un artículo de protesta en el “Arbeiter Zeitung”.

La tensión era tal que, hacia la medianoche, los trabajadores de la electricidad enviaron una delegación a ver a los dirigentes del partido: el corte de la corriente eléctrica era la señal de la huelga general insurreccional, a continuación los miembros del Schutzbund debían armarse. Al saber la noticia de la llegada de la delegación los dirigentes del partido desaparecieron /5.

Por la mañana, los obreros se manifestaron por el centro de Viena. En un tomo de su autobiografía publicado en 1980, Elias Canetti, premio Nobel de literatura, que entonces tenía 22 años, estudiante y no militante, cuenta: “ Siento aún la indignación que me invadió cuando tuve en mis manos el periódico “Die Reichpost” [diario gubernamental]; había un enorme titular: “Un veredicto justificado” (...) Desde todos los distritos de la ciudad, los obreros afluyeron en nutridos cortejos hacia el Palacio de Justicia que, solo con su nombre, encarnaba para ellos la injusticia. Mi propio ejemplo me mostró cómo esta reacción fue espontánea. Fui a la ciudad en bici para unirme lo más rápidamente posible a uno de esos cortejos.

Los obreros, ordinariamente tan disciplinados, dando toda su confianza a sus dirigentes socialdemócratas, satisfechos de su forma ejemplar de gestionar la municipalidad de Viena, los obreros actuaron ese día sin el asentimiento de sus dirigentes. Cuando dieron fuego al Palacio de Justicia Seitz,el alcalde de Viena, montado en un coche de bomberos, con el brazo levantado, les cerró el camino. Su gesto fue ineficaz: el Palacio de Justicia siguió ardiendo. La policía dio la orden de disparar: hubo noventa muertos /6.

El Schutzbund, que el partido había acabado por movilizar, tuvo como única misión intentar calmar a la multitud. Yvon Bourdet escribe que el 15 de julio de 1927 puede ser considerado como el “gran giro y el comienzo del declive de la socialdemocracia austríaca”. Ésta había progresado en las elecciones de abril de 1927, pero la credibilidad de una acción determinada del Schutzbund había quedado gravemente dañada; el bloque de los partidos burgueses apoyado por la Heimwehr se lanzó entonces a la ofensiva; empleó la “táctica del salami”: cada una de sus acciones, incluso en violación de la Constitución, no parecía suficientemente grave como para justificar la insurrección armada, pero marcaba un retroceso de las posiciones de fuerza de los trabajadores y les desmoralizaba. Por otra parte, sobre todo a partir de 1931, la crisis económica provocó un ascenso del paro y puso en dificultades el “modelo social” vienés.

Al mismo tiempo se confirmaba el deslizamiento hacia la derecha de una amplia parte de la dirección socialdemócrata y de sus responsables sindicales. En fin, los nazis comenzaban a emerger en Austria; partidarios de la unión con Alemania, estaban en oposición al bloque de los partidos burgueses y de la Heimwehr que, apoyado por Italia, evolucionaba hacia un “austro-fascismo”.

Hacia el final

Frente a la crisis, los sindicatos socialdemócratas apoyaron incesantes retrocesos en el terreno de la defensa de los salarios y de las condiciones de trabajo. Bajo el impacto del paro (en 1933, la tercera parte de la población activa no tenía ya trabajo) pero también de la desmoralización, los efectivos sindicales retrocedieron mientras que las provocaciones gubernamentales se multiplicaban. Sin embargo, en las elecciones de 1930, la socialdemocracia obtuvo aún el 41,1% de los votos.

La Heimwehr fue integrada en el gobierno del canciller Dollfuss. En febrero de 1933 tuvo lugar una huelga de ferroviarios. El gobierno respondió utilizando el ejército, deteniendo a los huelguistas y sancionando a los trabajadores. El 4 de marzo de 1932, sacando provecho de un bloqueo parlamentario, Dollfuss comenzó a gobernar por decreto. El 15 de marzo, hizo intervenir a la policía para impedir la reunión de la Asamblea. El Tribunal Constitucional fue también puesto fuera de juego. Frente a una tal violación de la Constitución, hubiera sido el momento de actuar. Como explicó posteriormente Otto Bauer, “ habríamos podido responder el 15 de marzo llamando a una huelga general. Nunca las condiciones de éxito habían sido mejores. Las masas de los trabajadores esperaban nuestra señal (...). Pero retrocedimos, completamente desconcertados, ante el combate ”.

El camino hacia el austrofascismo estaba abierto. El 31 de marzo, el Schutzbund fue disuelto, luego vino la censura de la prensa, la prohibición del partido comunista (y del partido nazi: el proyecto de Dollfuss era un estado autoritario en una Austria independiente, mientras que los nazis querían la unión con Alemania), el restablecimiento de la pena de muerte, la creación de campos para los opositores políticos, la destitución de las direcciones sindicales electas. El SDAPÖ se contentaba con protestas verbales. La desmoralización de los trabajadores y de los militantes socialdemócratas no dejaba de crecer, alcanzando incluso al Schutzbund.

En enero de 1934, Dollfuss estaba ya decidido a librarse del partido socialdemócrata y la dirección del partido lo sabía. El 21, la venta del “ Arbeiter Zeitung” fue prohibida y luego comenzaron las pesquisas para apoderarse de las armas del Schutzbund. El 11 de febrero, Fey, vicecanciller y jefe de la Heimwehr de Viena declaraba: “mañana nos pondremos a trabajar y vamos a hacer un trabajo radical”. Al mismo tiempo, los dirigentes del Schutzbund de la ciudad de Linz decidieron que se resistirían ante cualquier tentativa de desarmarles. La dirección del partido intentó disuadirles pero el mensaje en ese sentido no llegó a Linz y, el 12 de febrero, los policías que venían a registrar los locales del partido socialistas fueron recibidos con disparos.

Ante estas noticias, estallaron huelgas espontáneas en Viena y miembros del Schutzbund fueron a buscar sus armas. La dirección socialdemócrata estaba sorprendida. Otto Bauer y Julius Deutsch (el jefe del Schutzbund) se sumaron a la necesidad de la huelga general y de la insurrección. Pero fue a regañadientes, con un solo voto de diferencia en la dirección, como fue finalmente lanzado una convocatoria de huelga general y a la movilización del Schutzbund.

Paralelamente, era intentada una última concertación con el presidente social cristiano del Land de Viena... Mientras los dirigentes discutían, se perdían horas preciosas en medio de la confusión. Por ejemplo, se distribuyeron armas que luego fueron recuperadas porque había que esperar...

Nosotros mismos éramos la dirección”

Mientras los dirigentes de la derecha del partido permanecían pasivos, al margen de la insurrección, los de la izquierda no intentaron organizar y dirigir una ofensiva. En este contexto, solo una parte de las tropas del Schutzbund vienés se movilizó efectivamente. Fueron acantonadas en sus barrios. Esto dejó tiempo al adversario para tomar posición en la mayor parte de los puntos estratégicos y para hacerlos inexpugnables. Sin embargo, un informe gubernamental admitió más tarde que “las primeras horas de la tarde, hasta alrededor de las 14:30 h, habían representado un cierto período de debilidad/7. Si, como estaba previsto, el Schutzbund hubiera ocupado entonces los puentes, las estaciones, los puestos de policía, los centros de comunicación, etc., la correlación de fuerzas militar habría sido diferente.

El precio a pagar por una movilización espontánea e improvisada, tardíamente avalada sin entusiasmo por la dirección central, fue la desmovilización de amplios sectores y una mala coordinación entre los diferentes grupos insurrectos. La huelga general fue un fracaso: el miedo a perder el puesto de trabajo en un movimiento sin esperanza era muy fuerte. Los grupos del Schutzbund fueron invitados a retirarse a los barrios obreros. Un contemporáneo presente en Viena insiste en que, al contrario de 1927, “ no serían los trabajadores los que invadían el centro, sino al contrario, los soldados del gobierno quienes ganaban los suburbios habitados por los trabajadores / 8.

El movimiento estaba en gran medida abandonado a sí mismo. Una fórmula resume la situación tal como era vivida por un buen número de combatientes: “ nosotros mismos éramos la dirección/9. El ejército se lanzó al asalto de los barrios obreros de Viena. Los trabajadores y los militantes se defendieron con valentía, casa por casa, hasta el punto de que el gobierno decidió recurrir a la artillería. Se desarrollaron combates violentos también en Graz, Steyr y en numerosas ciudades industriales. Las fuerzas de represión necesitaron cuatro días para acabar con la insurrección. El número de muertes por parte de los combatientes del Schutzbund y de la población obrera se elevó a varios centenares, mientras que la represión y la intimidación se abatían sobre el conjunto de Austria.

La experiencia austriaca de 1918 a 1934 es rica en enseñanzas tanto en sus diferentes etapas como en su conclusión. El fin heroico de Viena la Roja contrasta con el hundimiento en 1933 del movimiento obrero alemán, socialdemócrata y comunista. Tras la derrota de 1934 vino, en marzo de 1938, el Anschluss (anexión a la Alemania nazi). El austrofascismo le había abierto el camino.