El Japón de Mª. Ángeles Robles: qué grato descubrimiento

A veces acontece la alegría por triplicado: una editorial de factura siempre exquisita, una escritora que alumbra su primer libro, un fruto granado, puras delicatessen. A quienes conocemos desde hace años a Mª. Ángeles Robles no nos extraña tan delicioso fruto: había (hay) en ella fuerzas telúricas en contenida ebullición, el magma despacioso de la poesía que asoma para quedarse, para desplegar luminarias en esa senda en penumbra por la que todos transitamos. Su blog, El Japón de los libros, ya nos había regalado perlas de esta pasión ahora impresa. Tiene este opúsculo la circularidad del ciclo agrícola, pues se inicia con la floración temprana de las retamas y concluye con un tributo a la luna primaveral, la que luce su frialdad blanca muy de mañana (p. 119). Así define la autora la almendra del libro: Yo creo que Una senda en la penumbra. Hacia el corazón de Japón es un dietario emocional que tiene como telón de fondo mis lecturas japonesas (p. 11). Japón entrevisto, imaginado, visitado desde el remoto Occidente a través de Yukio Mishima, Miyamoto Musashi, Kamo no Chômei, Haruki Murakami, Natsume Sôseki, Yanusari Kawabata, Sei Shônagon y otros muchos referentes, entre los que brilla con luz propia Lafcadio Hearn, el occidental subyugado por la cultura japonesa con el que la autora, confiesa, inició este camino. Un libro que es revelación de un mundo lejano y, a la vez, de un mundo propio, interior, que aflora en cada pieza breve, en cada haiku, en cada mirada agradecida a las bondades de la naturaleza, a los relieves complejos de nuestra vida, que es breve fulgor. Pocos libros he leído últimamente tan dignos, tan honestamente abiertos al corazón no sólo de Japón, sino también de los lectores, y con una prosa tan bellamente escrita. Basten dos fragmentos de sendas piezas para que el lector se anime a descubrirlo en su integridad.
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EL FIN DEL FIN
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A los que creemos en la religión de la naturaleza nos queda el consuelo de ver a los que han desaparecido en el temblor sublime de los álamos.  (p. 17)

NUBES QUE PASAN
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Yo también te seguiría, como tu fiel Sora, a través de valles y montañas. Contemplaría contigo la luna, que es más hermosa sobre el monte Obatute. Recorrería senderos, que hoy no existen, hasta aquel templo que guarda la espesura. Y me sentaría a beber el sake de la hospitalidad en la cabaña aislada que construiste, junto al río Sumida, para huir del mundo. Como tú, cerraría la puerta a todo, menos a la lluvia insidiosa que se cuela por el tejado, y me dejaría arrastrar por el viento, como hacen las nubes. (p. 105)
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