Pinturas negras: el monstruo que asoma en Europa

Tomás Martínez, militante de Izquierda Anticapitalista-Granada

Si es verdad que Gramsci no se equivocó en diagnosticar que en ese claroscuro entre el viejo y el nuevo mundo nacen los monstruos, a la vuelta de la esquina podríamos ver salir de sus marginales laboratorios especímenes de todo tipo, fermentando al calor de la profunda crisis de la eurozona un bestiario dispuesto a morder inteligentemente en las instituciones de una forma casi generalizada. Entre los frescos y murales de las resistencias de los pueblos de Europa se teje una sinuosa red de pinturas negras comiendo terreno y bebiendo de la desesperanza de la clase trabajadora. En las últimas dos décadas de la onda neoliberal, la larva de la fascistización de las derechas nacionales y populistas ha puesto huevos, ha ganado cierta confianza y se ha ido asentando en los parlamentos.

Las próximas elecciones europeas constituyen una oportunidad para una ultraderecha que ya saca músculo en el continente, alimentada de manera bastante dosificada, al igual que al Minotauro cretense, por los propios gobiernos, a base de agitar el ascenso del paro, el miedo creciente a la inmigración, el descontento popular y el descrédito en el que se encuentran sumidos los partidos tradicionales.


Conviene hacer una radiografía de esta tendencia que se ha acentuado en las últimas citas electorales y realizar un rastreo de las derechas radicales del continente con presencia parlamentaria, donde han subido más rápido de lo esperado formaciones de carácter populista, ultranacionalistas y euroescépticas o abiertamente filofascistas. Este mapa podría estar en condiciones de tener grupo propio tras el 25 de Mayo. A pesar de lo alarmista y a la vez ambicioso que pudiera parecer la propuesta, no se pretende aquí más que diagnosticar la creciente y generalizada subida de grupos de ultraderecha en casi todos los países europeos y plantear la necesidad de una respuesta internacionalista y de clase a una ideología con una policromía compleja y características específicas de cada estado a las que la izquierda anticapitalista debe responder y reaccionar.

Voluntad de construir un espacio europeo común

La opción en Europa que más ha crecido en estos años es la derecha radical. Las últimas encuestas realizadas les dan casi una quinta parte de la eurocámara frente al 12% logrado en 2009, cifra que supone la mayor presencia de la extrema derecha en la historia. A pesar del crecimiento continuado en los últimos años, la coordinación de todos los grupos con escaño es poca en parte a que son muy distintos, pero ya se ha puesto en marcha.
En Enero del 2010, tras la digestión del resultado de las anteriores europeas y en pleno ascenso en varios países, se logró un acuerdo programático común, constituyéndose la Alianza Europea de Movimientos Nacionales. Las organizaciones firmantes fueron el Frente Nacional francés, Jobbik de Hungría, la Llama Tricolor italiana, el Partido Nacional Británico, Svodoba de Ucrania, el frente Nacional de Bélgica y Movimiento Social Republicano (MSR) del estado español. En Junio celebraron la primera asamblea general en Estrasburgo y desde entonces nuevos miembros se han incorporado.

La ultraderecha sólo sigue sin asaltar el parlamentarismo estatal en países periféricos y tan distintos como Irlanda, Portugal, Malta y el estado español. En el país vecino, el Partido Nacional Renovador siempre ha estado por debajo del 1% de los votos y aquí la enorme fragmentación tras el franquismo y las disputas identitarias aún impiden que al menos Democracia Nacional, España 2000 y MSR, los tres muy diferentes entre sí, converjan en algo unitario.

Esta derecha radical apuesta muy fuerte por entrar en el próximo tablero electoral. Su discurso ácido y afilado pero no únicamente panfletario, no sólo busca la impugnación de las formaciones de centro-derecha y social-liberales que han compartido gobiernos tras la Segunda Guerra Mundial, sino que ahora embiste contra quien le disputa el espacio que deja abierto la crisis: las fuerzas de la izquierda reformista.
Los mejores ejemplos de esta pelea por el poder nos los proporcionan dos modelos de ultraderecha diversos, las de Francia y Grecia. Así lo pudimos ver en las elecciones presidenciales de 2012 en el país galo, donde se batieron Marine Le Pen y Mélenchon, con un programa que preocupantemente compartía puntos en cuanto a la identidad nacional. Y en el que es alumno más aventajado de la troika, el enemigo declarado de Amanecer Dorado es Alexis Tsipras.

La incidencia de estas formaciones ultras en el europarlamento hasta ahora es débil, pero la mera presencia actúa como altavoz de sus incendiarias y populistas propuestas. Se convierten así en fáciles transmisoras de la oportunidad de influir que se les presenta en cada país debido a una correlación de fuerzas favorable a llevar en bastantes estados la iniciativa y marcar discurso. Han logrado cierta resonancia con algunas votaciones conjuntas entre euroescépticos y no adscritos y buscan afianzarlas. A día de hoy el término “fascista” no sirve para incluir a todos los movimientos de extrema derecha europeos. Sus herederos directos los encontramos sobre todo en la Europa del Este y en Grecia. Las fuentes de las que bebe son las situaciones de desesperanza de la propia crisis sistémica, en un cóctel tremendamente explosivo: islamofobia, defensa nacional y horror a las libertades sexuales. Elemento común es un populismo multiforme, contestatario y antisistema de carácter identitario.

Las ejemplos nacional-patriotas italiano y francés

Dos de los países centrales en la construcción de la UE ostentan el dudoso honor de tener integradas en su sistema de partidos a formaciones de extrema derecha fuertes en el terreno electoral. El caso italiano es herencia de las diferentes mutaciones de la latente traza del fascismo de Mussolini. En Francia el Frente Nacional ocupa un espacio nada despreciable en el puzzle desde hace 40 años.
La postfascista Alianza Nacional encumbró una derecha radical en los 90, sobrevivió al caso Manos Limpias y se integró con sus tintes más ultras en el partido de Berlusconi. En ese tiempo nació, sin relación directa con el fascismo italiano, la xenófoba Liga Norte de Umberto Bossi, decidida a independizar la mítica Padania (norte italiano) del resto del país y con un discurso regeneracionista de la política.

Siempre aliada del Cavaliere, quien le reía sus exabruptos, desde sus orígenes recurrió a un racismo camorrista y antieuropeo, exaltando la Italia decente frente a los gitanos. Suya es una ley, adoptada luego por la eurozona, que considera delito el socorro a inmigrantes ilegales. La corrupción ha minado su apoyo electoral. Ahora señala a la ministra de Integración, de origen congoleño, a la que arrojan plátanos sus militantes y acusan de fomentar la “negritud”.

Una ultraderecha más elegante y refinada es la del Frente Nacional francés, aliada en las elecciones europeas del anterior partido italiano. Nacido en 1972, empezó a despegar en los años de Mitterrand. Se define como patriota y nacional y bebe del espíritu colonialista del fundador y padre de la actual líder, quien ha maquillado algo el discurso. Ha mantenido desde siempre una posición fuerte y vigilante del turnismo republicano y condicionado las políticas de Chirac y Sarkozy.

Frente a una Liga Norte con previsible pérdida de representación en el continente, la familia Le Pen puede volver a provocar un gran susto a los partidos franceses en las elecciones europeas, como ya ocurrió en las presidenciales del año 2002. Las últimas encuestan indican que ante el hundimiento de Hollande, al que ha marcado la agenda migratoria, quien mejor recoge la indignación popular contra los ataques de la troika y gana el debate de la identidad es el Frente Nacional con un ligero lavado de cara.

La estrategia del cambio de la nueva dirección busca recoger votantes del centro-derecha, y mediante la adopción, con carácter propagandístico, de algunas demandas del mundo del trabajo (defensa de los puestos de trabajo, salarios y protección social), intenta rascar en la izquierda. Esto casi se fue a pique el pasado Junio, en pleno debate de la ley del matrimonio homosexual, al verse relacionado con el asesinato del joven militante antifascista Clément Méric.

Se ha convertido en altavoz principal de la lucha contra la globalización desplazando a la extrema izquierda. El Frente Nacional se ha subido al carro euroescéptico de moda y ha escondido el rostro islamófobo, proponiendo el retorno al franco y la devolución de muchas competencias. Así busca hegemonizar la derecha en la etapa post-Sarkozy. De tener éxito, sería el primer triunfo de la extrema derecha de carácter estatal.

El euroescepticismo británico y la islamofobia centroeuropea

La política ya euroescéptica de Cameron y los conservadores británicos ha virado aún más a la derecha debido al éxito en las elecciones municipales de UKIP (Partido de la independencia de Reino Unido), que pide tolerancia cero con la inmigración y reforzar la seguridad nacional. Inglaterra se ha plegado totalmente a la desconfianza y proteccionismo del que han hecho gala sus gobiernos con el ascenso de la formación.
Su líder es Nigel Farage, parlamentario cuyos discursos contra la UE, el euro y sus políticas han sido muy difundidos ingenuamente en las redes sociales como expresión del malestar. Según una reciente encuesta, es el líder político más valorado tras el primer ministro y su formación se encontraría en óptimas condiciones para recoger el descontento de los ayuntamientos en las zonas rurales y deprimidas del país.

Dirige con sus 9 diputados el grupo que marca un perfil más euroescéptico dentro de la bancada de los no adscritos. Con ellos se sienta el único europarlamentario del Partido Nacional Británico, muy popular en 2009 con la campaña “British jobs for british workers”, que se define sin ningún pudor como un patriota inglés no contaminado por la islamización que sufre su país.

El chivo expiatorio actual de la ultraderecha centroeuropea es la comunidad islámica. Ése fue el tema de campaña del holandés Geert Wilders para llevar a su Partido de la Libertad a la tercera posición desde 2010 y a entrar en el gobierno. Wilders, Marie Le Pen y Maroni de la Liga Norte buscan la creación de un gran partido europeo tras las elecciones de Mayo. El xenófobo líder holandés, condenado por incitación al odio racial, aspira a ser el incendiario sucesor del fallecido Haider, del igualmente racista Partido de la libertad de Austria.
“Menos islam” ha sido su mensaje desde que era diputado del Partido Popular hasta querer encabezar una opción que aspira a ser milicia en el choque de civilizaciones. Debido a profundas discrepancias sobre la posición en el debate de la candidatura turca a la UE, en 2004 fundó un partido a su medida. Ese mismo año un integrista musulmán asesinó a un periodista en Amsterdam y los holandeses empezaron a rechazar el discurso multicultural. A los dos años obtenía diputados en el parlamento. La islamofobia tiene una expresión gráfica en el tema de las mezquitas y el rechazo al velo islámico. De ahí se alimenta el Partido Popular Suizo, el único sin representación europea pero con alrededor de un 30% de apoyo parlamentario desde 2007. Es la organización extremista más votada, comparte la plataforma Euronat con Democracia Nacional y popularizó entre sus correligionarios el cartel de la oveja negra echada a patadas por otras blancas.

Su influencia es tal que en 2009 lograron imponer un referéndum a favor de prohibir la construcción de minaretes en las mezquitas para frenar así la islamización del país. El resultado fue un triunfo ajustado (57%) que legitimó sus posiciones y le permitió aparecer como hegemónico, ya que Bruselas respaldó el proceso. Su siguiente paso dos años después fue la recogida de firmas para establecer un cupo de inmigrantes.

Las formaciones nacionalistas escandinavas

Tampoco los países escandinavos, que han sido cuna y referencia del concedido estado del bienestar, se libran de este cáncer, y en la última década se han hecho hueco partidos de corte ultranacionalista. El Partido del Progreso en Noruega es la segunda formación más respaldada en Europa, aunque sin europarlamentarios. El atentado en Julio de 2011 de Breivik, orgulloso militante, que acabó con la vida de 69 personas en Oslo y la isla de Utoya y dejó estupefacta a la clase política, ha perjudicado gravemente sus expectativas de cara a estas elecciones europeas. Los Demócratas de Suecia tienen representación nacional desde 2010 con un discurso antiinmigración durísimo e inesperado. Auténticos Finlandeses siguen los pasos de Le Pen y Wilders, se convirtieron en tercera fuerza y esperan repetir europarlamentario. También tiene un diputado en Bruselas el Partido Popular Danés, que condiciona en seguridad nacional y legisla en inmigración en el ámbito de la reagrupación familiar.

La nueva ultraderecha en los países del este

En Europa del Este la ultraderecha milita especialmente en la esencias del catolicismo anticomunista. Aquí encontramos al polaco Ley y Justicia de Kaczynski, que gobernó en coalición entre 2005 y 2007 y se mantiene fuerte en el parlamento europeo. Sus ridículos ataques a toda violación de la doctrina moral de la Iglesia se convertían en cruzada. Todo por Letonia y Orden y Justicia en Lituania son partidarios de la repatriación de la población rusa y se estabiliza su ascenso electoral.
Las formaciones cercanas al concepto clásico de fascismo no dejan de ganar simpatía popular y ocupan posiciones en los parlamentos rumano y búlgaro con un peligroso mensaje ultranacionalista, antisemita y homófobo. Tanto Ataka (Coalición de Ataque) en Bulgaria como el Partido de la Gran Rumanía atacan a las minorías étnicas (gitanos y turcos) y utilizan la estética paramilitar para agitar el sentimiento identitario. Son la tercera fuerza y tienen eurodiputados.

El Partido Radical Serbio, que había conseguido en 2003 más de un 25% de los votos, tan sólo cuatro años después se convirtió en el partido más votado, con su mensaje de crear una “Serbia grande y pura”. En Croacia el Partido por los Derechos y y Svodoba (Libertad) han recuperado protagonismo infiltrándose en las movilizaciones contra el gobierno de Yanukovich. Aunque sigue teniendo una baja representación, al superar el 2% coló a un diputado.

El filonazismo de vuelta al viejo continente

Muy inquietante es la presencia del filofascista Jobbik en Hungría, resultado de la decepción y el transfuguismo de otros partidos de derecha. Se inspiran visiblemente en el mito de la invasión del país por promotores inmobiliarios israelíes y están hartos del capitalismo, de la UE y de cualquier gobierno en general. Ni siquiera su modelo, el FPO austriaco de Haider, se dirige a los gitanos o a los judíos en un tono tan ofensivo, ni niegan el Holocausto tan alegremente.
La muy peligrosa xenofobia de Jobbik apoya y dirige sin rubor alguno la política del conservador Viktor Orbán, y cuenta con diputados en el Parlamento europeo, donde centra sus ataques en la comunidad romaní. Dispone de una milicia antigitana, la Guardia Húngara, y su petición en 2012 de elaborar listas de judíos causó alarma en la Unión Europea Se trata de una extrema derecha sin complejos que se define como nacional-patriota en sus vistosos desfiles.

Hasta el año 2010, en que colaron un concejal ateniense, detrás del pomposo nombre de Amanecer Dorado se escondía un desconocido e insignificante grupo de matones. Sin embargo, la actual tercera fuerza en Grecia ahora es una formación que representa un fascismo sin complejos, embrutecido y muy envalentonado con el inestimable apoyo de las operaciones quirúrgicas de la troika a la clase trabajadora griega.
Con la entrada de los ultranacionalistas de LAOS (Renovación Ortodoxa) en el gobierno técnico de Papadimos impuesto por la troika antes del segundo rescate, con algunos eurodiputados que serán barridos en Mayo, la formación helena más a la derecha se inmoló y se convirtió en pasto para los “muchachos de negro”, que hicieron su puesta en escena paramilitar cual espartanos.

Fundado por Nikolaos Mijaloliakos, ex oficial del ejército griego durante la dictadura de los coroneles, profesa el paganismo, denomina sub-humano al inmigrante y no oculta simbología neonazi y aprecio a la autodefensa. Su retórica es nacional-socialista y busca “recuperar la Grecia soberana” nutriéndose del asistencialismo para ganarse simpatías, con repartos de comida y donaciones de sangre para nativos.

Dejaron bastante claras sus intenciones nada más hacer estreno en el parlamento (en donde se oyó el “Heil Hitler”), con una histriónica rueda de prensa en la que se exigió a los periodistas levantarse al entrar su líder. Las “razzias” en barrios de inmigrantes y mercados ambulantes para exigir la documentación antes de destrozar las mercancías si ésta no se encuentra en regla están a la orden del día, en alianza con la policía municipal ateniense. Es la opción abiertamente fascista para las elecciones europeas.

Qué tareas para la izquierda anticapitalista

No es objeto de este análisis plantear respuestas detalladas respecto a cómo llevar a cabo un antifascismo militante. Indudablemente la crisis nos ha traído sorpresas que nos han pillado desprevenidos, aunque esta causa-efecto se repite en la historia y se tendrían que haber extraído lecciones. Aquí se abre un interesante hilo que podría llevarnos a un configurar varios ovillos, pero correspondería a un artículo aparte.

Ante este terrorífico mosaico en el que la hidra se cuela en el juego parlamentario y consigue infestar el discurso de los gobiernos con xenofobia y peligroso populismo, los deberes de los revolucionarios deberían ser claros. No podemos aplaudir ni acompañar los atajos de las izquierdas que plantean reconstruir aquella Europa del pseudo-bienestar mediante soluciones por la vía electoral.

No resulta difícil ver quién se está frotando las manos observando la vertiginosa caída de Hollande en Francia, la incapacidad de los laboristas en su relevo de responder con recetas diferentes a las de la UE a una Inglaterra fuera del euro, las ingentes y minadas dificultades del previsible gobierno de Syriza en Grecia para renegociar con la troika una deuda, sin margen que permita un horizonte digno para las clases populares tras el calvario sufrido.

Deberíamos de una vez ser capaces de creernos y saber explicar que engendrar ilusionismos en una clase trabajadora inerme en el remolino de la crisis capitalista y sin victorias palpables conducirá irremediablemente a sembrar populismos y acelerar el completo despertar de la bestia fascista. Es ella la que espera en el umbral de la puerta para recoger los frutos del desencanto.

La participación en las elecciones europeas con un programa de clase, rupturista y subversivo, jugando en los márgenes de las reglas marcadas por el sistema, nos tendría que abrir la oportunidad de hacernos un hueco discursivo y plantear una alternativa a la izquierda reformista sin dibujar espejismos de por medio en el largo desierto del derribo en el que queremos ser protagonistas activos. Pero el tablero electoral no puede llevarnos a engaños.

La mejor forma que tenemos de combatir la dentellada de la ultraderecha es haciendo anticapitalismo en las luchas, militando fielmente como compañeros,-as - en el sentido puramente etimológico – del conjunto de los parias y desahuciados, que son nuestra clase. Si acaso, erigirnos como “tribunos populares”, atizando siempre las brasas de la subversión (tomo aquí prestadas las palabras de Bensaïd), que es capaz de emanciparnos y evitar hacer caer en las garras del fascismo.