LA INDUSTRIA DE LOS MEDIOCRES

Por Eduardo Nabal

La psiquiatría burgalesa en general- en todo los ámbitos hay excepciones- (esa que dice, en ocasiones, que no tiene tiempo material para sus pacientes) dedica un esfuerzo ingente a la lucha verbal y escrita contra sustancias como la marihuana o “drogas” parecidas. Conferencias, congresos, libros,  internamientos forzosos  para alejar a la juventud de las llamadas “drogas ilegales”. Bien es cierto que dependiendo de cada organismo estas sustancias pueden ser nocivas o impulsoras del ánimo y la creatividad (pero la creatividad humana no parece entrar en la agenda de algunos de esos mediocres con poder y bata blanca).

Así, sujetos de reconocido eco en la ciudad, desde su marcial prepotencia,  utilizan dinero público y espacios universitarios  o prensa escrita para arremeter contra la marihuana y otras sustancias “ilegales” mientras guardan un cauto silencio sobre los efectos desconocidos de las medicinas o psicofármaco  que recetan a diario. Lo normal es que la gente con problemas psicológicos consuma drogas de diseño cuyos efectos secundarios también dependen del organismo o el metabolismo del receptor. Se busca cronificar las enfermedades y ocultar los ejemplos (pocos o muchos) en que sustancias como el cannabis han ayudado a los y las jóvenes a superar momentos difíciles. En esta lucha de David contra Goliat la clase médica burgalesa protege así los intereses de las farmacéuticas y, sobre todo, los suyos propios, además de ahorrarse trabajo. La psiquiatría y la psicología como ciencias son más todavía  que discutibles y tienen una historia tan corta como, en ocasiones,
vergonzosa, como toda la medicina cuando en lugar de ponerse al servicio de la lucha contra el dolor se pone al servicio de macro intereses espurios.

Las afirmaciones genetistas cuando no abiertamente cargadas de ideología machista, inmovilismo y uniformización de la diferencia siguen en boca de las viejas glorias de la medicina mental burgalesa. De drogatas y poetas tenemos todos un poco. Es posible que el laúdano acabara con la vida y la ilusión literaria de Bardwell Bronte pero no surtió el mismo efecto en otros. Poe escribió sus mejores cuentos durante el delirum tremens, Silvia Plath dejo de crear cuando fue puesta en observación y bajo tutela médica, a instancias de su marido. La legalización de la marihuana en Colorado ha hecho que estos inquisidores de las sustancias alucinógenas tengan que moderar levemente su postura cerrada y conservadora. 

Afortunadamente la cultura (que como dijo el mismo Freud muchas veces se adelanta a la ciencia) ha desmentido sus arcaicas teorías sobre “sustancias peligrosas”. También ha desemascarado (con temas como el VIH o el derecho libre al aborto) la ideología que subyace en un sector de la clase médica que, en ciudades de provincias, todavía goza del prestigio de un gurú o nuevo profeta. Frente a visiones genetistas ya en los años 70 gente como R.D. Laing estudió la influencia del ambiente en la esquizofrenia pero el legado de la antipsiquiatría se sigue tapando por estos lares.

La beat generation, las experiencias creativas de gente como Allen Ginsberg, Patti Smith, Burroughs   o los libros de Sadie Plant “Escrito con drogas”, películas como “Alguien voló sobre el nido del cuco” (basada en la experiencia de Ken Kessey) o  los ensayos  Thomas Sasz han venido a desenmascarar la ideología, en ocasiones, fascistoide que se oculta tras esta guerra desmedida contra la marihuana y otras drogas de carácter natural. Yo invito a estos teóricos de la prohibición a dedicar más tiempo a la curación en vez de abogar por atemorizar a los jóvenes o apuntalar de forma sutil y refinada ideas de épocas pasadas, apropiándose de cuerpos y mentes que buscan espacios de libertad en lugar de dicursos cristianoides y  populistas.