EL EFÍMERO BAR MARIA CRISTINA DE LA CALLE MAYOR (1932-1937).

Como un lujoso bar o una verdadera joya metálica se inauguró el domingo, 25 de diciembre de 1932 a las cinco de la tarde, el bonito y moderno bar María Cristina en el número 6 de la calle Mayor de Madrid.

Eran tiempos en los que un café o una caña de cerveza costaban 0,40 céntimos de peseta, en un establecimiento de estas características. 

Fuente: M.R.Giménez
Fachada del bar María Cristina en el año 1933. A la izquierda de la fotografía, la entrada al pasaje del antiguo cine Pleyel.

El local tenía pequeñas dimensiones y estaba situado en una de las esquinas del pasaje del antiguo cine Pleyel (hoy teatro Arenal), a escasos metros del café María Cristina y a dos pasos de la Puerta del Sol.

Sus propietarios, los hermanos Sanz, encargaron al arquitecto Luis Gutiérrez Soto el proyecto del bar María Cristina quien, siguiendo la máxima racionalista el exterior no debe ocultar lo que hay en el interior, diseñó un establecimiento con fachadas lisas de estructuras a la vista. 

Las lunas curvadas y biseladas de la fachada, así como los cristales grabados, los espejos y los dorados de este bar fueron realizados por la empresa Sucesores de G. Pereantón, de la Cuesta de Santo Domingo, número 1. El amplio y magnífico mostrador fue obra de la empresa de Antonio Vázquez del Saz que también dispuso una cafetera de las llamadas “Exprés Ovalada” de metal cromado y cobre combinado con seis grifos elevadores de café y otras dos de su patentado modelo “Gloria”. El María Cristina contaba con una instalación completa para el despacho de cerveza, dotada de un moderno sistema de refrigeración.

La pavimentación del bar fue realizada en gres fino cerámico muy resistente, impermeable e inatacable por la acción de los ácidos que formaba toda clase de dibujos rectilíneos y curvilíneos, encargado a Mosaicos Nolla. Pero lo más destacable de la decoración interior del bar era su luminotecnia, diseñada por el ingeniero Francisco Benito Delgado.

Fuente: ABC (1933)
Interior del bar María Cristina.

La espléndida iluminación por reflexión de lámparas discretamente ocultas en escocías, obtenía una enorme gama dibujos proyectados en distintos colores que se mezclaban lenta y progresivamente de manera automática por todo el local. 

Sin duda el rasgo más característico de su fachada, a parte de las grandes letras que conformaban su rótulo (MARÍA CRISTINA BAR) era la “farola-flecha” de perfección y severa prestancia. Se trataba de un farol semicircular que se originaba en la parte superior del frontispicio y señalaba con su punta el acceso al bar por la calle Mayor, siendo visible desde cualquier lugar de la acera. 

Fuente: ABC (1933)
Detalle de la farola-flecha en la fachada.

Escasos meses después de su inauguración, en el mes de diciembre de 1933, se produce una huelga de camareros que dejó sin servicio a la mayor parte de los cafés de Madrid. El bar María Cristina, entre otros establecimientos del ramo, sería elegido por algunos desaprensivos para hacer estallar petardos que ocasionaron desperfectos en su fachada.
 
Fuente: B.N.E. (1933)
Aspecto del bar María Cristina tras el estallido de un petardo.

Los descomunales bombardeos de la Guerra Civil Española en Madrid se llevarían por delante miles de vidas, centenares de viviendas y también al bar María Cristina de la calle Mayor, en el año 1937, dejando en su fachada únicamente los restos de la maltrecha flecha-farol.

Fuente: Pares.mcu.es (1937)
Tras los bombardeos de la zona durante la Guerra Civil Española, del bar María Cristina sólo quedó su flecha-farol. (Fragmento de la fotografía original).

El local que ocupó el bar María Cristina es hoy una tienda de artículos de viaje.

Fuente de la fotografía de la izquierda: Pares.mcu.es (1937).
Foto de la derecha: M.R.Giménez (2012)




Fuentes:
Hemeroteca ABC.
Hemeroteca B.N.E.
“Luis Gutiérrez Soto” Exposición 199. Ministerio de Fomento.
Pares.mcu.es


De miedos infantiles ("En el claro")


Os dejo el otro microrrelato que acaba de salir en De antología. La logia del microrrelato (Talentura):




EN EL CLARO
...
No tengáis miedo, hijos míos. Aquí estaremos a salvo. Los seres que habitan en el bosque no se dejan ver a cielo descubierto. Sólo se atreven a abandonar sus madrigueras bajo el escudo de negrura expandida que tejen las copas frondosas. Bajo esas sombras sí deambula el ogro con su cuchillo degollador, sí refulgen los colmillos sangrientos del lobo, sí dispone sus terribles asechanzas la bruja infanticida… Pero vuestro padre ha sido muy precavido y ha levantado la tienda de campaña en este pequeño claro, el único resquicio de la inmensa arboleda iluminado por la luna llena. Él mismo os lo contará cuando vuelva. Ya no puede tardar mucho.

Haciendo un juego en Android: lecciones aprendidas (2)

Después del primer capítulo que publiqué hace unas semanas, ya tenemos lo básico para hacer un juego en Android "a pelo". ¡Pero no nos conformamos con eso! Hoy contaré otras cosillas más que fui añadiendo a mi librería personal para el juego según iba avanzando.

Componentes gráficos

Para los que hemos trabajado con interfaces de ventanas, el diseño basado en componentes gráficos resulta muy natural. ¿Por qué no aplicarlo también a un juego?.

La idea es muy sencilla: hacer que el código de cada componente no tenga que preocuparse de coordenadas globales, ni de lo que ocurre en el resto del juego, sino que vive "en su propio mundo" y preocupado de sus cosas. Orientación a objetos pura, vaya. Así, la pantalla se va formando a base de componentes, unos dentro de otros, que acaban conformando todo lo que hay en el juego. Cada uno tiene su propia dinámica, y luego pueden reaccionar ante lo que hagan los otros.

Todas estas librerías tradicionales de componentes de ventanas, como las MVC del Visual C++, o la del Borland C++, o incluso las del más moderno SWT suelen tener un problema gordo en su diseño: abusan mucho de las subclases. Se puso de moda diseñar esto así, y como documentación de la librería aparecía, tachán!, ¡la jerarquía de clases!. O sea, todo el diseño estaba hecho en forma de jerarquía de subclasificación.

El caso es que a mi las subclases en general me dan un poco de urticaria. Los interfaces son mucho más limpios. Las subclases me gustan para reutilizar implementaciones por defecto o sencillas de los interfaces, pero poco más. Así que en lugar de hacer una jerarquía de clases como las de toda la vida (curiosamente Swing, con todo lo que se le ha criticado, está mucho mejor diseñada que todas las demás), me dediqué a darle unas vueltas más (y liar un poquito el tema, ya puestos).

¿Qué necesita cada uno de estos componentes?. Según vimos en la entrada anterior, lo mínimo que necesita cualquier entidad independiente del juego es:
  • Que sea capaz de reaccionar a eventos
  • Que sea capaz de actualizarse sola por cada unidad de tiempo
  • Que sea capaz de dibujarse
Además de esto, nuestros componentes gráficos necesitarán:
  • Una posición relativa a su componente padre
  • Un tamaño
Y por supuesto, necesitaremos entidades contenedoras, a las que podamos meter otras entidades dentro de forma relativa.

Así que hice un interfaz GameEntity para lo básico que tienen que tener todas las entidades de cualquier juego (los tres primeros puntos), y reservé dos interfaces para los otros dos: un Positionable y un Measurable. ¿Por qué usar interfaces para estos dos en lugar de beans?. Porque me puede dar más juego. Por supuesto, creo implementaciones beans que implementen esos interfaces, y un DelegateComponent que cree un componente a partir de una composición de objetos que implementen cada interfaz (y que no tienen por qué ser objetos distintos).

Una vez que te acostumbras a esta forma de trabajar, resulta comodísima, y sobre todo, muy potente. Este es el diseño resultante:




Animaciones, efectos y el estado

Cada objeto normalmente tendrá su estado e irá cambiando según las cosas que le ocurran. Eso ya dependerá de cada entidad. Sin embargo, hay algo que también es muy interesante facilitar, que son las animaciones y efectos. Aunque pueda confundirse, lo cierto es que estos se gestionan mucho mejor si se separan un poco del propio estado del objeto.

Por ejemplo, un personaje puede estar caminando. Su estado es "caminando". Sin que el estado cambie demasiado, se estará moviendo hacia la derecha. Y habrá una animación de caminar que irá cambiando sola cada X frames. Podríamos gestionar todo esto de forma explícita dentro de cada objeto, pero si lo facilitamos para que se declare desde el principio como funciona, nos evitaremos el tener que gestionar cosas incómodas como cuál es el frame actual que se debe mostrar.

Para eso, creé una clase AnimatedComponent, que decora cualquier otro componente. A este componente se le registrarán una serie de estados de transiciones o animaciones posibles, representadas con el interfaz Transition. Al registrar cada transición se indica cómo funciona: qué propiedades modificará, cada cuánto tiempo y qué ocurrirá cuando acabe (¿será cíclica?, ¿se quedará en el estado en el que estaba?, ¿desaparecerá el objeto?). Estas transiciones son las que se ocupan de hacer efectos y transiciones sin que el objeto tenga por qué preocuparse mucho por ello.

Como ejemplos de transiciones están las animaciones de gráficos, movimiento, efectos de "fade", cortinillas... A pesar del tinglado anterior del diseño de componentes por interfaces separados, lo cierto es que en la práctica casi todos los objetos utilizarán un bean para la posición. También bastantes para el tamaño, aunque no tantos, ya que muchas veces puede depender del tamaño de su bitmap o de su texto, por ejemplo. Por supuesto, también las animaciones es lógico que vayan con una propiedad explícita... en definitiva, una de las transiciones más sencillas que podemos hacer es que automáticamente se vaya incrementando o decrementando el valor de una propiedad del componente. De aquí surgió la clase BeanPropertyTransition. Para controlar de forma independiente a qué ritmo se va modificando el valor de la propiedad, se hace que utilice un interfaz IntPropertyChange, con una implementación sencilla que aumente el valor de la propiedad de forma lineal, es decir, de forma constante en el tiempo.

Así quedó el diseño:


Agrupando objetos "globales"

En las primeras versiones del juego, los constructores de los distintos objetos cada vez eran más grandes. Había una serie de objetos, digamos, prácticamente globales, que se podían utilizar casi en cualquier sitio.

Dos de ellos son clases que creé para encapsular, facilitar y/o mejorar el rendimiento de la reproducción de sonido: SoundManager para efectos de sonido, y Jukebox para música. A ellos se les suma el necesario Context de Android, con el que se cargan todos los recursos, y que face falta básicamente en... todos los sitios donde haga falta un recurso. Y otros que iban apareciendo y desapareciendo según se iba refinando el diseño, como por ejemplo una clase que facilita la carga de Bitmaps.

La solución en este caso es muy clara, encapsular todos estos objetos, que además son genéricos y valen para cualquier juego, en una sola clase GameContext, que permita acceder a ellos. Así, sólo será este objeto el que habrá que pasar a todos los demás (junto a otros objetos del propio juego que potencialmente también harán falta). Además, si en algún momento aparece otro objeto del sistema que nos venga bien de forma global, se puede añadir también sin tener que tocar todas las demás clases para que se lo pasen de unas a otras.

Esto parece una tontería, pero lo cierto es que si no se tiene un poco de cuidado, en un juego es muy fácil acabar con miles de objetitos que se van pasando a troche y moche de unos a otros, y eso se convierte en un caos. También hay que tener mucho cuidado de no mezclar churras con merinas, y no encapsular dentro del mismo objeto todo lo global que pueda necesitar el juego. Una cosa son estos objetos que pueden hacer falta en cualquier juego y son, digamos, del sistema y sus recursos, y otra muy distinta meter también por ejemplo los objetos que controlen la dinámica del juego concreto.

En nuestro caso, este es el diseño que quedó:



Acabando, que es gerundio

¡Buah, menudo coñazo de serie que me he marcao! Todavía el primer capítulo tenía su aquel, pero en este me he metido más bien en detalles de diseño e imagino que ha quedado bastante espeso. Y no he puesto chistes ni chorradinas ni ná. Así que nadie estará leyendo esto ya, ¡snif!.

El mensaje fundamental de todo esto es el primero que di: si estáis dudando en poneros o no a hacer un juego con Android, no lo dudeis: hacedlo. Es muy agradecido, con poco que hagáis van saliendo cosas. La librería de Android es genial, da muchas facilidades. Es más, yo hay cosas en las que me he complicado la vida porque he querido, porque lo cierto es que creo que algunas de las cosas que he hecho yo están ya en la propia librería estándar de Android. Y eso por no hablar del resto de librerías que existen para hacer juegos. Simplemente, me apeteció hacerlo así. Y ojo, mientras refinaba un poco la librería me dio tiempo a hacer otro juego, un Reversi (este ya no lo voy a publicar, porque Reversis hay montones y seguro que juegan mejor que el mío, que es un pobre patán...).

El secreto de todo esto de hacer juegos para móviles, lo que lo hace genial, es que es pequeño. No necesitas dedicar meses y meses de tu vida para hacer un juego. En una tarde ya ves avances. Cada tarde que te pongas haces algo, consigues algo nuevo. Es muy gratificante. Estoy convencido de que los juegos pequeños tienen su espacio, que no todo tienen que ser grandes producciones. Dan más pie a la imaginación, a la innovación, a atreverse a hacer cosas que pensabas que no iban a salir... en definitiva, ¿a qué estás esperando?, ¡¡¡ponte ya a hacer tu juego, leche!!!.



Bola extra

Has intentado entender el artículo. Realmente lo has intentado. Te lo has leído de principio a fin, has imprimido los diagramas en grande para seguir las flechitas, has buscado por ahí a ver qué leche es esa mierda de los componentes gráficos... y eso sólo te ha desorientado más aún. Finalmente, has llegado a una conclusión ineludible: ¡no hay dios que entienda este artículo!

Pues bien, aprovechando que hoy es el "día Somos", que propone darle la vuelta al mundo, he apoyado la causa y he hecho una nueva versión del mismo en la que le he dado la vuelta por completo. Jamás la Informática había sido tan sencilla, jamás algo complejo se había visto de una forma tan clara. Jamás había sido tan fácil conseguir que cualquier no iniciado puede comprenderlo con facilidad.

No te pierdas la versión revisada del artículo. De repente verás la luz y lo comprenderás en toda su extensión.

Annie Leivobitz y mi "El fotógrafo" en Talentura



Estupendo guiño de Leibovitz al mito de Leda,
aquí en brazos de Leonardo-Zeus

Aprovecho la noticia de la concesión del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades a la excelente fotógrafa Annie Leivobitz para dejaros un microrrelato mío que acaba de salir en De antología. La logia del microrrelato (Talentura).



EL FOTÓGRAFO

Al cabo de una sesión vespertina agotadora, el viejo fotógrafo recoge su equipo, se pone la gabardina y se despide de su ayudante y de la joven modelo, que ha entregado sin descanso su cuerpo desnudo a la mirada focal del artista. Abandona el estudio y camina hacia su apartamento. Sabe bien que el lastimero maullar de los gatos que lo acompañan por el callejón presagia una noche de tormenta, y que en esas noches merodea cerca el asesino. Piensa en la joven, en su obstinado propósito de alcanzar la fama antes de cumplir los veinte años. La luna desaparece detrás de las nubes y la silueta de la ciudad se esfuma con la primera lluvia. El fotógrafo, que empieza a sentir el cansancio de mantener dos oficios, se refugia en las sombras y aguarda.

“EL CREPÚSCULO DEL LADRILLO” EN LA NAVE TRAPECIO DE TABACALERA.


El pasado domingo 19 de mayo de 2013 se estrenó la ópera buffa de tiempos de crisis “El crepúsculo del ladrillo” de José Manuel Naredo, en la antigua Tabacalera de la calle de Embajadores, número 53, de Madrid. 


Foto: M.R.Giménez (2013)

Este neoclásico edificio, construido entre los años 1780 y 1792 por el arquitecto Manuel de la Ballina para albergar la Real Fábrica de Aguardientes y Naipes, luego reconvertido en Fábrica de Tabacos y Rapé en el año 1809, es en la actualidad el Centro Social Autogestionado de La Tabacalera que ofrece numerosas e interesantes actividades para todos.

Pulsar para ver el librero de la ópera.


La ópera fue representada por La Solfónica en colaboración con la Nave Trapecio de Tabacalera, Asambleas del 15M y muchos más…



¡Qué bello es el placer y la tranquilidad…!


La curia cardenalicia opina que es mala la codicia…


El sector terciario avanzado, hábilmente cementado y eventos bien sonados, son nuestra salvación, sí señor…



No sigáis con la extracción, el ladrillo y la especulación, ellos nos han traído a tan triste situación.
Dejad de trabajar sin ton ni son, recuperad vuestros oficios, vuestra libertad de acción, vuestra música y alegría, vuestro amor por la vida.


La ópera “El crepúsculo del ladrillo” finaliza con una jota que adapta el poema de Miguel Hernández Gilabert (1910-1942) “Vientos del pueblo”

VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
De la obra “Viento del pueblo. Poesía de la guerra” de Miguel Hernández, escrita entre 1936 y 1937.




Fuentes: 
Fotografías de M.R.Giménez
Tabacalera.net
Navetrapecio.blogspot.com.es
Crepusculodelladrillo.wordpress.com

El doble (mi hermano y yo)

De un tiempo a esta parte me persigue el fantasma del doble literario. Tal vez porque no le he rendido merecido homenaje en alguno de mis escritos; tal vez porque, con la edad, la vista y el pensamiento juegan a menudo con los desdobles. Lo cierto es que empezó hace meses, se repitió ayer y ha vuelto a suceder hoy. La prensa gaditana funde en confusión que ya parece consolidada la persona de mi hermano, escritor y cineasta, con la mía, más modesta en los perfiles.
El Independiente de Cádiz, 17/05/2013
Algo de parecido físico tenemos (es él quien se parece a mí, pues llegó cuando yo ya estaba), no lo negaré, pero el fruto de nuestros desvelos literarios es diferente. Menos mal que nuestra relación no se asemeja a la de hermanos de leyenda, como Caín y Abel o Rómulo y Remo, lo cual me permite albergar la esperanza de que no hay maleficio en este hermanamiento periodístico. Tal vez la culpa de todo esté en esta foto, tomada el día en que presentamos Cádiz oculto. Historias gaditanas para no dormir, de José Manuel. Confío en que la cosa no acabe quitándonos el sueño:
 
Asociación de la Prensa de Cádiz (19/11/2011)

LOS TRES NOMBRES DE UN CAFÉ EN EL BARRIO DE POZAS.


Hubo en la calle de la Princesa un barrio llamado de Pozas, construido por el promotor Ángel de las Pozas Cabarga en el año 1860 y derribado en su totalidad por la especulación más abyecta en 1972 para construir sobre su terreno los grandes almacenes hoy existentes y un lujoso hotel. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
Esquina de la calle de la Princesa con Serrano Jover, en la actualidad. En este mismo local hubo, cuando existía el barrio de Pozas, un café.
 
El barrio de Pozas tenía forma de triángulo y estaba rematado por la calle de la Princesa, el paseo de los Areneros (actual calle de Alberto Aguilera) y la Ronda del Conde Duque (actual calle de Serrano Jover); los edificios del interior se repartían entre el pasaje de Valdecilla y las calles de Hermosa y de Solares. 

Fuente: Bibliotecavirtualmadrid.org
Plano de Juan Merlo, Fernando Gutiérrez y Juan de Ribera del año 1866. Con su característica forma triangular aparece el barrio de Pozas y sus calles. A la izquierda el hospital y la iglesia del Buen Suceso.

El de Pozas era un barrio construido para vivir. Exponente de una ordenación de estilo isabelino, con un gran carácter decimonónico, está pensado para una vida en comunidad, donde el hombre pueda relacionarse en su propia ágora. Sus veintiún edificios de viviendas se completaban con un dispensario médico, un mercado, tiendas, la fábrica de chocolates y cafés “La Española”, el “Teatro Quevedo” inaugurado en diciembre de 1866, bares y un café. 

El Plan Castro, cuyo proyecto data del año 1857, contemplaba la configuración del ensanche de la ciudad. La construcción del barrio de Pozas se realizaría según este Plan, cuando aún quedaba por derruirse alguna parte de la cerca de Felipe IV que desde 1625 circundaba Madrid. Así, en el mes de septiembre de 1864, con una gran fiesta en la que hubo bailes y cohetes, los vecinos celebraron el derribo del antiguo Portillo de San Bernardino (o de San Joaquín) por cuenta de Ángel de las Pozas como un obstáculo menos que les separaba del centro de Madrid y que estaba situado en lo que ya era la calle de la Princesa, junto al propio barrio. 

Nada más comenzar el año 1866 se inauguró un nuevo servicio de ómnibus que conectaba la Puerta del Sol con el barrio de Pozas. Con una frecuencia de media hora, el trasporte comenzaría a funcionar a las 7 horas de la mañana y terminaría a las 12 horas de la noche, con un coste de 1 real por viaje. Más tarde, en el año 1907, el alcalde ordenaría la instalación de faroles de alumbrado de incandescencia en la calle de la Princesa, la más importante del barrio. 

Fuente: ABC (1969)

En la década de los años sesenta del siglo XX el barrio de Pozas comenzó a ser objeto de otra de las ignominiosas especulaciones del centro de Madrid. La “Inmobiliaria Pozas” fue comprando pisos privadamente, para luego incluir el barrio en el Registro Municipal de Solares, a la vez que la Gerencia Municipal de Urbanismo secundaba la operación diciendo que aquello estaba en estado de ruina con el beneplácito del entonces alcalde, el lacrimoso Carlos Arias Navarro. 

En el año 1967 comenzarían los desahucios que los vecinos trataban de impedir en los juzgados, oponiendo resistencia e incluso llegando hasta el encierro en el interior de sus propias viviendas, a las que se les fueron cortados los suministros de agua y luz. Muchos madrileños se acercaban a los balcones y ventanas de los pisos para hacer llegar comida y bebida a los que allí se mantenían a la espera de una solución. El día 12 de febrero de 1972 los escritores Lauro Olmo Gallego y su esposa Pilar Enciso Pellico, en compañía de sus hijos, fueron los últimos inquilinos en abandonar el barrio de Pozas y de inmediato sería rematada su demolición. Menos de dos años después se inauguraría, con gran alharaca, el nuevo gran almacén que aún continúa. 

Fuente: Flickr.com Nicolás1056. (1875)
Barrio de Pozas e Iglesia del Buen Suceso. En el centro de ambos, la calle de la Princesa y a la izquierda el Paseo de los Areneros (actual calle de Alberto Aguilera)

En la esquina comprendida entre la calle de la Princesa y la Ronda del Conde Duque (ahora Serrano Jover) hubo un café que con el tiempo cambiaría de nombre y de dueño hasta en tres ocasiones. 

Cuatro años después de edificarse el barrio de Pozas vino a instalarse en esta esquina un primer negocio con el nombre de café del Buen Suceso, en el número 12 (entonces) de la calle de la Princesa y en el número 1 de la Ronda. Anunciaba como atracción una pareja de baile que dará principio a sus trabajos en los días no festivos a las 6 horas de la tarde y los termina a las 11 horas de la noche y los días feriados desde las cuatro y media de la tarde hasta igual hora de la noche. 

Fuente: Memoriademadrid.es (alrededor del año 1908).
La calle de la Princesa ya tenía alumbrado de incandescencia. A la izquierda la iglesia y a la derecha la fachada del café del Buen Suceso.
 
En el mes de octubre de 1913 el negocio había cambiado de dueño y también varió el número de la calle de la Princesa, que entonces ya sería el 24, donde éste se ubicaba. Abrió sus puertas el titulado café Europa. 

Fuente: B.N.E. (1913)
Fachada del café Europa, recién inaugurado.
 
Este elegante café es propiedad del conocido industrial Manuel Orejas. Adornado a la inglesa se presentaba como un elegante establecimiento, serio, con servicio regio, excelente cocina instalada con arreglo a los últimos adelantos e inmejorable calidad en sus productos. Tenía sala de billar cuyas mesas han sido fabricadas “exprofeso” para esta casa. 

Fuente: B.N.E. (1913)

El bonito café Europa sería reemplazado en el año 1928 por el llamado café España que se mantendría abierto hasta la demolición del barrio de Pozas. 

Fuente: Revistamadridhistorico.es (Probablemente en los años 60 del siglo XX).
Fachada del café España.
 
En el España, antes de la Guerra Civil Española, se celebraban tertulias políticas de trabajadores, a las que se accedía por un portal estrecho y oscuro que daba a la calle de la Princesa. También mantenía las mesas para jugar al billar, pero había perdido su decoración a la inglesa convirtiéndose en un sencillo café de barrio. 

Con el paso del tiempo la calle de la Princesa iría conformando su fisonomía y los nuevos edificios construidos variaron también el número de esta vía donde se ubicaba el café España. De esta manera, en el año 1959 este establecimiento ya se encontraba, como ahora el que le reemplaza, en el número 40. 

A finales de la década de los cincuenta, cuando la televisión era aún inaccesible para la mayoría de los madrileños, el café España anunciaba en la prensa la instalación de un aparato “Marconi” para ver los partidos de fútbol. 

Fuente: Madrid.org (Años 60 del siglo XX)
Vista aérea de la zona.
 
La brutal especulación de la zona no sólo se llevaría por delante al barrio de Pozas, a su café y a todos los negocios del entorno. También hizo lo propio con la antigua iglesia del Buen Suceso, de gallarda y elegante traza, y su hospital, construidos en el año 1868 y situados en la acera de los números impares de la calle. Sobre este solar se erigieron enormes e insustanciales edificios que carecen del más mínimo interés arquitectónico. 









Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC
Prensahistorica.mcu.es
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
Bibliotecavirtualmadrid.org
Revistamadridhistorico.es
Madrid.org
Flickr.com Nicolás1056
Memoriademadrid.es

Semblanza propia

Detalle de una fuente en Benaocaz
Los editores de la antología de Talentura me pidieron una semblanza de mi persona en dos líneas. Solo se me ocurrió enviarles un rosario de palabras que tuvieran alguna relación con el microrrelato. Esta es mi semblanza, que hoy se publica en el blog De Antología. La Logia del microrrelato:

Palabra pájara parca perlada perseverante plena precisa pigmea pincelada polivalente pronta pulida pura... Ojos de asombro.