CUATRO CAFÉS DE LA GRAN VÍA: FUYMA, IRUÑA, MANILA Y FUENTESILA.


A escasos metros entre sí y desde los años treinta hasta los cincuenta del siglo pasado, fueron inaugurados cuatro importantes cafés en la Gran Vía de Madrid: Fuyma, Iruña, Manila y Fuentesila. 


Fuente: Maps.google.es
Ubicación sobre mapa de los desaparecidos cafés Fuyma, Iruña, Manila y Fuentesila de la Gran Vía.

Ya había pasado la época de los vetustos y oscuros cafés del siglo diecinueve cuando la Gran Vía comenzaba la construcción de su tercer y último tramo. La modernidad de los primeros años treinta requería nuevos lugares de reunión con mucha luz natural, diseños interiores más sencillos y coloridos que olvidaban la madera o los divanes tapizados en terciopelo de los viejos cafés en pos del aluminio, el cristal y los revestimientos en piel de sus asientos. Así nacieron los flamantes cafés o cafeterías de la moderna avenida, que aún tenía los nombres de Conde de Peñalver, Pi y Margall y Eduardo Dato, dependiendo del tramo. 

El café Fuyma fue el primero en abrir de estos cuatro establecimientos. Estuvo situado en la llamada entonces, avenida de Pi y Margall, número 22 (hoy Gran Vía, 44), haciendo esquina con la calle de Hita (hoy de Miguel Moya). 

Fuente: mcu.es (década de los años 30). Foto recortada.
El café Fuyma, bajo su toldo, en la esquina de Gran Vía con la calle de Miguel Moya.

Inaugurado en el año 1931 por los dueños de la empresa “Fundición de Hierro Maleable” (de ahí su acrónimo nombre), era un café de planta rectangular al que se accedía por una pequeña puerta giratoria, situada en su fachada de la Gran Vía. El interior había cambiado los espejos de los viejos cafés por grandes ventanales con largos visillos de encaje, dejando así entrar la luz de la calle hasta casi el atardecer. Dos hileras de mesas en madera, con cristal de fondo verde aguamarina en la superficie, acogían a los clientes que podían hacer uso de las cuatro sillas correspondientes a cada una de ellas o juntarlas, si la tertulia era más numerosa. Sólo al fondo de la sala había espejos, grandes, forrando la pared que señalaba el final del café y bajo ellos, sobre una pequeña plataforma separada de la parte central, pero a la vista de todos, una fila de asientos corridos y tapizados en piel. En esta zona comenzaba una pequeña barandilla que recorría en ángulo recto todo el contorno del salón e incluía la barra del café, situada a la derecha del acceso, junto a la que había taburetes altos para tomar rápidas consumiciones. 

Fuente de la primera fotografía, desconocida. Foto: M.R.Giménez (2013).
El café Fuyma y el cine Palacio de la Prensa, con más de medio siglo de diferencia.

El Fuyma sería uno de los cafés escogidos por los reporteros de la Guerra Civil Española para escribir sus crónicas. De él decían que era el primer remanso de paz tras el cercano frente situado en la Ciudad Universitaria; a pesar de que la Gran Vía fue renombrada como la “Avenida del quince y medio”, por las miles de bombas que sobre ella caían de forma continuada. 

A partir del año 1939 la clientela del Fuyma se componía de notarios, militares y miembros de la colonia puertorriqueña asentada en Madrid, además del escritor Darío Fernández Flórez, quien ambientaría su novela “Lola, espejo oscuro” en este café. Junto a ellos, un barman llamado Francisco Sánchez Fernández comenzaba a preparar los trastos para convertirse en el torero “Frasquito” y presentarse en la Maestranza de Sevilla, en el año 1948. 

El café Fuyma desapareció en el año 1995 por baja rentabilidad, a decir de sus propietarios. Sería sustituido por una entidad bancaria y dejaría a dieciséis trabajadores sin empleo. 

El café Iruña bar fue inaugurado en el año 1932 y se encontraba situado en la esquina de la avenida Eduardo Dato, número 8 (actual Gran Vía, 52) con la calle de Silva, número 11. 

Fuente: Prensahistorica.mcu.es (1975)
Foto: M.R.Giménez (2013)
La esquina de la Gran Vía y la calle de Silva, donde estuvo el café Iruña.

Siete camareros (uno de ellos de Pamplona, de ahí el nombre del café) de distintos establecimientos de Madrid, decidieron un buen día abrir el suyo propio y formar la sociedad del Iruña, para lo que cada uno aportaría dos mil pesetas, de las de antes de la guerra. Por aquel tiempo la avenida de Eduardo Dato (desde la plaza del Callao hasta la de España) estaba aún sin terminar, llena de grandes solares destinados a los futuros edificios previstos. 

Fuente: B.N.E. (1938)

En el mes de abril de 1933 el colectivo de “Acción Literaria”, organización moderna al servicio de la literatura española que se propone exaltar los nombres de poetas, escritores, reporteros y oradores de las nuevas generaciones y divulgar su firma y su obra, tenía su lugar de encuentro en el café Iruña y solicitaba aportación económica para un valor joven que destaca en estos días, llamado Federico García Lorca y para su Club Teatral de Cultura (Anfistora). 

Todo iba bien hasta que en el año 1936 comenzó la Guerra Civil Española y cuatro de los siete socios del Iruña huyen de Madrid, otro es malherido en un bombardeo de la Gran Vía y el resto continúa con el negocio, de la mejor manera posible. La posguerra, tan dura para todos, lo fue también para este café que había abierto un “baile-taxi” (salón en el que las mujeres esperaban a ser sacadas a bailar cobrando un módico precio) en su planta baja y que sería clausurado de inmediato. Así, se ocupó el espacio con mesas de billar y de juego, que fueron intervenidas por la policía, a pesar de que eran numerosos los comisarios de la zona que al café asistían. Más tarde el sótano se convirtió en una sala de televisión, cuando comenzaban las emisiones en España, siendo muy frecuentada por toreros mejicanos como Carlos Ruíz Camino “Arruza”. 

En el mes de enero de 1975 el café Iruña bar echa el cierre definitivo, dejando a treinta y seis trabajadores, todos demasiado veteranos, con un mísero despido. Un restaurante de comida rápida, el primero de la cadena que se inauguró en Madrid, ocupa hoy el local de lo que fue el café Iruña. 

Foto: M.R.Giménez (2011).
Fachada del edificio del arquitecto Luis Díaz de Tolosa, construido en el año 1928, donde estuvo el café Iruña. Tal vez el mejor representante del Art Decó de la Gran Vía de Madrid.

Bajo el edificio Carrión de la Gran Vía, número 41 vino a instalarse la cafetería Manila en la década de los años cuarenta del siglo pasado. El local fue antes la sala de fiestas, café y bar Capitol.


Fuente: Memoriademadrid.es (1932)
Foto: M.R.Giménez (2013)
Esquina del edificio Carrión. A la izquierda el bar Capitol, que luego sería la cafetería Manila. A la derecha el local en la actualidad.

Manila tenía su puerta de acceso en la misma esquina redonda que antes daba entrada al antiguo bar modernista Capitol, entre la Gran Vía y la calle de Jacometrezo, prácticamente en la plaza del Callao. 

La curiosa forma del edificio Carrión obligaba a que la barra de la cafetería tuviese una parabólica forma, con la parte más estrecha enfrentada a la puerta, y a su alrededor altos asientos giratorios y fijos en el suelo. Su fachada estaba compuesta por grandes ventanales separados tan sólo por las finas estructuras de sujeción para los cristales. 

En el piso superior se encontraba una de las ventanas más bonitas de la Gran Vía, desde donde se dominaba gran parte de la plaza del Callao y toda la calle hasta la Red de San Luis. 

Fuente: Paseandocon.blogspot.com  (Principios de los años 90).
Aspecto parcial de la cafetería Manila, la magnífica ventana y sus terrazas.

La fama del Manila, debido a su céntrica ubicación, fue bastante singular. Se convertiría en lugar de encuentro para todo tipo de reuniones que deseaban pasar desapercibidas y también en escenario para numerosas películas, gracias a la privilegiada vista de sus ventanales. Pedro Almodóbar Caballero y José Luis “Garci” Muñoz, entre otros directores, rodaron en Manila. 

En el año 1996 Manila se cierra. Los dueños de la cadena de cafeterías a la que este local perteneció, no supieron gestionar el negocio a la muerte de su fundador y, tras demasiados conflictos y el heroico encierro de sus trabajadores reivindicando su puesto de trabajo, en el mes de septiembre de ese mismo año Manila desaparece dejando a cuarenta empleados con demasiados años de antigüedad, en la calle. 

Hoy el fantástico local está ocupado por una tienda de ropa y las magníficas vistas de su ventana están cegadas por un anuncio de su marca. 

El café Fuentesila fue el último de estos cuatro cafés de la Gran Vía en abrir y el primero en cerrar. Con el nombre de Fuentesila se instaló en el local que ocupara antes el café del hotel Gran Vía. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
Aspecto actual de la fachada del café Fuentesila, de la Gran Vía.

Inaugurado a mediados de los años cincuenta del siglo XX, estuvo ubicado en la Gran Vía, número 25 hasta el principio de los años setenta. 

Los cercanos y muy famosos Almacenes Rodríguez surtieron de todo lo necesario al café Fuentesila en su apertura: Tapicerías para sus sillones, menaje, cristalería, etc. 

Fuente: ABC (1955)
Rincón del café Fuentesila.

Dotado de varios pisos, el Fuentesila era un café bastante amplio, tranquilo y algo oscuro por estar situado entre dos locales: la joyería Aleixandre (hoy es un restaurante de comida rápida) y la entrada del hotel Gran Vía. 

Fuente: Viejo-madrid.es (1960).
La desaparecida joyería Aleixandre, que hoy mantiene casi intacta su fachada.

Veinte años después de su inauguración el Fuentesila se convertiría en un restaurante self-service y el día 6 de abril de 1991 Madrid Rock, la tienda de discos más grande de España, abrió sus puertas en lo que fue el espacio del café. 

Fuente: El País (2005)
Fachada de lo que fue el café Fuentesila y entre los años 1991 y 2005 se convirtió en Madrid Rock.

En la actualidad el local que ocupó el Fuentesila y posteriormente Madrid Rock se ha convertido en una anodina tienda de ropa, aunque hay quien se mantiene a su puerta esperando tiempos mejores. 








Fuentes:
Memoriademadrid.es
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Viejo-madrid.es
Elpais.com
Paseandocon.blogspot.com
Mcu.es          
Prensahistorica.mcu.es

La invisibilidad

- Te asomas poco a tu ventana" -me dice un amigo, lector veterano de los Silenos. Y le contesto, mirando a través de los cristales:
- Últimamente hace frío, cuando no llueve. 
Este mismo amigo me recuerda las bondades de Facebook y cómo entonces, cuando yo me exhibía en aquella arena, él hacía parada obligada en mi perfil. 
Hace más de dos meses que dejé de merodear por las redes sociales. La razón es muy simple: tengo poco tiempo para mis quehaceres más gratos y FB me robaba los minutos y algo de aliento literario. Durante las primeras semanas tuve la sensación de haberme vuelto invisible, porque, en realidad, FB es un gran espejo del Callejón del Gato, adonde uno acude con el afán de verse multiplicado y roto en un sueño geométrico, como si penetrase en el corazón de un caleidoscopio. Pasado un período que acaso sea una especie de duelo de los nuevos tiempos, vuelvo a ser discretamente visible y dispongo de más minutos. Coincido con mi amigo en que tengo algo descuidados a mis Silenos, pero a veces ellos me reclaman un reposo, una tregua para entregarse a sus juegos lascivos en la floresta, lejos de las miradas ajenas. Y yo, que soy corifeo comprensivo, les dejo perderse. La invisibilidad es la madre de la creación.

CALLE DEL PEZ, 3. LA CASA DE LOS MODLIN.


Parece que el tiempo se detuvo un día en el desvencijado edificio de la calle del Pez, número 3, que da la vuelta hasta incluir el 18 de la calle de San Roque. Por su fachada nunca pasó la obligatoria remodelación con que el profesor Enrique Tierno Galván incitaba desde el Ayuntamiento de Madrid, allá por los años ochenta del pasado siglo, a mantener limpieza y pulcritud. Pero es posible que todo cambie ahora cuando se conozca, por medio del premio Goya concedido al documental “Una historia para los Modlin” de Sergio Oksman, que la familia Modlin vivió aquí. 

Foto: M.R.Giménez (2007)
Portal de la calle del Pez, número 3.

La antigüedad de esta casa se remonta al último tercio del siglo XIX. Sus cuatro alturas y los trece balcones por planta, seis en la calle del Pez y siete en la de San Roque, con los correspondientes miradores en el piso principal, hacen del edificio uno de los más grandes y vetustos de esta vía. La casa supervivió el incendio que en el año 1908 asoló su frontero cine Ena Victoria

Fuente: ABC (1908)
En la derecha de la fotografía se aprecia la fachada de la casa, en la calle de San Roque.
Referencia:
http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com.es/2013/01/un-convento-y-un-coliseo-que-estuvieron.html 

El número 18 de la calle de San Roque es, desde el año 1945, un restaurante que comenzó como taberna de vinos, tapas y raciones. 

Foto: M.R.Giménez (2009)
Lo que fue una antigua cochera hoy es un restaurante, en el número 18 de la calle de San Roque.

El arco rebajado de la entrada y los salientes en piedra que lo rematan demuestran que este local fue una cochera, que en el año 1877 vendía animales de tiro. 

Fuente: B.N.E. (1877)
En el año 1877 el número 18 actual de la calle de San Roque era el número 20.
 
Al comenzar la Guerra Civil Española, la casa de la calle del Pez era propiedad del matrimonio formado por Agustín Fernández y María del Carmen Pita. En el mes de septiembre de 1936 la pareja regala varias casas y valores de su propiedad que suponen una fortuna a todos los que luchaban contra los facciosos, tras exponer su amor por la II República y condenar el movimiento franquista. En el lote se encontraba el edificio del que hablamos. 

Los bombardeos hicieron estragos en todo el centro de Madrid y la calle del Pez no fue una excepción. En la esquina del edificio (hoy una peluquería y antes tienda de marroquinería), se encontraba una tienda de ultramarinos. 

Fuente: Lasheridasdelaguerra.blogspot.com
Aspecto de la tienda de ultramarinos que durante la Guerra Civil Española estaba en la esquina de la calle del Pez con la de San Roque.
 
Terminada la Guerra Civil fue inaugurada La Nacional, carnicería y charcutería, en la fachada de la calle del Pez, junto al portal de la casa. El establecimiento cerró en los primeros años del presente siglo. 

Foto: M.R.Giménez (2007)
Carnicería y charcutería La Nacional, calle del Pez, número 3. Hoy cerrada.

La familia Modlin vino a instalarse en Madrid, huyendo de los Estados Unidos de América, en los últimos tiempos de la dictadura fascista. Nelson Modlin, excombatiente de la II Guerra Mundial, era un actor de reparto que había interpretado numerosos papeles en series de la televisión americana, que en los años sesenta llegarían a España (Mannix, Embrujada, El fugitivo) y en varios largometrajes. Su esposa, Margaret, era pintora y el hijo de ambos, Nelson, que se había negado a ir a la guerra del Vietnam hecho por el que la familia debió salir de su país, era modelo publicitario y actor de doblaje. 

Los Modlin se instalaron en el cuarto piso derecha de la calle del Pez, número 3 donde vivieron durante tres décadas sin tener mucha relación con el vecindario. Nelson, el padre, actuaría en pequeños papeles de series televisivas como “Curro Jiménez” y en largometrajes de la época del destape mientras Nelson, el hijo, rodaba anuncios y ponía la voz en la megafonía del aeropuerto de Barajas. 

Margaret (apellidada Marley, de soltera) se dedicó a pintar sin salir de casa durante los treinta años de su residencia en España y sin aprender una palabra de español. Sus cuadros fueron expuestos durante el mes de octubre de 1978 en las salas Goya y Minerva del Círculo de Bellas Artes, que anunciaba su obra como un surrealismo puesto al día. 

En el año 1998 Margaret fallece en la casa de la calle del Pez y tan solo cuatro años después le sigue su hijo Nelson, dejando a Elmer Modlin en un estado lamentable de congoja y alcohol. En 2003 los bomberos rescatarían de su casa al actor deshidratado y agonizante, que nunca se recuperaría de su terrible pena. 

Cierto día del año 2004 los fotógrafos Paco Gómez y Jonás Bel pasaron por la calle del Pez. Frente al portal número 3 encontraron, tiradas en la calle, gran cantidad de fotografías, cartas y documentos personales procedentes de algún piso de la finca. Una vez recogidos, comenzó la investigación sobre ello y comprobaron que todo lo hallado correspondía a la familia de estadounidenses que allí vivió y que tuvo una estrecha relación con el escritor Henry Miller. A partir de ese momento comienza la historia que se ha recogido en el documental hoy galardonado, sobre la familia Modlin. 





Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca del ABC.
Lasheridasdelaguerra.blogspot.com

Mis poetas franceses (1): Jean Legrand

Leo versos de Jean Legrand. L'Amour insolent, editado por La Termitière en 2002, es uno de esos libros de apariencia frágil y luz modesta. El amor como fuerza subversiva contra la guerra. El sexo como crisol de los sentidos frente a la amenaza de las bombas. Estamos en Francia, en 1944. Amar justifica recorrer largas distancias en bicicleta. He aquí una muestra del galope erótico de Legrand, que traduzco del francés:


..... La he ayudado a montar el caballo blanco, desnuda como estaba y tan vulnerable. Después, yo he montado detrás. Apoyados sobre nuestros muslos endurecidos, hemos seguido juntos los movimientos del trote. La línea de mi vientre y de mi torso se hundía en la tibieza de su delicada espalda. El universo nos rodeaba, abalanzándose sobre nosotros, y quietos estábamos. Pues ella siempre se mantenía sobre mí y yo no me retiraba de ella. 
..... Nuestros sexos tomaban sus variaciones de la bestia que habíamos adiestrado para ignorarnos. Cuando se rompió el galope, estábamos en el centro inmóvil del mundo. Todo desapareció, menos el esplendor de nuestra carne, demasiado luminosa para este cielo.


(Inauguro con esta entrada una serie de traducciones de poetas franceses).




AMERICAN BAR PIDOUX Y EL DOCTOR ASUERO.


En el año 1922 la Gran Vía de Madrid estaba aún sin terminar y su primer tramo, entre la calle de Alcalá y la Red de San Luis, recibía aún el nombre de Conde de Peñalver. Es en el número 7 (hoy Gran Vía, 20) donde abriría el miércoles 27 de septiembre de ese año el American bar Pidoux. 

Fuente: Granvia.memoriademadrid.es (S/ 1930).
La avenida del Conde de Peñalver o Gran Vía. A la derecha el toldo del café Pidoux.
 
Elegancia y chic parecía caracterizar a este aristocrático bar de la nueva Gran Vía. Según la prensa del momento sería el futuro centro de reunión de la “gente bien” de Madrid y era el lugar que “todos" estaban esperando. 

Fuente: Granvia.memoriademadrid.es (1922)
Fachada del American bar Pidoux, en su inauguración.
 
Hipólito Pidoux, cuya viuda sería la promotora del American bar Pidoux, había sido un conocido hostelero francés cuyo negocio incluía el restaurante del Real Tiro de Pichón de la Casa de Campo, además de poseer una tienda de vinos galos y licores de todos los países situada en el número 12 de la calle de la Cruz, desde la última década del siglo XIX. 

Fuente: ABC. (1906)
Anuncio de la tienda de H. Pidoux en la calle de la Cruz, 12.
 
 
La sencilla decoración del bar Pidoux incluía maderas de roble macizo, mármoles, metales y una perfecta distribución de la luz que lo mantenía en una agradable penumbra. Lo novedoso del bar era que su mostrador estaba asistido de altas banquetas al uso americano, nunca visto antes en los locales madrileños. Tenía una cocina instalada en los bajos del recinto, lo que permitía dar comidas por encargo, y una tienda anexa en la que se podían comprar licores, vinos franceses, champagne y el exclusivo vermouth Torino de la casa Pidoux, al por mayor o al detall. 

Fuente: Granvia.memoriademadrid.es (1922)
Interior del American bar Pidoux en el que se aprecian las altas banquetas junto al mostrador. 

En el mes de diciembre de 1924 la prensa recoge, bajo el epígrafe “Una partida de dados y un inglés filántropo” la peripecia de cuatro amigos que se jugaron el dinero en el Pidoux. El británico había ganado la suma de 100 pesetas. Al intentar devolver la cantidad a sus amigos desplumados, obteniendo de éstos una negativa, decidió comprar un “vigésimo” (veinteava parte de un billete) de la lotería de Navidad a un vendedor ambulante, meterlo en un sobre y depositarlo en el mostrador del bar hasta el sorteo. El día 22 de diciembre, los amigos volvieron a reunirse en el Pidoux para abrir el sobre y comprobaron que les había tocado el Gordo. 

El interior del ya famoso bar americano Pidoux fue elegido para rodar escenas del melodrama “La condesa María” (1928) realizada por Benito Perojo. Por aquel entonces un ya popular barman llamado Pedro Chicote, aún no Perico, vendía en este bar americano, donde trabajaría durante seis años antes de emanciparse, su libro “CockTails” al precio de 6 pesetas. Toreros como Domingo Ortega, periodistas, artistas del cinematógrafo y literatos como Félix Rubén García Sarmiento (Rubén Darío), eran asiduos al Pidoux. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
Aspecto actual de lo que fue el American bar Pidoux, hoy sede de oficinas de la Comunidad de Madrid.

Fernando Asuero Sáenz de Cenzano (1887-1942) había estudiado medicina en Madrid, en la especialidad de Otorrinolaringología. Basándose en las técnicas milenarias de medicina natural que ya había investigado el doctor Pierre Bonnier y que fueron detalladas en el libro “Defensa orgánica y centros nerviosos”, el doctor Asuero puso en práctica un método para curar multitud de dolencias por medio de la manipulación indolora del nervio trigémino, a través de la nariz. 

Fuente: B.N.E. (1930)
Anuncio del consultorio del doctor Asuero en Buenos Aires, Argentina.

La fama del doctor Asuero trascendió rápidamente a toda España y eran muchos los que se trasladaban a San Sebastián, donde el médico tenía la consulta, en busca de su tratamiento. 

En el mes de julio de 1929, el doctor Asuero hizo un viaje a Madrid y estuvo en el bar Pidoux donde no sólo fue reconocido de inmediato por los allí presentes, sino también por los transeúntes que por la Gran Vía pasaban en aquel momento. El American bar fue invadido al instante por una ingente multitud que imploraba y solicitaba sus servicios, para sí o para sus familiares, lo que formó un alboroto de tal calibre que obligó al médico a escapar en automóvil, aunque en medio de una gran ovación. 

El método de la curación por el trigémino fue objeto de la película “Las maravillosas curas del doctor Asuero” (1929) de Nemesio Manuel Sobrevilla, de quince minutos de duración y cuya exhibición fue prohibida por la Dirección General de Seguridad de la dictadura de Primo de Rivera. 

A pesar de la asombrosa fama obtenida por el médico, su insólito método de curación le proporcionó una multitud de detractores. El doctor Asuero abandonó España para viajar a Argentina, instalando en Buenos Aires una nueva consulta. 

La popularidad del doctor Asuero trascendió rápidamente al mundo del espectáculo. En el mes de diciembre de 1929 fue publicada la obra “El cuatrigémino” de Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez Fernández, sátira en la que un doctor cabal y de buenas costumbres es obligado a explotar su método curativo por sus desaprensivos parientes, con el fin de obtener pingües beneficios. También haciendo referencia a las técnicas manipulativas a través de la nariz del doctor Asuero, el músico Ángel Ortiz de Villajos Cano compuso el famoso charlestón “Al Uruguay”. 

       Fuente: Youtube.com. Olga Ramos canta "Al Uruguay" de Ángel Ortiz de Villajos

“… Y a un doctor famoso le fui a consultar, pero las narices me quiso tocar…” 









Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Prensahistorica.mcu.es
Es.wikipedia.org
Diariovasco.com
Granvia.memoriademadrid.es
Youtube.com

La necesidad, madre del ingenio

Qué duda cabe: la necesidad aviva el ingenio. Hasta hace poco en España recurríamos al ejemplo de los cubanos, capaces de hacer rodar como vehículo un cacharro desvencijado o de vender al turista jabones fabricados con la sustancia más insólita. Hoy los ejemplos están aquí, en España. Los gobernantes lo llaman, con su lenguaje altisonante y las más de las veces huero, "perfil emprendedor", y en los documentos universitarios empieza a florecer, como un hongo invasivo, el palabro "emprendeduría". Mas no quiero hoy llevar el asunto in malam partem. Todo lo contrario. Ayer, en mitad del bullicio carnavalesco, me informaban de algunas iniciativas que son dignas de encomio. Una amiga organiza una tertulia en inglés en su casa, con precio módico de entrada que incluye refrigerio. Otra amiga, escritora, y un conocido pintor montan una pequeña editorial, de tirada selecta. Otro amigo escritor tiene en mente hacer lo propio con libros artesanales. Todo ello mientras muchas editoriales esperan cabizbajas una ayuda estatal. Ah, que no se me olvide: un colectivo de periodistas se reúne y se organiza para, en breve, dar un fruto sorpresa, independiente. Mis aplausos. Y mi colaboración, en lo posible, para que tales proyectos germinen en el páramo hispano.

Ready Player One: Retro-frikismo con anabolizantes

Ya lo avisé en mi última entrada: me siento retro.

En esa ocasión, creando mi propio ZX Spectrum "netbook edition", ya mostré no sólo mi gusto por lo retro, sino que soy un frikazo de narices. Últimamente, aprovechando que he tenido unos días de vacaciones, he estado alimentando un poco más estos sentimientos leyendo la novela que hoy nos ocupa, Ready Player One.

Nos situamos, aparentemente, dentro de unos treinta y pi años. La generación nacida en los 70, esos que vivimos intensamente la cultura ochentera, somos ya los ancianos. Entre ellos, James Halliday es el mayor prototipo de frikazo que te puedes encontrar: encerrado en su propio mundo desde pequeño, sin amigos, y un genio de la informática. Así, este tipo creó un sistema chulo de realidad virtual llamado Oasis, en el que te conectas con tus gafillas, tus guantes y, si tienes pasta, incluso un traje y una plataforma con los que sientes prácticamente todo lo que le ocurre a tu avatar del mundo virtual. El sistema fue tan bueno, que unido a una crisis energética galopante y a que el mundo está hecho una mierda, la gente pasa más tiempo en el mundo virtual que en el real.

El caso es que el tipo va y se muere, y como tiene pasta hasta las orejas, pero no tiene ningún amigo ni familiar y como he dicho antes, vive en su propio mundo, se le ocurre... crear un concurso dentro de la realidad virtual, que comience con unos acertijos. El que descifre los tres acertijos y con ello consiga las tres llaves, podrá abrir las respectivas puertas y al hacerlo accederá a unos juegos. El primero que resuelva los acertijos y supere las consiguientes pruebas, heredará toda la fortuna del tal Halliday.

Ahí es cuando aparecen un montón de jugadores, los gunters, intentando desesperadamente descifrar los acertijos. Como tanto los acertijos como los juegos se basan en todas las frikadas que le gustaban al tipo en cuestión, se estudian su vida y todo lo que a este hombre le gustaba. Uno de ellos es nuestro protagonista, el segundo gran frikazo que nos vamos a encontrar, Wade - Parzival.

El libro es muy entretenido, tiene fundamentalmente esquema de videojuego, con los personajes continuamente pensando cómo resolver los retos. Pero a la vez no faltan unos malos, la pérfida empresa GSS y su cabeza visible Sorrento, que quiere ganar la pasta para hacer que Oasis sea de pago y no le importa hacer todo tipo de triquiñuelas para ganarla. Y hasta tiene una friki-historia de amor algo raruna y a la vez con poca chicha.

Sin embargo, si algo caracteriza especialmente a este libro son las continuas referencias a todo tipo de frikadas. El caso es que muchas de ellas ni siquiera son a videojuegos, películas, etc. demasiado populares, así que... obviamente en realidad son las que le gustan al tercer gran frikazo que vamos a mencionar: Ernest Cline, el autor del libro. De forma que al final y sin darnos cuenta somos nosotros, los lectores, los que nos estamos empollando en las cosas que le gustan a este tipo. Pero sin heredar una fortuna. Para que os hagáis una idea del nivel al que puede llegar este hombre, ahí tenéis una foto suya ¡con su DeLorean! (el coche - máquina del tiempo de Regreso al Futuro, recordad). Y no sólo eso, sino que lo tiene trucado mezclando otros elementos de El coche fantástico y Cazafantasmas. No os perdáis esta página, donde hay todo tipo de vídeos y fotos del invento.

Por si nos quedaba alguna duda de las similitudes entre Cline y el ricacho Halliday, basta con ver esta página en la que el tipo explica que... ¡creó su propio concurso, en el mundo real!. Al parecer, metió un huevo de pascua en el libro. Tirando del hilo, averiguas los acertijos, consigues tres llaves, abres puertas superas videojuegos... es decir, la misma estructura que el juego del libro. Al final, el premio era... ¡su DeLorean!. Desgraciadamente, chicos, el concurso ya acabó. El ganador fue este tipo, que se convierte así en el cuarto gran frikazo de este artículo.


Como decía antes, el libro está lleno de referencias a todo tipo de frikadas, todas ellas reales, es decir, han existido realmente. Algunas mencionadas sólo de pasada, pero muchas de ellas formando una parte muy importante del argumento. ¿De qué tipo?, pensaréis. Básicamente, ¡de todos!.

Por supuesto, hay fundamentalmente muchas referencias a videojuegos. Sobre todo se centra en dos vertientes: juegos de la Atari 2600, y juegos arcade de las recreativas. Entre las recreativas, clásicos como Pacman junto a otras mucho menos conocidas (al menos por mi) como Joust (juego gracias al cual, por cierto, nuestro cuarto frikazo de aquí arriba ganó su DeLorean, al conseguir un record mundial histórico para poder acceder al premio). Pero en general, casi todos los videojuegos que se mencionan son muy, muy pero que muy antiguos, básicamente de los inicios de los videojuegos. Sólo unos pocos son unos añitos más modernos, como el Black Tiger. También se mencionan los orígenes de las aventuras conversacionales, con juegos como Colossal Cave y Zork.

 

No pueden faltar tampoco referencias a películas y series, no tanto a las mejores pelis ochenteras, sino más bien a una obras con ciertos tintes frikis o geeks, como TronLos caballeros de la mesa cuadradaJuegos de guerra o Blade Runner.


Por otra parte tenemos referencias a juegos de rol, principalmente a Dragones y Mazmorras.


Y si lo que te gustan son los grandes robots, ahí nos sobramos: los tienes prácticamente todos, con intervenciones especiales de algunos como MechaGodzilla, Leopardon o Voltron. Y puestos a poner un personaje de Mazinger-Z, para qué vamos a poner uno conocido... ¡que sea una Mazinger travestida que no conoce ni su padre! (Minerva-X).


¿Música?. También. Alguna más conocida, sobre todo bailable, como Wham o Billy Idol, con otra más raruna y... aparentemente frikuna, como el grupo Rush.


Y más, más referencias de todo tipo, sin parar: comics, libros... ¡cereales!...



En definitiva, un libro muy entretenido para cualquiera, que se lee en un suspiro... pero sobre todo, ¡un libro imprescindible para todo buen friki!. Especialmente frikis nacidos a principios de los 70, claro. De hecho el autor me saca un par de añitos y sólo eso la verdad es que ya se nota.

Una vez acabado el libro, recomiendo hacer lo que acabo de hacer yo con este artículo: buscar las referencias que no hayamos reconocido (algunas de ellas realmente no llegaron a ser nada conocidas en España, así que dudo mucho que nadie español las reconozca todas), y ver de qué se trataba exactamente. Aunque, bueno, con este artículo ya os lo he puesto un poco más fácil (y eso que no he enlazado todo).

Diablos, ¡realmente lo he disfrutado!... ups, estoy pensando... estoooo... ¡¡¡¿me convierte eso en... el quinto gran frikazo de este artículo?!!!...


P.D.: Mi fiebre retro-friki se pasará en algún momento. Dadme tiempo... al menos hasta que pase la inminente RetroMadrid, para la que estoy preparando algo  ;-)