Hartazgo de microrrelatos y otras lecturas

He de confesar que ando algo saturado por la lectura sostenida a lo largo de varios meses de libros de microrrelatos. No exagero si afirmo que, entre noviembre y mayo, he leído completos entre cincuenta y setenta volúmenes, además de una docena de antologías. Guardo buen recuerdo de Kiriwina, de Ana Tapia, y hasta pensé reseñarlo en los Silenos, pero las ocupaciones más urgentes malogran muchos afanes. Como todo hartazgo conlleva su penitencia, ahora me cuesta acercarme a un microrrelato. Sé que es una indisposición transitoria y, en cuanto esté recuperado, me haré con los libros de Araceli Estévez, Manu Espada y Lola Sanabria. Mientras tanto me resulta más grato en estos días ventosos leer poesía, y en esa ocupación alterno los últimos títulos de Eloy Sánchez Rosillo, José Ramón Ripoll y Felipe Benítez Reyes. También ha llegado a mis manos el nº. 18 de Campo de Agramante, con una sección especial dedicada a Cernuda, cuya lectura va lenta y espaciada, como corresponde a una revista literaria. Llevo ya mediado el libro de memorias de Adrienne Monnier, del que ya adelanté algo en este blog, y he de decir (segunda confesión) que me está costando avanzar con Las frutas de la luna, de Ángel Olgoso, autor que hasta la fecha me ha seducido sin reservas. Serán estos primeros calores estivales, que nos dispersan y resecan la sesera. Con todo, justo es señalar (tercera confesión) que he concluido Cada cual y lo extraño, el último libro de relatos de Felipe Benítez Reyes. A falta de una reseña más detallada, diré tan sólo que es libro amable, sostenido hábilmente sobre dos pilares: la nostalgia (en ocasiones melancolía) y el humor. Maridar bien estos dos ingredientes para equilibrar la nave no es tarea fácil, pero Felipe es esforzado y ducho navegante.