Mudanza ribereña y microrrelato

Queridos amigos, en apenas una semana he pasado de las ondulantes riberas del Sena a la piel espejeante del Mediterráneo murciano, previo paso apresurado y pleno de ocupaciones por la isla antaño llamada Gadeira y en estos día titulada con el rimbombante y efímero nombre de Cádiz del Bicentenario. Cuesta con tanto ajetreo ocuparse de estos Silenos como es debido. Ahora que estoy algo más descansado, retomo el baile para dejaros un microrrelato que escribí precisamente aquí, frente al mar de Cabo de Palos, hace ya un año.


UN PASADO GLORIOSO

Al cartero Giacomo Galantini le cupo en suerte un antepasado ilustre, un varón desprovisto de épica historia, pero testador de un repertorio de aventuras amorosas de sorprendente nombradía. Una hermosa Gonzaga, una joven de la familia D’Este, otra tal de sangre de los Sforza… Era fácil imaginar al ancestro quitando el polvo a su galería de retratos linajudos, conversando con sus damas ante los ojillos cómplices de un armiño o un extraviado unicornio. Era fácil imaginarlo aparejar un encuentro furtivo en el jardín, bajo la mirada complaciente del dios Pan o la sonrisa lasciva del rojo Príapo. Giacomo Galantini se negaba a contar las escenas íntimas de su antepasado, los requiebros dulcísonos en las recónditas estancias del palacio que acababan en revuelo de sábanas y balanceo de doseles. Y pese a la insistencia de sus compañeros de partida de naipes en la taberna La Posta para que sentara a la mesa esas confidencias, Giacomo Galantini se atusaba el bigotito, tiraba de la cadenita del reloj de bolsillo y, antes de despedirse, enarcaba los ojos con una sonrisa melancólica. Por más que mediasen los siglos, pensaba, un caballero es siempre un caballero. 

(Estancia del Palacio de Versalles. Fuente: Silenos)