El mar saliente

El mar, pese a ser de marea liviana, cubre el pedregal de la costa, empapa las toallas y bolsos de los bañistas, sube por la escalera de piedra, escala la pared de arenisca del suave acantilado, cruza la carretera, se aremolina perezoso en los bajos del edificio, asciende por la fachada despacio, inunda los balcones de los dos pisos inferiores y, al fin, penetra como animal rastrero en el apartamento. De momento el agua juguetea a salpicarme los pies, pero pronto anegará la casa, la mesa en la que escribo contemplando el Mediterráneo, el trwclalo dqst ordn+0r