Suspicacias ante el microrrelato

He leído una reseña de mi último libro en el blog El Bibliófilo Enmascarado, en la que el autor, César, dice literalmente que no le acaban de agradar los microrrelatos, me parece como leer el prospecto de unas aspirinas. Al margen de que califica erróneamente Zona de incertidumbre como libro "de microrrelatos", cuando estos son los menos y hay muchos relatos que superan las cinco páginas, y dejando a un lado mis discrepancias sobre algunas valoraciones suyas, pues soy respetuoso con las opiniones ajenas, sin embargo no quiero pasar por alto un hecho que evidencian sus palabras: las suspicacias que siguen despertando los microrrelatos. Tampoco se expresó de modo diferente un conocido mío que examinaba Zona de incertidumbre en una librería. Antes de que pudiera decirle nada, me espetó: A mí no me van esas mariconadas de los microrrelatos. Debí de convencerlo de que ha de juzgarse después de leer y de que (una vez más) los microrrelatos alternan con relatos más extensos, ya que acabó comprando el libro. Hace algo más de un año, al reseñar en su blog Fuera pijamas, libro este sí todo de microrrelatos, Benítez Ariza escribía que estaba intentando encontrarle la gracia a un género hacia el que me siento más bien refractario. Hace poco menos de un mes el cartel del ayuntamiento de Puerto Real (Cádiz) que anunciaba la presentación del libro añadía "libro de microrrelatos". Afloran, pues, dos asuntos nada baladíes y estrechamente relacionados: el rechazo que genera (en buena medida a priori) el microrrelato en parte de los lectores y el asunto, discutido entre especialistas y escritores, de su extensión. Y si bien es cierto que no hay medida certera que pueda aplicársele, al menos convendremos, por negación, en que tres, cuatro o siete páginas ya no son microrrelato. En España tendemos a calibrarlo todo al peso, y la literatura no está al margen de este falso justiprecio. ¿Cuánta gente prefiere comprar un libro "gordito y que pese", sobre todo si es para regalo, antes que un volumen ligero que no alcance siquiera el centenar de páginas? Si a ello añadimos que nada hay más alejado de la gordura y el peso que un microrrelato (para algunos la antítesis de la novela, tan sobrevalorada), ya lo tenemos bajo sospecha. Sin duda muchos de estos mismos pesadores que practican el arte conjunto del ojeo y hojeo de un libro para hacerse una idea previa, al ver un microrrelato que pasa veloz ante su mirada, tilden el volumen completo por el relato volador, en una suerte de sinécdoque apriorística. Como si el microrrelato fagocitara, pese a adolecer de falta de corpulencia, el resto del libro. Siguen apareciendo libros de microrrelatos, antologías y análisis críticos rigurosos, y parece que se va caminando cada vez más sobre tierra firme. Mas aún queda camino por desbrozar entre el menosprecio y la ignorancia. Lograr que del prejuicio se pase a la lectura es tarea ardua. Conseguir la reconciliación con el género, como afirmaba Benítez Ariza al final de la citada reseña, se me antoja hoy un esfuerzo titánico.