La vanidad del escritor

Sé que escribir es un ejercicio de vanidad. Porque decidme, ¿qué motiva a alguien a sentarse delante del papel, cerrar los ojos en un gesto de concentración, estirar los brazos con los dedos cruzados para reafirmarse en un solitario “manos a la obra”, si no es la presunción de creer que las palabras que emanen de su tarea interesan a uno, cinco o, en el mejor de los casos, cien desconocidos? La vanidad es eso: la hinchazón que uno experimenta cuando piensa en sí mismo y, sobre todo, en la imagen sobresaliente que de él verán ─aspira a que vean─ los demás.

(Imagen: Museo de Cluny. París. Fuente: Silenos)