Balance de lecturas estivales en el umbral de agosto

Cuando julio va llegando a su término, acabo Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino. Lecciones de literatura que la muerte inesperada le impidió impartir en Harvard. Cuánto se aprende de los maestros. Avanzo y disfruto de El heredero, de otro maestro, José María Merino, y voy llevado de la mano de Fernando Valls, que esclarece y allana el camino con sus notas en la edición de Castalia. A ratos leo las cartas que Byron escribió en su periplo mediterráneo, pero he de decir que, en su mayor parte, son menos interesantes que la introducción de Agustín Coletes Blanco para la edición de KRK. Como el tiempo se dilata felizmente, también leo el libro de mi amiga Nieves Vázquez Recio, último premio Tiflos de relatos: La velocidad literaria (también en Castalia). Un homenaje a la literatura desde el conocimiento y la pasión medida, certera. De Nieves cabe esperar pronto nuevos y granados frutos como este. Leo los blogs de los amigos (muchos virtuales), los que de verdad me interesan, y procuro mantener danzando estos Silenos para el puñado de fieles lectores. Preparo la selección de entradas que aparecerán dentro de unos meses en la colección Álogos de Isla de Siltolá, con el título Papeles Secundarios. Espero pruebas de imprenta de Zona de incertidumbre, que saldrá a la vuelta del verano en Paréntesis. Creo que después del verano también aparecerán algunos microrrelatos míos en una antología de Valls y, meses después, en otra que prepara Irene-Andres Suárez. Sin embargo, en este julio me ha faltado lectura de poesía (que no escritura). Sólo me he traído Belleza y verdad de Keats (Pre-textos), que tengo medio leído, y mi mujer tiene entre sus libros las poesías de Leopardi en la monumental edición que ha hecho Nievez Muñoz Muñiz para Cátedra. La librería Escarabajal de Cartagena está bien nutrida de poesía. Es menester visitarla mañana y hallar algún remedio.

(Faro de Cabo de Palos. Fuente: Silenos)

Del "yo" al "tú" diluido

Hablo mucho de mí porque soy el hombre que tengo más a mano. Considerar esta declaración de Unamuno como un signo de egocentrismo intelectual es errar el disparo. Para el escritor, el filósofo, el hombre preocupado por la existencia humana no cabe otra forma de percepción del mundo que aquella que tamiza el yo, y no es posible conocer a un yo ajeno mejor que al propio. Aquí debía de hablar sobre todo el Unamuno filósofo, pero también el poeta. ¿Qué es la poesía sino un ejercicio constante de introspección, un intento de armonizar lo externo y lo interno a través de un lenguaje preciso y certero? En literatura el yo está presente siempre, incluso cuando se oculta en la sombra de los demás pronombres personales. La segunda y la tercera personas son ficticias en tanto que son subsidiarias del autor, que es el yo primario. Y otros usos evidencian igualmente imposturas, como el "uno", que envuelve el texto en una vaga indefinición personal pero, a la postre, no logra zafarse de yo al que sustituye. ¿Por qué ese uno va a ser mejor que el yo al que suplanta? Tampoco el llamado impersonal escapa al influjo de la primera persona. Cuando decimos: No puedes aceptar corruptelas en tu familia y luego denunciarlas en los demás, estamos hablando de un principio moral del yo proyectado en un diluido que se expande hacia un colectivo, hacia una persona indefinida. Así pues, en literatura el yo es sustancia primaria y las demás personas son imposturas del yo. Para el escritor italiano Carlo Emilio Gadda esta omnipresencia de la subjetividad resultaba exasperante, según leo en una cita recogida por Italo Calvino:

........el yo, yo... ¡el más asqueroso de todos los pronombres!... ¡Los pronombres! Son los piojos del pensamiento. Cuando el pensamiento tiene piojos, se rasca como todos los que tienen piojos... y en las uñas, entonces... se encuentran los pronombres: los pronombres personales.*

.....Por eso cuando escribo al comienzo de un relato: El hombre busca el sendero conocido..., siento indefensión, la misma que el niño que se adentra solo en una espesura desconocida.



(* Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, Siruela, sexta ed., 2005, p. 111)

Los miedos (1). Microrrelato


MIEDO DE MANUAL

La mano cuelga a un palmo del suelo, sin balanceo ni movimiento articular de los dedos. Solo cuelga, retenida por la muñeca en un pliegue de embudo de la colcha púrpura. Si los dedos pudiesen ver, nadie sabe qué verían ahí abajo, en la oscuridad acechante. Acaso porque no pueden ver, necesitan que el cerebro temeroso ordene, desde arriba, la huida, la retirada al refugio de las sábanas, antes de que los seres que habitan los bajos de la cama huelan, toquen, mordisqueen, arrastren el miembro superviviente hacia las sombras. Pero en la cama no hay nadie, solo un rastro sanguinolento y la violenta hendidura dejada por el hacha.

Mi bosque en el blog de Antón Castro

Antón Castro publica en su blog mi microrrelato "Trabajos y días", con el que participo en la agenda 2011 que la Junta de Andalucía ha publicado para conmemorar el Año Internacional de los Bosques. Gracias, Antón. Puede leerse AQUÍ.

Versos y microrrelatos en el Puerto III


A principios de abril recibí una extraña invitación. Mi amiga Carmen Sánchez, miembro activo de la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz (hermosa la declaración de intenciones que se lee en su web: Proyecto de apoyo de las personas lectoras a quienes aman los libros y no pueden leerlos), me propuso participar con ellos en una lectura poética para un grupo de presos en el Puerto III, con objeto de conmemorar el Día del Libro. Desde hace varios años -me dijo- ellos (dos, tres personas de la Asociación) acudían cada viernes a la prisión durante una hora a una sesión de lectura colectiva. En este caso no porque los presos no supieran leer o estuviesen impedidos para ello, como sucede con otros colectivos, sino porque con esta actividad colaboran con el programa de reeducación dirigido por Carlos en la cárcel. Antes de que yo dijese nada, me advirtieron de que no cobraría ni un céntimo por ello (es la segunda vez en poco tiempo que me invitan a una colaboración esporádica y me hacen la misma advertencia, como si quienes escribimos llevásemos en la frente una especie de sello pecuniario). Como hace ya años no hago ascos a experiencias nuevas y admiro la excelente labor de difusión de la lectura y el libro que hace esta Asociación, invirtiendo su propio dinero y su tiempo libre, dije que iría encantado. Lo primero que me llamó la atención fue que Carmen, Elena y Armando se detuvieron en el vestíbulo de la puerta principal a saludar cariñosamente a una joven. Tal era el afecto prodigado, que no se me ocurrió pensar que fuese (como me dijeron luego) una reclusa excarcelada poco antes y miembro del programa de lectura. Dentro, ya en la puerta de la sala, se repitieron los abrazos y besos con hombres y mujeres de varias nacionalidades (Argentina, Colombia, Georgia, Rumanía... y, por supuesto, España). Entre ellos también se saludaban afectuosamente, ya que pertenecen a módulos diferentes y muchos se ven tan solo en esa ocasión semanal. Repartimos libros y claveles (a falta de rosas), Armando me presentó como el escritor invitado y comenzó el acto, según la "tarea" propuesta el viernes anterior: cada uno debía preparar la lectura de un autor/a de su tierra, para, en el espacio de dos o tres minutos, ofrecerla a los compañeros. Así fueron desfilando uno tras otro, leyendo los más, pese a ser extranjeros, con una facilidad que ya quisieran muchos universitarios españoles. Cada intervención se cerraba con un aplauso y a veces se oía, entre los asientos, cómo se acogía al lector con muestras de aprobación o cariñosos consejos. Después de la intervención de Carmen y Elena estaba previsto que yo agotará los veinte minutos restantes con la lectura de versos y relatos míos. Abandoné la mesa y bajé de la tarima para estar más cerca de ellos (eran unos treinta), como siempre hago en mis clases, y procuré simplemente satisfacer la más mínima expectativa que tuviesen. Debo decir que no recuerdo haber estado en un acto donde hubiese un público más respetuoso y entregado. El silencio absoluto durante mis intervenciones, el respeto en las preguntas, el interés mostrado al final por cuestiones literarias convirtió aquella experiencia en algo inolvidable. Al terminar el acto dejé en la biblioteca del centro ejemplares de mis libros y nos hicimos una foto de grupo. Me autorizaron a publicarla en este blog (hasta hace poco no la he recibido, de ahí la demora) y ahora, cuando julio va llegando a su meta, yo les devuelvo la hospitalidad con la ingratitud de no recordar sus nombres, aun cuando tengo bien grabado cada momento de aquella tarde de lectura compartida. Un abrazo.

(Armando me presenta)

Más dinosaurios (y una secuencia)


1. Cuando el dinosaurio se removió, Monterroso se cayó de la cama.

2. Cuando Monterroso despertó, el dinosaurio ya era famoso.

3. Cuando el dinosaurio despertó, devoró a Monterroso.

4. Cuando hoy nos despertamos, buscamos al dinosaurio en el espejo.

5. Cuando hoy despierta el dinosaurio, exige comerse un microrrelato.


Addenda:

Que me traigan a ese Monterroso -dijo el dinosaurio-: a ver quién le ha dado permiso para utilizar mi nombre (propuesta de Elías Moro).

Las otras ocupaciones estivales

El verano también trae sus ocupaciones. No, no me refiero a las tareas de bricolage demoradas durante el curso; tampoco a la limpieza del trastero, de las persianas o del interior del coche. Hablo de ocupaciones mentales, porque el verano, con sus soles esplendentes, su espuma deseable y sus disputadas sombras, genera vapores que reactivan (o enturbian, según se mire) el intelecto. "Pienso, ergo es verano" sería la fórmula adecuada, si bien sé que a muchos de mis lectores esto le parecerá onamismo mental con agravante de altas temperaturas. Sin embargo, pocas veces al año reflexiono tanto como en estos días anchurosos, de horizontes desdibujados por la calina, aunque este ejercicio a veces se me revuelve con sus espinas. Mi mujer lee el manuscrito de un libro de relatos que este otoño me publicará la editorial sevillana Paréntesis y, en la zozobra de la duda, espero su juicio, un simple gesto de aceptación, porque esta vez el editor lo ha leído antes de que ella diera su imprimatur. Aunque este libro no es solo de microrrelatos, sentencia: "No dejes de escribir micros". Recibo un mensaje de una experta en microrrelatos para pedirme tres de mi Fuera pijamas que quiere incluir en una antología de Cátedra. Me echo en sus brazos virtualmente y, al poco, me pregunto: ¿y los relatos del nuevo libro, no pasan el examen de suficiencia? ¿Y mis versos, que este verano fluyen de nuevo, serán una nadería sin alma? Es evidente que estas cuestiones son hijas de una susceptibilidad sobrevenida frente al mar del verano. Mas la cosa es más grave. Leo Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino y Cartas y poesías mediterráneas de Byron en la hermosa edición de KRK, y me asaltan nuevos interrogantes: ¿se someterá alguna vez un escrito mío al magisterio de estas conferencias de Calvino que la muerte repentina le impidió dictar en Harvard? ¿Podrán alguna vez mis versos exhalar el aroma del viejo Mediterráneo que buscó Byron en su grand tour de 1809-1811? Miro por la ventana, veo el mar inmenso y de nuevo me visita el recuerdo de Juan Ramón Jiménez ("Para olvidarme de por qué he venido..."). Miro de nuevo por la ventana y me acuerdo de mis muertos de este año, que son ya muchos, y hago un esfuerzo para que la Negra pase de largo y no se instale en mis versos, que ahora es como instalarse en el salón de mis pensamientos. A la caída de la tarde refresca y me siento mejor. Vamos paseando al pueblo y tomamos una cerveza muy fría. Acaso sea el momento de la jornada en el que dejo a un lado estas ocupaciones estivales y me enredo en la planificación de otras domésticas: el arreglo del collar que se ha roto, el repaso con silicona a la junta del baño, la sustitución de los cojines de las sillas de la terraza, decolorados por el sol... Pero la cerveza también exige versos y me veo, sentado en la terraza del bar, buscando las palabras precisas en la imagen de los mástiles, en el tintineo de las jarcias, mientras el aire húmedo empuja hacia nosotros risas y voces que nos suenan, como el vuelo de los vencejos, de otros veranos. Y huyen hacia el lado de poniente las ocupaciones, dejando estos versos:


EL PUERTO

La mirada impasible de los mástiles
nos reúne al abrigo del verano.
La tarde se acomoda en las terrazas,
sedienta de sutil conversación.
Vuelan risas y voces
y el aire las acoge tembloroso,
igual que el niño un beso prematuro
en la penumbra cómplice de un cine.
Tintinean las jarcias con temblor
de música en las cuerdas,
la luz empalidece lentamente,
dejándose la piel en los cristales.

Doble cielo con Mavis Staples

Anoche, doble espectáculo en las alturas del auditorio del Parque Torres: las luces desvaídas del puerto cartagenero hacían el coro en el agua a las ráfagas intermitentes de los faros. Estaba el mar bonancible, el aire arrobado (o quizás asustado) ante la voz potentísima y subyugante de Mavis Staples, la gran dama del gospel y el rhythm and blues. El coro de su banda de Chicago, formado por su hermana Yvonne Staples, Vicki Randle y el magnífico Donny Gerrar, se mecía al compás de los destellos marinos. Cercano a la cima del graderío, la mirada se me escapaba del auditorio y se quedaba prendida de la danza de fuegos fatuos, mientras los oídos permanecían dentro, extasiados por la magia de los temas de su último disco, You are not alone. Desde allí arriba las estaturas engañan: Mavis Staples, pequeña y septuagenaria, se agigantaba por momentos y, con un movimiento circular de manos sobre su cabeza, escalaba por encima del escenario. Fuera, la noche, que nos parece tan inmensa, reducía su misterio y se rendía a los pies de esta mujer de leyenda, cuya simpatía y elegancia proyectaron su esplendor aún más sobre la tersura de las aguas.

Quisiera poder escribir...

"Esta angustia de cielo, mundo y hora". Suenan los "Sonetos del amor oscuro" de Lorca en la voz y música de Amancio Prada. Me acompañan desde hace tiempo ("con oscuro gemido un año entero"). Sonetos de límites desdibujados, de hemistiquios repetidos, si se quiere, pero que no distorsionan la lectura del texto, pues voy sin sobresalto de Prada a la edición de Áltera (con epílogo de Jorge Guillén) y del texto a la canción. Habré leído los poemas una docena de veces, habré escuchado este disco dos docenas o más, y siempre me sucede lo mismo: percibo con absoluta claridad mi pequeñez, vuelta en admiración siempre, ante la metáfora sublime, en eclosión constante del poeta granadino. Hay versos de amor memorables e irrepetibles, como aquel cierre de soneto magistral de Quevedo (quizás lo mejor que se ha escrito en la poesía española): "serán ceniza, mas tendrán sentido, / polvo serán, mas polvo enamorado." O como estos lorquianos de imágenes turbadoras, sobre los que pende una peligrosa "voz de penetrante acero". Quisiera poder escribir, al menos una vez en la vida, versos como estos, pero para ello ha de estar dispuesta a visitarme, "en un anochecer de ruiseñores", una Musa que no es de este mundo.

La memoria literaria (la pequeña)

La memoria literaria individual es inestable, como una obra abierta, en proceso. Si la cultura es el poso que queda cuando se ha olvidado lo aprendido, la memoria de lo leído es, en cambio, un pozo profundo, fecundo en aguas y líquenes oscuros, donde millones de microorganismos se aparean. ¿Cuántos libros lee un lector medio en una vida, pongamos, de ochenta años: mil, dos mil? ¿Qué porcentaje de lo leído se acomoda, siquiera sea en forma de mero reflejo, en el laberinto de su memoria? ¿El diez, el veinte por ciento? En esa suerte de batidora que debe de ser el receptáculo del cerebro donde se almacenan letras, historias, personajes, tramas y misterios todo se funde, todo se hermana. Así sucede que, a veces, la masa de esa mezcolanza sube hasta el borde y deja escapar un efluvio, un gas que alivia la presión. Cuando camino entre cristales, no puedo evitar que me acompañen las palabras de Max Estrella en su larga noche última: "Aquí también se pisan cristales rotos", y no pocas veces he contemplado la luna en la fragua de Lorca ("La luna vino a su fragua..."), pensado en la muerte con los ojos del poeta portugués José Gomes Ferreira: ("Devia morrer-se de outra maneira...") y considerado la caída a un pozo bajo el humor de Mihura: "El niño se cayó a un pozo, hizo ¡pim! y se acabó".
.....Sin embargo, en otras ocasiones ese gas viene demasiado ligado, confuso. Los versos de Cernuda que uno cree estar evocando se vuelven de Neruda, o de Keats en traducción meritoria; y los personajes cambian de autor y abandonan sus obras de origen y se introducen en otras ajenas, en un impune allanamiento de morada. ¿Ese Rampín, acompañante de cortesanas, campaba a sus anchas en La Celestina, o era en La Lozana Andaluza? ¿Y Guy Montag, de qué libro en llamas ha salido?
.....A menudo, sentado frente al mar como en esta mañana de julio esplendoroso, me pregunto, como Juan Ramón Jiménez, el propósito de nuestra estancia en este átomo del Universo, y evoco sus versos en la prosa de la memoria: Para olvidarme de por qué he nacido, hemos nacido, vengo a mirarme en ti, mar, loco perpetuo. Pero en un día como hoy descubro que esas palabras no son exactamente las que escribió el poeta de Moguer en "El nuevo mar", sino estas otras:

...
Para olvidarme de por qué he venido,

de para qué he nacido, hemos nacido,
vengo a mirarte, mar, loco perpetuo.
...
En mi recuerdo solo había
nacimiento, no llegada, y yo buscaba mi reflejo en el mar, mientras que JRJ tan solo lo miraba. Es evidente que ese es el misterio de la poesía: la asunción del yo del poeta transformado en el yo del lector. Y quizás ese sea el fin último de la literatura: apropiarnos de lo que otros escribieron para alimentar ese magma inestable y sin fondo que es la memoria.


(Imagen: Fuente de la pl. S. Sulpice. París. Fuente: Silenos)

Estampas desde Cabo de Palos: Fantasmas


Para mi sobrino Darío

Extraños fantasmas pululan por las costas del Mediterráneo. Creí que se espantarían ante la cámara, pero posaron con la mayor naturalidad. Quizás están de vacaciones.

El nombrecito de la rosa o la literatura light

La prensa de hoy trae la noticia: Umberto Eco "aligerará" El nombre de la rosa para atraer a nuevos públicos. La nueva versión italiana estará en las librerías el 5 de octubre. Leí el libro en los años ochenta del siglo pasado, siendo estudiante del primer o segundo año de carrera. Para quien barruntaba entonces que se dedicaría a la Filología Clásica, la novela de Eco fue un descubrimiento y un goce en varios sentidos. La he releído en estos años un par de veces más y he visto hasta en cuatro ocasiones (que ahora recuerde) la película de Jean Jacques Annaud. Dedicado ya al estudio de la literatura latina de los siglos XV-XVI, con incursiones en la medieval, y, por esto mismo, en contacto habitual con códices e impresos quinientistas, la novela de Eco me supo mejor en cada relectura. La ambientación de los scriptoria medievales y su papel imprescindible en la pervivencia de la literatura clásica, la sombra alargada de Aristóteles, las discusiones en torno a la pobreza de los franciscanos, la fascinación por los códices, la trama policiaca, los guiños a Sherlock Holmes, Borges, la biblioteca de Alejandría... todo ello ha convertido el libro de Eco en un hito en la historia de la novela contemporánea. Es más, la estela de crímenes bajo sotana, los secretos abominables en catacumbas, el desciframiento de enigmas judeocristianos, cuando no masónicos, protestantes... no se entendería sin la historia que viven Guillermo de Baskerville y Adso de Melk. Por eso, la noticia de hoy me llena de estupor. ¿A qué viene esta versión light? ¿Qué necesidad hay de ella? ¿Para qué quiere Eco más lectores cuando se trata de uno de los libros más leídos en las últimas décadas? Aparte del embrollo que esto ocasiona a los historiadores de la literatura, para quienes seguimos disfrutando de las aventuras del franciscano ilustrado y orgulloso, la noticia huele a lo de siempre: bajemos el nivel para que lleguen los que no llegan, en lugar de estimular a esos mismos a que suban y alcancen mayores cotas de saber. Dicho en otras palabras, huele a ESO (para mis lectores no españoles: Enseñanza Secundaria Obligatoria = homogeneización de niveles, pero por abajo) y la rebaja paulatina de nivel que vivimos en la universidades. Sin embargo, no me esperaba algo así de un hombre como Eco, atento siempre a los relieves más recónditos e interesantes de la historia y la cultura (ahí están sus libros para demostrarlo). No quiero pensar que esto sea una concesión a la legión de fans de Harry Potter, la saga Crepúsculo y aledaños; es decir, la gallina de los huevos de oro de la adolescencia. Tampoco creo que, a estas alturas, Eco necesite el regreso a la primera línea mediática editorial. ¿Qué suprimirá en este El nombrecito de la rosa? ¿El deleite visual ante los códices de Beato de Liébana, Plinio el Viejo o Estrabón, o las discusiones de los franciscanos con la embajada papal? Porque a buen seguro que no aligera el peso de los crímenes de los pobres benedictinos. Tampoco parece disparatado aventurar que habrá película de la versión breve. Si Eco justifica su decisión en la necesidad de popularizar su novela, más grave me parece, insisto, cuando se trata de una obra tan leída durante décadas. Es como si Cervantes suprimiera del Quijote largas escenas, acaso tediosas, como, por ejemplo, los parlamentos pastoriles y otros episodios, dejándolo en un relato simplón de capa y espada. O como si Dante redujera de su Divina comedia el poso teológico y el resultado fuera un viaje al Más Allá estilo Disney. Porque no nos engañemos, si Eco ha dado este paso, no tardará en vender los derechos a la compañía del ratón que llaman Mickey.

Una infancia sin máquina de retratar

Solo dos imágenes en papel evidencian (¿bastan?) que una vez fui niño. La primera es una fotografía incompleta de un bebé de ojos muy oscuros, sentado sobre una sábana y con las piernas rollizas abiertas. La otra es testimonio de un extravío cuando tenía tan solo dos años (estamos en 1967). El lugar del disparo, una calle paralela a la calle donde vivíamos; la ocasión, la Primera Comunión de una prima, lo que explica cierta compostura en la ropa, pese a esos horribles pantalones cortos rayados y la extraña intrusión de una tiza en una de mis sandalias blancas. La fotografía, obra de un avispado fotógrafo al que me hubiera gustado conocer después, muestra a un niño algo gordito (¿soy yo?) que se coge las manos y mira a la cámara con gesto cómplice, como si aquello fuese un pacto entre niño y adulto para sacarle a mis padres el importe de la improvisada fotografía. A partir de ahí se produce un salto de más de una década, hasta los últimos años de la escuela. La razón de tal vacío es simple: en casa no había máquina de retratar. Las familias humildes de entonces, agraciadas con un rosario de hijos, no podían permitirse ciertos lujos, y dicho aparato lo era, pues se consideraba la herramienta de una clase privilegiada: el turista. Aún tardaría la máquina en popularizarse, como lo hizo, si bien mucho más temprano en mi casa, el televisor. La primera película de la que tengo memoria es el King Kong de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, de 1933, que a partir de mediados de los cincuenta pasó a emitirse por televisión. Debía yo de andar por el lustro escaso de edad. Hoy, cuando veo esas dos fotos (un bebé y un niño perdido) y al lado se alza, descomunal, el recuerdo del gorila, me siento mucho más desvalido, mucho más vulnerable ante los peligros del mundo. Y me pregunto si un álbum de fotos hubiese paliado este sentimiento. No sé, pero, al menos, mi infancia no se sustentaría en exceso en las imágenes, a veces mendaces, de la memoria.

Estampas desde Cabo de Palos: La roca de Hölderlin

Voces de niños confundidas con el rumor y la espuma de las olas. Aquella roca del fondo, la más alejada, hasta donde solía ir nadando cuando había fuerzas y el atrevimiento era una punzada en el pecho, es ahora descanso de la mirada. Al verla siempre rompiendo con violencia el flujo uniforme que llega desde mar adentro (tal vez desde la costa de la argelina Alger, que imagino allá, en línea recta), me acuerdo de Hölderlin: Las olas del corazón no se alzarían ni se romperían en tan bellas espumas si no se estrellaran contra el destino, esa vieja roca muda. Siempre me atrajo esa definición tan certera del destino, esos tres rasgos esenciales: edad, dureza y mudez. ¿Quién cuestiona que el destino es tan viejo como el universo, que ya surgió destinado...? ¿Y acaso no se hermana en dureza al pedernal, al diamante, al ojo pétreo de la muerte, con quien comparte cobijo y tantas veces proyecto? La mudez es su coraza, su forma de no dar opción a las peticiones que conllevaría una sola palabra suya reveladora, pues ¿qué humano estaría satisfecho con su mañana? Ya no oigo las voces de los niños, solo el rumor del mar: el tiempo que me ha llevado esta reflexión ha bastado para que se marchen a casa, quizás pensando en que aún les queda casi todo el verano por delante, toda una vida para bañarse en el mismo mar en el que siempre aguarda acechante, como centinela del tiempo, la roca de Hölderlin.

Julio, Italo Calvino y otras plumas italianas

Trae julio los calores de siempre, redoblados por la sensación de que arriba la capa de ozono apenas resiste y abajo somos nosotros los que no resistimos esta caída al pozo sin fondo de la crisis. Para colmo, en la ciudad-barco en que habito sopla demasiado a menudo el levante, que en estas fechas es como un beso desértico, de labios agrietados. Hay arena en los ojos del mediodía, de ahí que andemos de espejismo en espejismo.
.....Leo el "Diario norteamericano" de Italo Calvino, incluido en el libro Ermitaño en París. Páginas autobiográficas. Son notas y comentarios sueltos que el escritor escribió en su viaje de 1959-60. Me llama la atención el texto titulado "Memorias de un automovilista". Calvino ha alquilado un coche junto con sus colegas Ollier, Pinget, Claus y la esposa de este para ir desde San Francisco a Los Ángeles. Los detalles son cotidianos: la marca del vehículo (Ford), los límites de velocidad, el problema del aparcamiento en L. A. Pero lo más llamativo es cómo explica el uso de las carreteras de un solo carril y las autovías o autopistas norteamericanas: El sistema de circulación en líneas paralelas [sic] en lugar del adelantamiento por la izquierda es mejor y menos peligroso que en Italia. Naturalmente en los tramos de carretera estrechos, con sólo dos carriles, el adelantamiento se hace como lo hacemos nosotros. Pero el problema está siempre en mantenerse en las líneas y si se cambia de lane, o sea de carril, hay que estar muy atentos por si alguien viene detrás. No se puede negar que las palabras de Calvino, sobre todo la referencia al peligro de los coches que vienen detrás, suenan hoy a perogrullada, pero evidencian que a finales de la década de los cincuenta muchos accidentes de tráfico en Italia (y España) se producían en los adelantamientos en esas carreteras simples. Sorprende ver qué poco han cambiado las cosas.
.....Lo mío con Calvino es amor ya viejo. Empezó cuando leí la trilogía Nuestros antepasados y se afianzó con Las ciudades invisibles y Todas las cosmicómicas. Creo que en España aún no se le ha prestado la atención que merece, aunque es meritoria la labor de Siruela, editora de la Biblioteca Calvino. Calvino me lleva a Pavese (en su caso fue al contrario: de Pavese a Calvino) y un italiano a otro: Dino Buzzati, cuyos cuentos no dejo de releer. Con Lampedusa me sucede algo extraño: leo sus relatos y siento que mariposeo en torno al recuerdo imborrable de El Gatopardo, de don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, una de cuyas frases todavía hoy, más de viente años después de mi lectura, sigue viva y chispeante, como las pocas nubes en esta tarde juliana que ya va en pos del ocaso: "El amor, fuego y llamas durante un año, cenizas durante treinta".

Necio jardín en la República de las Letras. A propósito de Cernuda

La envidia (invidia en latín, que era "mirar con malos ojos") es un sentimiento necio (¡cómo se puede sufrir por el beneficio, la prosperidad o el éxito ajenos!) y, como el corazón humano es un semillero de necedades, allí florece, a menudo como enredadera que asciende por el tronco duro y ciego de la soberbia. La República de las Letras ha tenido siempre un vasto jardín de flores y árboles tales, quien lo probó, lo sabe. Son conocidas las pullas, codazos y dardos emponzoñados que han generado las circunstancias literarias. ¡Con qué frecuencia se han enmascarado viejas rencillas y enconados desafectos bajo la capa de la crítica literaria! ¡Cuántas veces el arma ha sido la supuesta sapiencia del uno contra la supuesta ignorancia del otro! En España, país cainita como pocos, muchas de estas batallas, que no son sino mediocres entretenimientos, se libran en la red, donde el insulto y el exabrupto han adquirido carta de naturaleza; me atrevería a decir que incluso cierto timbre de nobleza para muchos. La falsa democratización que alienta internet tiene esos efectos nocivos: cualquiera espeta o vomita su bilis contra el adversario en página propia o extraña; de ahí que hoy sea más necesario que nunca (y por desgracia) el moderador de comentarios, pues hay que evitar que la casa de uno (blog o web) se convierta en catapulta de discordia ajena contra los inquilinos de otras moradas.
.....He de decir, querido lector, que este preámbulo no es un desahogo personal, fruto de algún ataque furibundo contra mi modesta pluma. No. Viene a cuento porque he leído con verdadero deleite Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), el segundo libro de Antonio Rivero Taravillo que corona la biografía del poeta sevillano, y, a la par que sentía admiración por el trabajo del biógrafo, me sorprendía la red de encuentros y desencuentros que la vida fue tejiendo en torno a Cernuda. Como lector siempre supe que JRJ era intratable, y era de esperar que el sevillano se topase con el moguereño, pero que tuviese encontronazos frecuentes con P. Salinas, J. Guillén, V. Aleixandre, E. Prados y otros muchos escritores, editores y profesores de distintas instituciones de enseñanza evidencia también (y en el libro de Rivero es de claridad asombrosa) que Cernuda fue pájaro arisco y no poco endiosado a cuenta de sus dotes poéticas. Es lástima cuánto enturbian los dimes y diretes y las cuchilladas de un endecasílabo (o el golpe seco de una epístola de acero) el horizonte siempre prometedor de la literatura. Es lástima que la admiración por el trabajo bien hecho (como el de Rivero Taravillo, rico y riguroso en tantos aspectos) no sea el sentimiento primero, sino que al corazón de muchos escritores y críticos suela acudir el otro par, la envidia-soberbia, y que muchas lecturas se hagan viciadas desde el principio por ese maldito apriorismo que descarta los aciertos y bucea, con saña y posterior maledicencia, en los defectos.