En París con Maram al-Masri

Viajo en un autobús urbano por París y, al pasar por la place de St. Sulpice, veo desde la ventanilla un cartel que me seduce: Marché de la póesie. No puedo en la ida, mas en la vuelta me bajo allí. En una veintena de tiendas se expone mercancía poética variada. Mariposeo de cubierta en cubierta, de nombre en nombre: G. Bataille, R. Murier, C. Demageot, L. Pons, G. Bounoure, A. du Bouchet, D. Guillet, Rimbaud, Celan, P. Devaut, J. Prévert... Y he aquí que, sentada delante de una mesa, soportando estoicamente una treintena de grados, una mujer hermosa, de traje rojo y sonrisa inesperada, me mira. Yo, que soy de natural realista, me digo que esa mirada responde a una razón más simple que al interés por mi aparente persona, ya degradada a esa hora de la tarde por el implacabe sol parisino. De pronto me acerco y ambos, casi simultáneamente, caemos en la cuenta de que nos hemos visto en otro lugar. Claro, le digo en francés, en la cuenta de Facebook. Somos amigos virtuales. Charlamos y estrechamos el círculo y, como suele ocurrir en estos encuentros azarosos, me habla de mis/sus amigos de Cádiz (Juan José Sánchez Sandoval, Jesús Fernández Palacios, Ana Rodríguez Tenorio...). Nos besamos amicalmente y nos hacemos la foto, con la promesa parisina de leernos mutuamente (compro su Par la fontaine de ma bouche). Paris tiene encuentros así de memorables.




(Maram al-Masri y servidor. Pl. St. Sulpice, París)