Lisboa

Regreso de Lisboa con la impresión de haber vivido esta corta estancia en mi ciudad de siempre. La visité hace muchos años y recuerdo que también entonces me acogió como a un hijo. Ciudad luminosa, que muestra con orgullo las huellas señoriales de su decadencia, abierta al mar por la boca aurífera del Tajo. Ha llovido sobre Lisboa a ratos con rabia, a ratos con discreta melancolía. Por el empedrado de Alfama he visto correr el agua inquieta sorteando todos los obstáculos, saltando sobre los adoquines levantados, venciendo la resistencia de los coches con un único objetivo: seguir alimentando ese gran animal de agua que es el río. Y me he sentado a ver la lluvia resbalar por los azulejos de las fachadas, por las tejas de los áticos, por el rostro de los lisboetas impasibles, por la piel broncínea de Pessoa y Camôens. Hay algo en esta ciudad -como un susurro o un latido- que no he percibido en otras capitales. Tal vez sea el fulgor de sus contrastes, una suerte de oxímoron continuo, porque es grandiosa sin serlo, está envejecida sin ser vieja, es cosmopolita en su corazón provinciano. Como quien se reconcilia con el pálpito recóndito de las ciudades, así regreso de Lisboa a Cádiz. Sin haber salido del mar.

(Enrique el Navegante, espolón del Monumento a los Descubrimientos,
en Belém, Lisboa. Fuente: Silenos)