Voluntad de difuntos y hallazgos y publicaciones póstumos

Poco antes de morir Virgilio pidió que su Eneida, para él imperfecta en ese instante, fuese consumida por las llamas. Pero el emperador Augusto no podía permitir tal fin para la gran epopeya romana que aupaba hasta el Olimpo a la familia Julia a la que él pertenecía, y ordenó que fuese revisada y publicada por dos amigos del poeta, Vario y Tuca. Dicho con otras palabras, el emperador no respetó la última voluntad del difunto (aunque tal vez pudo convencerlo en el lecho de muerte para que desistiera de su deseo) y la cultura europea, con Dante a la cabeza, nunca podrá agradecerle lo suficiente su decisión. Viene esto a cuento por el "descubrimiento" y posterior publicación (por la familia, por amigos, por investigadores) de obras o fragmentos que no salieron a la luz en vida del autor. Lorca, Juan Ramón Jiménez, Cortázar, Pío Baroja... son solo algunos ejemplos cercanos. De Baroja salió impresa en 2005 La guerra civil en la frontera y ahora ha salido una obra de teatro completamente inédita, Los convencionales humoristas, escrita hacia 1950. Ambos títulos pertenecen a Caro Raggio, el sello editorial de la familia. Aunque no he leído nada al respecto, es de suponer que los Caro Baroja conocían (o al menos intuían) la voluntad de su tío de que tales papeles viesen la luz. O tal vez no, pero, en cualquier caso, la tutela legal del patrimonio literario heredado debe de permitir la toma de tales decisiones. La publicación póstuma (en caso de que el autor no haya dicho o escrito nada al respecto en vida) tiene algo de rapto de voluntad, de latrocinio disfrazado de deferencia hacia la memoria del muerto. Por otra parte, si el autor ha manifestado su oposición y esta no se respeta, ¿qué pesa más en el fiel de la balanza, su voluntad o el supuesto bien que dicha obra reportará a la comunidad cultural? A Augusto, aunque no pensaba precisamente en el interés general, le debemos la publicación de la Eneida, y la cosa salió bien porque Virgilio había menospreciado sus virtudes. Sin embargo, siempre quedará el riesgo de que una obra publicada póstumamente sin autorización del autor acabe menoscabando, en contra de lo que se pretendía, su trayectoria "autorizada". Porque todo el que escribe seriamente guarda demasiados papeles, borradores y naderías cuyo único destino razonable debería ser la hoguera.

(Detalle del Pont des Arts, París. Fuente: Silenos)