Un microrrelato sobre los encuentros


DOS EXTRAÑOS SE MIRAN

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De su primer viaje a París, Alberto Guzmán se trajo un pensamiento que creía propio y singular. Sentado en un banco de Las Tullerías, lamiendo las excrecencias de un helado de turrón, cruzó la mirada con una joven que caminaba con una carpeta, y se dijo: Esa mujer pasa por delante de mi vida sólo en este instante, y al punto desaparece para siempre. Como pasó para siempre aquella que esperaba el metro en el andén, o el joven que ocupó un asiento cercano al mío en el autobús, o el hombre al que pregunté, en la desorientación de la ciudad recién descubierta, por la dirección de un restaurante. Son rostros aislados, objeto de una visión única y perecedera, eslabones sueltos que se pierden porque carecen de vínculo con otros instantes de la memoria.
......Más o menos articulado así, Alberto Guzmán fue exponiendo su pensamiento a cuantos amigos y conocidos se encontraba, y todos, admirándose de su tan repentina incursión en la filosofía de lo efímero, aplaudieron que supiera fijar con palabras la percepción que, de un modo u otro, ellos también habían tenido en situaciones semejantes. Sucedió entonces que Alberto Guzmán dejó de ser el padre de la criatura y el pensamiento, que canalizaba la inquietud de la gente por la fugacidad de los encuentros entre desconocidos, circuló de boca en boca, de calle en calle, de ciudad en ciudad y hasta de país en país. Y hoy, cuando dos extraños se miran por primera vez, de inmediato se acercan, se saludan y hablan un buen rato.

(Museo del Louvre. Fuente: Silenos)