La crisis bloguera


Ya es un locus communis que los blogueros, pasado el arrobo inicial por el invento y una vez asumido que la hiperactividad primera sólo pueden mantenerla contadas personas (por ejemplo, Benítez Ariza, que ofrece entrada casi a diario), se cuestionen si merece la pena el empeño de mantener viva esta ventana (véase Memoria métrica). La mayoría concluye afirmativamente, luego de confesar que deben limitar el número de entradas a dos o tres semanales. Cuando los sicólogos de la red aún andan analizando este fenónemo, ahora otra sombra amenaza con mermar la blogosfera: las redes sociales, especialmente Facebook. Porque allí no es necesario escribir más de una o dos líneas, y cualquier ocurrencia tiene rango suficiente para ser expuesta en la plaza pública, mientras que un blog que se precie regala con cierta profusión un fruto selecto. Porque allí esa ocurrencia se muestra en la página principal de dos o tres mil personas a la vez, según aumente tu nómina de amigos, mientras que los lectores del blog se reducen a quienes te conocen, a quienes llegan rebotados de esos blogs amigos y a quienes se topan por casualidad con tu web y deciden convertirse en vecinos. Algunos de mis lectores y yo mismo navegamos en las dos aguas, pero sabemos que el blog es nave recia, con sólido motor de bancada, frente a los esquifes inestables de las redes sociales. Cuando me preguntan por esta doble faena, no puedo evitar expresar mis preferencias por los Silenos, sin sentir por ello el pudor que sentiría cualquier buen padre al excluir de su afecto más cercano a otro de los hijos. Eso sí, me gustaría que bailasen más y mejor, pero aún estoy aprendiendo el difícil oficio de corifeo.