La conquista silenciosa


Tal vez fue hace dos décadas. Sin duda en un despacho gris con una foto de Mao como testigo impertérrito. Tal vez fueron convocados algunos empresarios. Sin duda la idea brotó después de horas de cavilación y modorra. Lo cierto es que aquel día comenzó la conquista silenciosa de Occidente. Un general longevo, curtido en la guerra de trincheras, alumbró las formas del nuevo avance. Un ejército discreto, ejemplar en la entrega a la causa. La expansión imparable metro a metro cuadrado: sesenta en esta calle, ciento diez en aquel bulevar, doscientos cuarenta en esa avenida. Todos los locales hermanados, esperando la comunicación paredaña venidera. Y el tiempo, ah el tiempo. Todas las horas del día y parte de la noche. Hasta hoy se esfuerzan, afables, por aprender las lenguas de los países que conquistan, pero llegará el día en que sean tantos, que nosotros, pobres indígenas, habremos de aprender la suya. Los chinos, que son más sabios porque el sol les regala las primeras horas, saben que la victoria se esconde en el espacio y en el tiempo. Y mientras esperan celebrarlo, se ganan la vida vendiéndonos cachivaches y baratijas.

(Imagen: artillería del juego Risk)