El certamen


Un día soleado de marzo, Zeus, en su soberano aburrimiento, decide organizar un certamen de belleza para las crías de los animales. Encarga a Hermes que lo disponga todo en una llanura del centro de Creta, bajo la mirada salvaje de las cabras Kri-kri, y luego desciende olímpicamente para presidir el acto. La mona, que era culta y ya se había leído la fábula de Babrio donde todos los dioses se ríen de la fealdad de su monito, lo viste de seda para la ocasión, convencida de que su treta obrará el cambio en el final del relato. Y hete aquí que todo iba sobre ruedas: la mona caminaba orgullosa exhibiendo a su hijo ante la admiración general. Pero en ese momento Hermes dio orden a las Náyades para que sirvieran un aperitivo: pistachos de Egina, dátiles de Jordania, cacahuetes de Egipto. Y, ay, naturaleza, la mona y el monito brincaron, rodaron y pelearon por los frutos hasta la extenuación, mientras la jirafa se enredaba, a modo de foulard, las ropas de seda.

(Imagen: emblema del holandés Jacob Cats (1577-1660)
sobre el tema de la mona y su hijo)