Los pederastas de la Iglesia


Hay momentos en los que el Sr. Humano huele a podredumbre. Nos toca vivir uno de ellos, porque no recuerdo etapa de mi vida (y ya tengo unos años) en la que hayan confluido tantas perversidades humanas. Atentados terroristas en medio mundo, despariciones de niños (¿qué diablos ocurre en las Islas Canarias?), explotación infantil en todas sus facetas perversas (laboral, sexual, militar), trata de blanca, asesinatos de mujeres, conductores suicidas y/o asesinos, jueces de dudosa imparcialidad, políticos corruptos (y cínicos, muy muy cínicos), etc., etc., etc. Por si el panorama no fuese para vomitar todos los días al abrir los ojos, por si la crisis económica brutal no fuese suficiente para llorar después de vomitar, ahora se produce otra conjunción planetaria (no la necia conjunción predicha por Pajín): de un lado el sexo en su vertiente más nefanda y cosmopolita, de otro, la Iglesia Católica, su doble moral y sus silencios. A fuerza de tanto pederesta en su seno (¡Dios mío, cuántos van ya!), conseguirán que nos habituemos a esta miseria moral, como parece que ya nos hemos habituado a contemplar el hambre en un tercio del planeta como si contemplásemos las nubes o el vaivén de las olas. Ahora el asunto llega hasta el corazón mismo de la curia vaticana. ¿Cuándo va a comprender la Iglesia que el celibato impuesto a sus miembros es causa y raíz en buena parte de esta peste? ¿Qué hará ahora Ratzinger, una vez demostrado con documentos que hasta su persona llegaron las denuncias de los abusos de L. C. Murphy y, con el pretexto de que estaba enfermo, miró para otro lado? No hay reparación posible para la legión de violados que acumula la Iglesia (sólo Murphy tuvo a unos doscientos niños sordos en sus manos), pero sí hay, al menos, un principio de esperanza en que las cosas cambien: la expulsión fulminante de cuantos conocen, amparan y silencian la criminal sexualidad de estos personajes, con carácter retroactivo y llegando incluso hasta arriba, hasta el sillón de Pedro. A lo mejor hay suerte y los políticos españoles siguen el ejemplo y, por una vez en la historia de las dos últimas décadas, son cesados o dimiten quienes no merecen seguir ni un minuto más robando o mintiendo con absoluta impunidad.

(Imagen: cartel de la película La mala educación,
de Almodóvar, en un cine de Creta. Fuente Silenos)