La lectura y sus dolencias


Muchos de vosotros padecéis igual que yo una dolencia que no es grave, pero sí molesta: elegir el siguiente título que llevarnos a la cama (o al sofá). A veces, después de haber disfrutado con un libro, caigo durante unos días en un estado de indolencia, una suerte de negación que me hace mariposear en la elección. Calculo que, a día de hoy, mi mujer y yo hemos leído el noventa por ciento de los libros que tenemos en casa (algún día habrá que contarlos, por cierto, aunque sólo sea para exhibir méritos cuantitativos, tan considerados en estos tiempos), excluidos, claro está, los muchos de consulta que manejamos para las tareas profesionales. Si a ese diez por ciento añadimos los que, con cierta regularidad, recibo por la generosidad de sus autores o editores, el porcentaje no sólo se mantiene, sino que tiende a aumentar. Y es ahí, en ese espacio aún no invadido, donde a menudo busco la próxima lectura. Después de La máquina de languidecer de Ángel Olgoso y La ninfa inconstante de Cabrera Infante, con lecturas de poesía intercaladas (la poesía tiene esa virtud: nunca se entromete), he paseado delante de mis estanterías como alma en pena, cuando ya la familia duerme, mirando y sopesando qué tipo de lectura casa mejor con mi estado de ánimo. Porque no nos engañemos, ahí está el meollo de la cuestión: que lectura y lector armonicen en espíritu. Ayer me llevé a la cama (¿o era al cuarto de baño?) El testamento francés, de Andrei Makine, del que apenas he leído una página, aunque suficiente para despertar mi interés. Pero ayer mismo recibí nuevos libros de poesía. Javier Sánchez Menéndez (¡qué plausible labor en pro de la poesía hace este hombre!) me envía amablemente los dos últimos títulos de la colección Siltolá: Temporada de Fresas, de Pilar Pardo, y El huerto deseado, de Tomás Rodríguez Reyes, junto con el número 1 de la prometedora revista de poesía Isla de Siltolá, de la que hablaré en este blog otro día. Ya veis: isla, huerto y fresas de temporada. Se hace la boca agua. Así que de nuevo tengo una novela entre manos trufada con versos.

(Imagen: biblioteca del Archigimnasio de Bolonia. Fuente: Silenos)