JRJ el día de la tormenta perfecta


El sábado pasado, pocas horas antes de que la tormenta perfecta barriese, cual anticipo del Apocalipsis, la Península, visitamos la Casa-Museo de Juan Ramón Jiménez y Zenobia en Moguer. Descubro entre los libros de la biblioteca a un Eurípides en rústica y un Horacio encuadernado en piel con ribetes de oro. ¡Cómo no iba a estar el gran lírico latino entre los libros del gran lírico español! Me entretengo con las menudencias de los objetos personales, y me llaman la atención dos cámaras de retratar de las de entonces, más parecidas a un molinillo de café que a las sofisticadas digitales de ahora. Luego me quedo sorprendido por los frutos pictóricos de esa otra pasión de JRJ, aspecto que ya conocía, pero que no había calibrado justamente. La casa moguereña alberga también un ramillete del Platero y yo internacional. Esos títulos, con caracteres tipográficos tan ajenos a nuestra memoria lectora, parecen hablar de otro burrito, de otro poeta. Hay en esta Casa-Museo una presencia notable de Zenobia (en vídeos y documentos), lo cual es digno de elogio. Camino de La Rábida me pregunto si esta visita ha cambiado en algo mi visión del poeta, mi admiración por sus versos. En algo se equivocó JRJ: él se iría, pero también quedaría como pájaro cantando.