Un microrrelatos de agua


TARDES DE DOMINGO

Cada tarde de domingo la niña baja a la playa, se introduce en el mar con sus gafas de buzo y espera que cese el vaivén de las aguas. Y como cada tarde de domingo, también hoy es día de fiesta, pues luces de colores engalanan la ciudad sumergida. Por sus calles van y vienen coches relucientes y en sus andenes descansan trenes repletos de viajeros. Hay un lucir general de trajes de estreno en el paso alegre del mujerío. La niña escucha músicas de organillos y acordeones, y cantos que le suenan venideros. Pero, como otras veces, el flujo del mar no tarda en enturbiar la fiesta, y los trenes y los coches quedan desvencijados en el fondo, junto a jirones de ropa que aún tiene prendido el olor de las colonias. Por más que la niña anhela que se recomponga la escena, ya nada recobra su primitiva compostura. Se acerca la noche y la niña regresa a su casa saltando sobre la arena de la playa. La próxima semana volverá, y, con un poco de suerte, quizás logre ver por fin el rostro de la mujer hermosa que cada tarde de domingo la besa amorosamente en el andén.