Leer para criticar


Emitir un juicio justo sobre un libro siempre es tarea difícil. Por muy especialista que se sea, por mucha honestidad que se esgrima. Tal dificultad es eludida con frecuencia por quienes se limitan a hacer una síntesis descriptiva que apenas araña las tripas del escrito. Esta fórmula es idónea cuando se recibe un encargo y acucian las prisas; basta una lectura "epidérmica" para cubrir el expediente. En los suplementos culturales se hallan buenos ejemplos, pero también entre las reseñas universitarias. Sin embargo, el crítico honesto se lee el libro entero con los cinco sentidos, aunque sea un mamotreto que sobrepasa las cuatrocientas páginas, y, si además de honesto es justo, busca el difícil equilibro entre laus y vituperio. En pocos críticos he visto ese maridaje: escribir elogiosamente sobre lo acertado y provechoso censurando a la vez con elegancia lo erróneo e inútil. Porque lo primero se desliza fácilmente hacia el aplauso vano y amical; lo segundo, hacia el menosprecio y el ataque enemigo. Por todo ello me ha parecido rara avis la crítica que Rafael Reig publicó el pasado sábado en ABDC sobre el libro Aire nuestro de Manuel Vilas. Por lo que dice y por lo que calla.