Augurios de entonces


César, el palomo de la Muda, madrugó porque esa mañana amaneció más temprano que de costumbre. Voló en espiral desde el patio hacia el cuadro del cielo, que empezaba a clarear y a regar con luz tímida las tejas salientes del segundo piso, y se perdió entre la cordería de las azoteas en dirección al este. Siempre que presentía acontecimientos, César salía al encuentro del alba dibujando espiras con su cuerpo menudo de pichón blanco. Si presagiaba sucesos funestos, las espiras dejaban destellos de color bermellón; si se trataba de feliz augurio, las vueltas irradiaban hilos de luz violácea que se tornaba malva y luego anaranjada a medida que el pájaro ascendía. En aquella ocasión César tiñó el cielo de sentimientos encontrados, porque primero supimos que por fin se hablaba de casamiento en la casa del zapatero; después, que el niño Juanito, que había venido al mundo contrahecho, se había muerto con una sonrisa perfecta.


Éste y otros Papeles Secundarios
que ya han aparecido en los Silenos son extractos de una novela inédita, fruto de recuerdos de mi infancia en un patio de vecinos. Por fortuna la acabé antes de que la televisión destrozara con el eterno Cuéntame la memoria de mi generación.